Educar en la conciencia moral

«La moral es una condición de la persona hu­mana. Sin la moral, los hombres no podrían desarrollar una de sus mayores necesidades, la de vivir en sociedad. Las normas éticas le permiten integrar unas necesidades psíquicas y de convivencia social. La personalidad nor­mal es la que está adaptada a una razonable escala de valores éticos»

Creando sentimientos morales

Los sentimientos morales se crean como resultado de las primeras relaciones signifi­cativas del ser humano, es decir, de la re­lación con sus progenitores o con aquellas personas que sustenten esta función.

El niño interioriza la imagen afectiva de sus padres convirtiéndola en su modelo de deberes, valores, remordimientos, etc. La interiorización de este modelo será la base de su «Yo ideal», origen de modelos constructivos, proyectos y, por tanto, de conciencia moral.

Posteriormente tomará otros modelos(educadores, lideres,etc)que sin ser tan influyentes como los primeros, sí le servi­rán para ir perfilando su «ideal de persona» y serán en los que se apoyará para el desa­rrollo de su personalidad moral.

De la heteronomía a la autonomía moral

La conciencia moral no se adquiere de una vez para siempre, sino que implica un desa­rrollo evolutivo hasta alcanzar la madurez moral. No toda moralidad es igualmente vá­lida. Un déficit en su crecimiento implica formas inmaduras, independientemente de la edad de la persona. Piaget describe el paso de una moral heterónoma, en la que las reglas son inalterables, de carácter uni­lateral y «sagradas», a una moral autónoma, en la que las reglas son consensuadas y pue­den alterarse siempre que todos estén de acuerdo en ello.

Moralidad heterónoma:

—   Correspondería a la primera infancia.

Las reglas sociales se colocan al mis­mo nivel que las leves naturales.

—  No se valoran desde su valor social y de cooperación.

—   Las normas se cumplen por: temor al castigo, adquisición de recompensa mate­rial o emocional, la obediencia a los adultos, etcétera.

— Se juzgan las faltas en virtud del daño objetivo causado, de su materialidad, al mar­gen de la intencionalidad, el grado de res­ponsabilidad, etc. Se confunde el daño mo­ral con la falta involuntaria.

—   El motivo del cumplimiento de las nor­mas es la aceptación personal de la auto­ridad.

Quedarse en este tipo de moralidad su­pone el desarrollo de personalidades rígi­das con poco sentido crítico ante las situa

iones de cambio en la vida y ante las rela­ciones humanas.

Moralidad autónoma:

—  Alcanzarla supone desarrollo personal.

—   Disminuye la responsabilidad material en favor de la responsabilidad intencional.

—   Se pasa de la regla externa impuesta por el adulto a la regla interna que brota de la conciencia de autonomía.

—   Disminuye la noción de justicia inma­nente, impuesta automáticamente por las cosas materiales.

— La moralidad ya no se rige por reglas externas, sino por principios asimilados ba­sados en ideas de cooperación y respeto ha­cia los demás. Se entiende que las reglas so­ciales no son unilaterales y puede llegarse a acuerdos para establecerlas.

Supone un tipo de pensamiento flexi­ble capaz de entender los cambios y discer­nir las diferencias en cada situación.

Etapas en el desarrollo moral

El desarrollo moral hay que tenerlo en cuenta desde el desarrollo psicoevolutivo del niño. Seguiremos el esquema de L. Kohlberg, que basa sus estudios en Piaget y Dewey. Según este autor el desarrollo de la conciencia moral pasa por tres significati­vas etapas con dos estadios cada una.

1. Moral pre-convencional

Etapa en la que se encuentran la mayoría de los menores de 12 años.

1.1. Moralidad heterónoma:

—  Tiene lugar hacia los 4 años.

— Se respetan las normas sólo por las con­secuencias (premio o castigo) o por el po­der físico de la autoridad.

— Bien y mal sólo se conciben en relación con la exterioridad material.

1.2. Individualismo, pragmatismo:

—   Se sitúa de los 6 a los 12 años.

—   Se obedece o se actúa según la propia conveniencia y satisfacción de las propias necesidades: «Me va bien, me conviene…»

— Se reconoce que las otras personas tam­bién tienen sus intereses.

—   Ha adquirido la capacidad de prever las reacciones del otro y puede escapar al fata­lismo moral de la etapa anterior.

2. Moral convencional

Se adquiere en la adolescencia y es donde aún se sitúan muchos adultos.

2.1. Orientación hacia la concordancia:

—   Se actúa de acuerdo con las normas co­lectivas, obrando según esperan los demás que obremos. Búsqueda de aprobación.

—  Conformidad con los modelos colectivos.

—   Los juicios morales son juicios de ad­hesión y lealtad a los suyos.

—   La identificación comunitaria favorece actitudes morales como la confianza, la leal­tad, el respeto y la gratitud.

—   La existencia moral es vivida desde la perspectiva de las expectativas interperso­nales.

2.2. Orientación hacia la ley y el orden:

—   En la etapa anterior el sujeto era sobre todo un portavoz de su grupo, pero si quie­re acceder a la vida adulta, deberá tomar la palabra por su cuenta.

El derecho se convierte en lo que es exigible o está permitido de acuerdo con una

ley reconocida generalmente como válida en la sociedad.

—   Las leyes deben ser defendidas salvo en casos extremos en que entran en conflic­to con otros deberes sociales establecidos.

3. Moral post-convencional

No llega antes de los 20 años. Se caracte­riza por la aparición de principios morales autoaceptados.

3.1. Orientación de consenso social:

—   La dignidad humana se convierte en un factor éticamente normativo.

—   La persona obedece a sus normas, lo que no significa que no acepte las estableci­das. La norma queda sometida a un discer­nimiento critico.

—   Hay valores y derechos no relativos, como la vida y la libertad, que deben ser de­fendidos a pesar de la opinión mayoritaria.

3.2. Orientación por principios éticos fundamentales:

—   Seguir principios éticos escogidos por uno mismo.

— Se trata de principios de justicia, reci­procidad, respeto a la persona y a los dere­chos humanos.

Las leyes sociales son válidas cuando se fundan en estos principios y el sujeto ac­túa de acuerdo con ellos aunque las leyes los violen.

Educarles en la conciencia moral

En nuestra tarea como padres la educa­ción moral toma una gran importancia. El niño, a partir de la educación y de la rela­ción afectiva con los padres y de la educa­ción, va adquiriendo el conocimiento de las reglas de convivencia, los derechos y las obligaciones, de lo deseado y lo rechazado por el grupo, etc. Y, lo que es más impor­tante, aprende (o sería deseable que lo hi­ciera) el sentido de las normas y los valo­res, el sentido moral, que le permite salir del egocentrismo y favorece el sentimiento de amor hacia los demás.

Criterios en la educación moral

1. Servir de modelo: Educa más nues­tro ejemplo que nuestras palabras. Si el niño vive en un ambiente de respeto por el otro, de sinceridad, de igualdad, etc., nuestras palabras serán el soporte para explicarle lo que ya vive.

  1. Educar en actitudes: Se trata de edu­carle en actitudes, en orientaciones ante la vida y no tanto de trabajar en una moral de actos.
  2. Dar un sentido: No confundir la obe­diencia con la educación en sentido ético. El autoritarismo puede conseguir niños muy sumisos y sin ningún principio moral: «Se cumple la norma porque sí.» Si les damos el sentido de las normas y los valores, si les hablamos de las necesidades de la convi­vencia, de nuestras libertades y las de los demás, etc., les será más fácil renunciar a sus deseos a favor de la convivencia.
  3. Adecuarse a la edad: Como hemos visto antes, el desarrollo moral se apoya a su vez en el desarrollo psíquico; tendremos que tener en cuenta la madurez de nuestro hijo para saber qué tipo de compromiso po­demos pedirle.
  4. Trascender lo concreto: Evitar la asociación del cumplimiento de normas o principios morales con premios o castigos. La satisfacción por alcanzar un compromiso moral va más allá de lo material o lo concre­to del momento, supone el poderse acercar a un ideal del yo, lo cual es por sí mismo po­sitivo.
  5. Adecuamos al momento: No pode­mos obviar el momento social y cultural en el que se educan nuestros hijos. Les llegará información de muchas partes: los amigos, la televisión, la calle, etc.; es importante que les ayudemos a tener una valoración crítica de la información que les llegue, animándo­les a hablar de aquellos temas que les in­quieten.

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