Relaciones felices

El vínculo con un hijo comienza incluso antes de su nacimiento. Desde el momento en que se anuncia la llegada de un bebé, los padres empiezan a éstablecer una relación con él: pensar en cómo será, elegir un nom­bre, hablar de él e incluso con él, etc. Em­pieza a tener un lugar significativo entre la pareja, y al igual que se empieza a idear un lugar en la casa para acomodarlo cuando lle­gue, la pareja va creando un espacio psíqui­co entre ellos para el pequeño. Un espacio que cuando nazca será ese lugar de hijo que le asegurará la protección y la seguridad ne­cesarias para crecer y que a medida que crezca le favorecerá la autonomía.

Este vínculo temprano padres-hijo va cre­ciendo a medida que van pasando los meses de embarazo. Durante la gestación, y en los primeros meses, será obviamente la madre la que se sienta más íntimamente ligada al bebé y viceversa (etapa de simbiosis), lo cual no debe significar la exclusión o ausencia del padre en esta relación. Es importante que la pareja se apoye en el cuidado del pe­queño sin olvidar seguir fomentando su re­lación de pareja, lo cual será una de las ba­ses del éxito de la familia unida.

Les será más fácil colocar juntos al niño en su espacio de hijo y favorecerán su rela­ción de pareja, así ésta no sólo no se verá de­teriorada por la llegada de los hijos, sino que aumentará su calidad.

En una familia sana el pequeño tiene ase­gurado ese soporte emocional, ese cariño y esa comprensión necesarios para alcanzar un desarrollo normal. Necesitamos sentir­nos amados para poder madurar.

Durante sus primeros años, estaremos muy pegados a él, sirviéndole de guía en este mundo totalmente nuevo, que debe co­nocer a medida que crezca, deberemos ir ayudándole a depender menos de nosotros y a confiar más en él mismo. Que pueda ir dando sus primeros pasos solo y pueda en­contrar nuevas relaciones dentro y fuera de la familia. En resumen, habremos de ayu­darle a fomentar su autonomía y a ampliar su mundo emocional.

Aprendiendo a amar

Es en la familia donde aprendemos a vin­cularnos con los demás, donde aprendemos a amar.

Decálogo para enseñarles a amar:

  1. 1.  Darles todo nuestro amor como padres. La vivencia de haber sido amado facilita el deseo de intercambio con los demás para volver a serlo.
  2. 2.  Mantener una relación positiva entre la pareja. Lo cual genera un ambiente emocio­nal positivo.
  3. Apoyar el amor filial. Tan importante como fomentar una relación positiva entre padres e hijos es apoyar las relaciones entre hermanos.
  4. Potenciar la comunicación entre los miembros, lo cual facilitará el conocimiento.
  5. Reconocer y respetar la individualidad y las necesidades de cada uno para que ellos aprendan también a respetar a los otros como se les ha respetado a ellos.
  6. Reforzar las muestras de aprecio entre la familia. Se suele dar por entendido que se ama al otro y se inhiben las muestras de ca­riño. No basta con querer, hay que aprender a transmitirlo.
  7. Facilitar tiempo para la familia, tiempo para estar juntos. Fomentar actividades lú­dicas conjuntas que faciliten la comunica­ción y proporcionen vivencias positivas por el hecho de estar juntos.
  8. Fomentar las relaciones con la familia extensa: abuelos, tíos, primos, etc. La fami­lia ampliada se convierte en una microso­ciedad.
  9. Favorecer las relaciones de amistad.
  10. Educar con conciencia social, que les ayude a poder salir de sus propias necesida­des y de las familiares, para sentirse dentro de un grupo más amplio que constituye la sociedad.

No siempre será fácil cumplir todos los criterios, pero nos pueden dar pistas de los puntos a reforzar en nuestra familia.

Relación entre hermanos

Una relación positiva entre hermanos en­riquece emocionalmente y nos ayuda a aprender a relacionarnos y a salir del ego­centrismo.

Cuando la relación fraternal funciona:

—   Facilita el aprendizaje del término no­sotros en contraposición al yo.

—   Se aprende a compartir.

—   Prevalece la consideración mutua al do­minio de uno solo.

—   Se aprende a empatizar (ponerse en el lugar del otro).

—   Cada uno se enriquece de las vivencias de los otros.

—   Facilita el saber dar y el ceder.

—   Los hermanos mayores apoyan el cre­cimiento de los pequeños.

— Los hermanos pequeños, con la admi­ración que tienden a sentir por los mayores, favorecen que éstos alcancen una alta auto­estima.

Tener hermanos también tiene sus difi­cultades (celos, rivalidad, competencia…). Pero si desde pequeños se ha fomentado una relación fraternal de respeto y cariño, el balance será positivo.

Relación abuelos-nietos

Especialmente significativa por su valor emocional es la relación entre nietos y abue­los. Los abuelos rememoran el placer de ser padres sin las responsabilidades que com­porta. Son más indulgentes de lo que fue­ron con sus hijos. Los nietos entran en com­plicidad con sus abuelos, sin perder de vista que la autoridad recae en sus padres. Desde momentos vitales tan dispares comparten las limitaciones y debilidades de cada edad y pueden alcanzar un entendimiento espe­cial. Los padres suelen temer la desautori­zación de su imagen por parte de los abue­los y que éstos puedan entrometerse en exceso en la educación de sus hijos. Teniendo un claro entendimiento con ellos y llegando a tratos acerca de la responsabi­lidad de cada uno, los abuelos pueden ser de gran apoyo para sus nietos y viceversa. La ternura suele estar muy presente en este tipo de relación.

Los amigos

A medida que se van haciendo mayores y pasan más tiempo fuera de casa, los amigos llegan a alcanzar gran relevancia en su mun­do afectivo.

Para unos padres no hay mayor tranquili­dad respecto a la felicidad de sus hijos que saberlos rodeados de buenos amigos.

Educar a nuestros hijos en el cultivo de la amistad es educarlos en valores tan impor­tantes como la solidaridad, la tolerancia y el respeto.

Animar a nuestro hijo a participar en acti­vidades sociales, por ejemplo, pertenecer a un club de tiempo libre, a un equipo de fút­bol o a un grupo scout no asegura la ad­quisición de amistades, pero es uno de los cauces más frecuentes y fructíferos para al­canzarlas.

Potencia la amistad:

—   Haber vivenciado relaciones positivas en la familia.

— Saber salir de uno mismo y desear co­nocer y amar a los otros.

—    No temer mostrarse a los demás. — Saber disfrutar del compartir.

—    La confianza en los demás.

— Atreverse a mostrar el afecto.

— Participar en distintos grupos sociales

—    Haber conocido la amistad en la familia por medio de los padres.

—    Tener una conciencia social que des­pierte nuestro deseo de conocer desde la di­ferencia para el enriquecimiento mutuo.

Dificulta la amistad:

—   Haber sido educado en el individua­lismo.

—    El temor a no ser aceptado.

— La inseguridad en uno mismo.

—    La sobreprotección en la familia.

—    Las relaciones familiares negativas, de desamor.

— La inhibición de los afectos.

—    El aislamiento social. No buscar o no tener iguales con los que relacionarse.

—    La timidez.

—   Haber percibido el aislamiento social de los padres

Deja un comentario