educar en libertad
«Todas las personas sueñan con su libertad, pero están enamoradas de sus cadenas.»
K. Gibrán
Recibimos desde lo social mensajes confusos acerca de lo que es la libertad, confundiéndola en muchas ocasiones como sus manifestaciones más superficiales y subjetivas: «Hacer lo que me da la gana», entendiendo con ello la ausencia de compromisos, de vínculos, de responsabilidades. Manifestaciones que responden a un dejarse llevar por los impulsos y las pasiones, por las tendencias imperantes, aunque éstas nos lleven a la pasividad y la dependencia, y/o formas de destrucción. Es libre quien opta, responde, realiza, se responsabiliza y actúa. No da libertad lo que nos tiraniza (drogas, alcohol, etc.), lo que nos cierra puertas para el futuro o lo que nos impide relacionarnos con los demás, aunque nos sintamos libres para elegirlo. La auténtica libertad surge de la convicción y elección interior de nuestra voluntad y conciencia.
Dentro de las familias en ocasiones se ha confundido el educar en libertad con el «dejar hacer»; estos niños sin autoridad verán reflejada esta ausencia de límites en problemas de maduración (inseguros, dependientes, demandantes, etc.). Los límites nos ayudan a crecer seguros, y crecer nos hace libres.
Una persona libre
Una persona es libre cuando tiene la capacidad de elegir lo que considera más adecuado en cada momento de su vida, siendo capaz de asumir las responsabilidades que impliquen sus decisiones.
Analicemos cada término de esta definición:
1. Capacidad de elección. Tendremos mayor capacidad de elección cuando:
Manejemos la mayor y más precisa información de las posibles alternativas de nuestra decisión. Por tanto, cuanta mayor formación tengamos, mayor será nuestra visión de las cosas.
Seamos capaces de renunciar. Toda elección supone quedarnos con algo y prescindir de algo. Si nos duele perder o prescindir de lo no elegido, nos sentiremos incapaces de hacer elecciones y desearemos que los demás lo hagan por nosotros, resintiéndonos después de nuestra falta de libertad y de nuestra dependencia.
2. Elegir lo más adecuado. Entendemos que lo más adecuado será aquello que responda a nuestras necesidades y que nos encamine hacia el bienestar como personas:
— Es básico tener una visión global de nosotros mismos. No sólo somos: Yo cuerpo, Yo mente, Yo emociones o Yo social. Las elecciones que sólo escuchan necesidades parciales impiden el desarrollo de las otras partes.
— La búsqueda de nuestro bienestar como personas no se basa en el simple hecho de alcanzar satisfacciones inmediatas y efímeras; éstas, en ocasiones, pueden incluso distanciarnos de planes futuros
— En la medida en que tengamos un proyecto de vida globalizador tendremos una visión más clara de aquello que puede ayudarnos a alcanzarlo, y de esta forma conseguir satisfacciones más plenas y duraderas.
3. Asumir responsabilidades. Poder ser responsables de nuestros pasos y poder asumir nuestras limitaciones, debilidades y equivocaciones como vía de superación de las mismas.
Tras este análisis de la definición de persona libre podríamos resumir que libertad es sinónimo de madurez.
La madurez no se mide por la edad, sino por el desarrollo personal y la modalidad de su comportamiento. Algunos de sus rasgos son los siguientes:
— Capacidad de adaptarse a las distintas situaciones de la vida.
— Autonomía tanto en sus actos como en sus ideas y emociones.
— Responsabilidad de sus propios actos.
— Capacidad de autocuidado.
— Desarrollo de relaciones afectivas y sociales en las que se produzca un intercambio positivo de satisfacciones.
Si nuestra función como padres es ayudar a nuestros hijos a alcanzar una madurez física, psíquica, emocional y social, contribuiremos a que se desarrollen como personas libres.
Ayudándoles a crecer libres
No debemos olvidar que la educación es el medio para llegar a ser libres.
Si tenemos clara nuestra función como padres, educaremos a nuestros hijos en la libertad. Esta función consiste en ayudarles a crecer para que un día puedan realizar su propio proyecto personal. Conceptos básicos de esta función son:
Seguridad: Para poder crecer de una forma sana necesita sentirse seguro y con confianza en sí mismo para ir dando pasos en su aprendizaje.
Autonomía: Aprender a valerse por sí mismo. Esto no se adquiere de una vez para siempre, el niño debe ir ganando en autonomía junto con su desarrollo; cada vez se sentirá más capaz.
Decisión: Necesita aprender a tomar sus propias decisiones (siempre acordes con su edad), que respondan a su escala de valores.
Responsabilidad: Ganar en autonomía y tomar sus propias decisiones implica adquirir unas responsabilidades. Aprender a llevar sus propias responsabilidades le ayudará a sentirse más libre.
Otros criterios a tener en cuenta
La ignorancia está reñida con la libertad: ayudarles a pensar, a opinar, a buscar información sobre sus intereses, etc., les dará herramientas a la hora de tomar decisiones.
— El ansia por tener nos hace esclavos. Es importante que sepan distinguir las necesidades y las prioridades; el ser antes que el tener.
— Debemos proporcionar un ambiente de confianza y diálogo donde se respeten las opiniones y las razones de todos, enseñándoles a tener un sentido crítico.
— Hay que otorgarles autonomía acorde a su edad. Generalmente se le retrasa haciéndoles muchas cosas de las que se podrían hacer cargo.
— Se trataría de ir proporcionando a nuestros hijos las ocasiones para que puedan ir responsabilizándose. Cuando llegan a adolescentes, muchas veces se les pide que respondan a una serie de obligaciones cotidianas sin haber tenido anteriormente ninguna, lo cual hace mucho más difícil que las adquieran, achacándose a la incuestionable rebeldía de la edad.
— No podemos olvidar que todo proceder que infantilice y sobreproteja impide al niño crecer de forma autónoma y le convierte en una persona insegura y dependiente, sin capacidad de decisión ante su vida y necesitada de los criterios de los demás: una persona sin libertad.
— La forma más positiva de transmitir valores es desde lo vivencial. Nuestra capacidad de tomar decisiones y de ser consecuentes con nuestras responsabilidades será su mejor aprendizaje.
Los límites dan libertad
Los límites y la autoridad no sólo no cohíben y reprimen el crecimiento de un niño, sino que le ayudan. Para que pueda conseguir la seguridad básica que necesita para alcanzar su autonomía, precisa sentirse contenido y protegido. De esta forma irá aprendiendo todo aquello que necesita para manejarse cada vez con más independencia. Si tuviesen que decidir ellos sobre lo que está bien o mal y sobre dónde les beneficia estar en cada momento, dejándoles a su libre albedrío, adoptarían una actitud indolente y se sentirán inseguros y desprotegidos.
Una persona se siente libre cuando es capaz de protegerse y cuidar de sí misma, y para ello debe aprender cómo hacerlo; sólo podrá conseguirlo si reconoce la autoridad en quien sabe y tiene experiencia.
Los límites en nuestra familia deben apoyar el crecimiento, es decir:
— Responden a las necesidades de los miembros de la familia.
— No son arbitrarios.
— Se dan con claridad.
— Se podrán formular de forma positiva: potenciando lo que se debe hacer más que las prohibiciones.
— La firmeza no estará reñida con el afecto: se ponen porque nos preocupan, no porque estemos enfadados o dolidos con ellos.
— Deben ser razonables y razonados: explicarles la razón de cada norma les ayudará a adquirirla si ésta es consecuente.
En la medida en que vayan siendo mayores, tendremos más en cuenta sus opiniones sobre los límites que les atañen, aunque la decisión última la tengamos nosotros.

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