Crecer Seguro
«La felicidad no es un destino al que llegar sino una forma de viajar»
ANÓNIMO
La capacidad para ser felices está directamente relacionada con la riqueza interior que cada uno alcanza. ¿En qué consiste esa riqueza? En ningún caso se asemeja a bienes materiales.
Enriquece nuestro mundo interno:
— El amor: la capacidad de amar y el sentimiento de ser amado.
— La seguridad y confianza en nosotros mismos.
— Una alta autoestima: tener una imagen positiva de nosotros mismos.
—Valores: virtudes humanas que den sentido a nuestra vida, al mundo y a todo lo que nos rodea.
— Ideales: proyectar su vida acorde a unos ideales que le hagan ver más lejos del aquí y del ahora.
Desde que nace el niño empieza a necesitar alimento para su cuerpo y alimento para su psiquismo. Dentro de las necesidades básicas del hombre existen unas necesidades físicas, que son imprescindibles para su supervivencia, y unas necesidades psíquicas, que dan cuenta de su desarrollo y salud, psíquica y emocional.
Seguridad y confianza
La primera condición para crecer feliz es poder sentirse seguro y con confianza en sí mismo para atreverse a ir dando pasos en su camino hacia la autonomía y la madurez. Tan importante como la seguridad física es la seguridad psicológica, y nuestra función como padres es que los niños vayan adquiriendo no sólo la capacidad de protegerse de peligros reales sino también la seguridad básica en ellos mismos que les ayude a seguir adelante.
Cada etapa tiene sus dificultades y, por tanto, sus miedos, que causan inseguridad.
El bebé
La adquisición de la seguridad básica comienza desde que el bebé nace. Al principio, el pequeño se desesperará y romperá en llanto a la mínima sensación de malestar
ambre, sueño, etc. En la medida que vaya comprobando que ese otro significativo con el que se relaciona (función materna) viene siempre que él lo requiere, irá sintiéndose más aliviado y confiado.
En los primeros días el niño se mostrará muy demandante de cuidados; ha comprobado que cuando llora mamá se apresura a darle alimento o los cuidados que necesita y que cuando ella viene obtiene, además del placer de la satisfacción de su necesidad corporal, otro goce extra, el del contacto corporal con ella, que le expresa su amor con caricias, arrullos, palabras.
La mamá no se limita a alimentar su cuerpo, sabe que el pequeño, además de los cuidados corporales, necesita amor y palabras para desarrollarse. En este vínculo de amor el bebé se siente protegido.
Poco a poco, a medida que se va sintiendo más seguro y con confianza de volver a ver a mamá aunque ésta desaparezca de su vista, irá ganando en capacidad de espera y en tranquilidad, ya no necesita llorar de continuo para asegurarse atención. Ahora ya puede estar a ratitos sin ella, sabiendo que regresará y que puede calmarse en otros brazos. Es la madre la que va dando las pautas de este proceso: acomodarle a un horario, no acudir apresurada cada vez que el pequeño proteste, dejarle al cuidado de otras personas, etc. El bebé estará aprendiendo a pedir y a relacionarse.
Si no espaciara la atención de su hijo y lo tuviera siempre en brazos o corriera cada vez que su pequeño mostrara la menor queja, impediría este proceso de maduración en el que el niño empieza a ganar seguridad básica y aprende a prescindir de la atención continua pudiendo mantenerse tranquilo estando solo. De la otra forma tendríamos un niño inseguro, muy dependiente, incapaz de estar solo, con dificultades para alcanzar un equilibrio emocional y psíquico, ahogado por el «amor» de su madre. En el futuro, un adulto infeliz, incapaz de desear porque no habría experimentado la falta.
Año y medio-tres años
El niño, hacia los dos años, está deseoso de conocer lo que le rodea, investiga y curiosea todo. Se muestra inquieto, quiere conocer el funcionamiento de las cosas, le interesan las conversaciones de los mayores y sus reacciones.
En este periodo hay que ayudarle a que pueda investigar y aprender de una forma segura. Por ello, habrá que darle puntos de referencia, límites, dentro de los cuales pueda investigar a su gusto sin peligro.
Si le dejamos que deambule por donde quiera y que toque todo puede exponerse a peligros (caídas, rotura de cosas, etc.) que al sufrirlos le bloquearán el proceso de investigación, ya no querrá volver a intentarlo. Por otra parte, cuando las prohibiciones son excesivas y no acordes con el peligro real se le originan igualmente inhibiciones en el aprendizaje.
Otra de las herramientas, para apoyar su seguridad son las normas. Éstas además le servirán para descubrir que no está solo en el universo y que tampoco es el centro. Los demás también tienen necesidades, y para respetar las de cada uno tenemos que tener reglas. Descubrirá el dar y el recibir. La gratificación de ceder en su deseo cuando choca con el de los otros y que hagan lo mismo con nosotros. El sentirse parte de un grupo porque respeta las normas del mismo.
Las normas no pueden ser arbitrarias sino acordes a las necesidades reales de las personas. El exceso de normas es tan perjudicial como la ausencia de ellas. Las normas deben poder ser explicadas, lo cual facilita el adquirirlas.
Tres-seis años
Es una etapa en la que florecen los miedos. Puede haber sido un niño muy atrevido y ahora mostrarse tímido y temeroso. ¿Qué es lo que ha cambiado?
- Hasta ahora pensaba que nada malo podía ocurrirle porque tenía a sus papás para defenderle de todo. Convertidos en una especie de superhéroes le libraríamos de cualquier dificultad. En la medida que van teniendo más capacidad de análisis y más experiencias acumuladas, constatan que no siempre sus progenitores son capaces de evitarles un daño o un malestar.
- Es una etapa en la que se incorporan a la guardería o al colegio, por lo que tienen que abandonar la casa por unas horas. Tienen curiosidad por ir, pero supone un gran cambio un nuevo lugar con personas que no conocen.
Todas estas inquietudes, normales desde el punto de vista evolutivo, pueden ser superadas con mayor o menor dificultad dependiendo de cómo les transmitamos a los pequeños lo normal de sus miedos y les ayudemos a superarlos haciéndoles hincapié en la confianza en ellos y en su capacidad para ir superándolos. Ocultar un miedo lo único que hace es acrecentarlo.
Lactancia-pubertad
En estas etapas la energía del niño está concentrada en el aprendizaje, en su adaptación a la escuela yen la relación con sus iguales, tomados como punto de referencia para ir adquiriendo su lugar, delimitar sus gustos, aficiones, etc.
Sus inquietudes e inseguridades surgen de este encuentro con compañeros, amigos, etc. Se miden en los juegos, en los deportes, en la escuela. Sufren enormemente sus fracasos; el tener una necesidad de éxito constante puede llegar a angustiarles, bloquear su actuación, renunciar a continuar por miedo a fracasar. Será importante para ellos ayudarles a tomar conciencia de lo que significa «ser diferentes» sin por ello estar abocados a la comparación continua. Apoyándoles a que sigan relacionándose y atreviéndose a hacer cosas nuevas pero sin la exigencia de tener que ser los mejores.
Su temor puede llevarle a querer estar muy encerrado en la familia, hay que animarle a que haga sus primeras excursiones con sus compañeros o amigos, será muy positivo el que pertenezca a algún grupo de tiempo libre, deporte, naturaleza, etc. En la pubertad los temores se centran en los cambios que experimenta su cuerpo, los cuales le hacen sentir inseguro a la hora de relacionarse, mostrándose muy tímido. Hemos de tener en cuenta que se muestran muy vulnerables a nuestros comentarios y observaciones acerca de sus cambios. Ni dramatizarlos ni ridiculizarlos, es cuestión de que ellos se vayan acomodando a sus cambios. Si el adulto le apoya le hará coger confianza en sí mismo y le dará valor para superar sus impotencias y para alcanzar mayor control de sus emociones; si, por el contrario, el adulto lo daña desde la crítica o el ridículo, le puede estimular el desaliento y la inseguridad.
La adolescencia
En la adolescencia vuelven los grandes miedos: la soledad, el sentido de la vida, la muerte, etc. Saben que tienen que volar solos y, además de estar deseosos de ello, les produce gran temor. Muchos padres piensan que esto no les ha ocurrido a sus hijos porque no denotan miedo alguno, se muestran incluso demasiado atrevidos y obstinados. Lo que un adolescente nos deja ver no es el fiel reflejo de lo que siente, ya que cuanto más inseguros nos sintamos internamente, más necesitamos defendernos de esa sensación recurriendo a nuestros mejores escudos.
El adolescente tiene que sentirse capaz de tomar sus propias decisiones y de responsabilizarse de las consecuencias de las mismas. El mejor apoyo de los padres para que alcancen la seguridad en ellos mismos, necesaria para enfrentarse a la vida, es el animarles a que tomen sus propias responsabilidades y el ser nosotros modelos estables, puntos de referencia de cómo ser adultos

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