educar en la paz

Vivimos  una época de gran violencia. La noticia  de una nueva guerra hace «olvidar» la anterior, todavía no resuelta. Las imáge­nes agresivas se suceden de forma vertiginosa en cualquier canal de televisión y a cualquier hora. Este fenómeno no es nuevo, pero  está adquiriendo especial virulencia. No podemos quedarnos impasibles pensan­do que nada podemos hacer, que es responsa­bilidad de esta sociedad, de los políticos o in­cluso de la esencia del ser humano, el que vivamos en un ambiente cada vez más hostil.

Paz positiva

Vamos a utilizar un concepto más amplio de paz que el entendido como ausencia de guerra. Lo llamamos paz positiva y se define como la antítesis de la violencia.

Tipos de violencia:

— Física: Imposición por la fuerza física, daños físicos.

—     Psíquica: Actos o conductas que pro­ducen desvalorización y sufrimiento (amenazas, humillaciones, etc.).

—     Sexual: Imposición de una relación se­xual contra la voluntad.

—     Estructural: Propia de las estructuras sociales, es decir, derivada de la in­justicia social.

Paz, por tanto, es también justicia e igual­dad de derechos para todos. Es el resultado de compartir una misma conciencia moral.

Es una paz que habla del derecho a ser distinto sin ser perseguido, una paz que apo­ya al más débil y fomenta la cooperación. Es un concepto dinámico puesto que siempre existe la posibilidad de una sociedad más humana y más justa.

Qué conduce a la violencia

Cuando analizamos la violencia cotidiana nos planteamos interrogantes del tipo: ¿Es innata la agresividad en el ser humano? ¿El hombre violento nace así? ¿Qué factores son determinantes?

En el desarrollo de la violencia el factor educativo tiene un papel predominante. La persona, desde su nacimiento, va formando su personalidad e interiorizando estrategias para enfrentarse a la realidad y a sus dificul­tades. El niño aprenderá a relacionarse vien­do y vivenciando cómo lo hacen los adultos. Adquirirá sus valores y sus actitudes. Apren­derá a resolver los conflictos observando cómo los mayores los resuelven.

La agresividad es una respuesta adaptati­va del ser humano que le permite afrontar las amenazas externas. Nos ayuda a salir de situaciones peligro­sas. A proteger nues­tra integridad. Lo cual no significa que el ser humano tenga que ser violento por naturale­za. La persona tiene que saber diferenciar una situación crítica en la que está en juego su supervivencia, del resto de situacio­nes cotidianas que aun siendo conflictivas, no son extremas y en las cuales nunca está justificado el uso de la violencia.

Desde su más tierna infancia el niño mani­fiesta su desagrado ante la carencia y la frus­tración. En un primer momento serán mani­festaciones de una mínima agresividad (rabietas, gritos, etc.); hasta los 2-3 años no empieza a mostrar su negativismo de forma más contundente (morder, tirar del pelo, dar patadas, etcétera.) Estas reacciones irán desapareciendo y ha­cia los 4 años el niño expresará su agresividad de forma verbal. En la mayoría de los casos las conductas agresi­vas desaparecen adquiriendo alternativas más positivas en la elaboración de su frustra­ción. Aquí nuestro papel es fundamental.

Educar ante los conflictos

En nuestra vida cotidiana los conflictos no son ni buenos ni malos; son inevitables. En la convivencia y en las relaciones humanas se producen intereses, tendencias y valores encontrados. El problema no surge porque se produzcan conflictos, sino por la forma de afrontarlos. Al educar a nuestros hijos por la paz debemos hacer especial hincapié en enseñarles a resolver los conflictos de forma positiva y sin el uso de la violencia.

Generalmente es entre hermanos donde se producen el mayor número de conflictos, muchos de los cuales originan peleas.

Los motivos de las peleas son variados aunque fundamentalmente responden a dos razones de fondo:

  • Llamar nuestra atención.
  • Medir su poder con los hermanos o con nosotros.

Nuestras actitudes hacia los conflictos:

  • No caer en buscar culpables: «Quién empezó» es un interrogante sin solución que puede remontarnos al día en que nacieron.
  • Puntuar la comunicación: Poner un pun­to a la discusión Cambiar el «Quién empe­zó» por «Cómo os sentís».
  • Ayudarles a resolver su conflicto con el diálogo.
  • Cuando los ánimos están muy cargados es preferible esperar un tiempo a que la tor­menta amaine antes de empezar a dialogar.
  • Nosotros somos su modelo; la forma de resolver nuestros conflictos será la transmisión más clara de lo que esperamos de ellos.
  • Es importante que les dejemos expresar su frustración y que den salida a sus senti­mientos negativos, los cuales son inevitables ante una contrariedad; negar la negatividad puede llevarles a reprimir su malestar y sa­carlo agresivamente en otras situaciones.

Educar para la paz en la familia

Es un ámbito de la familia donde el niño formará su identidad moral acerca de lo que está bien o mal.

Factores fundamentales:

  • Crear un ambiente de afecto. No basta con querer a los niños, es importante que se lo demostremos. Lás muestras de amor son un antídoto contra la violencia. Las actitudes positivas deben poderlas ver también entre la pareja. Una familia en la que los padres discu­ten continuamente y no hay gestos de amor mutuo favorece el que los hijos reproduzcan estas mismas conductas negativas entre ellos y cuando sean adultos con sus parejas.
  • Educarles en la confianza. Que sean capaces de transmitirnos sus sentimientos, tanto los negativos como los positivos.
  • Enseñarles a compartir. Aprender a dar y recibir, a ser generosos y a tener en cuenta las necesidades de los demás, haciéndoles sensibles a las desigualdades y ha­cia los más necesitados.
  • Valorar a cada uno por lo que es. Evitar la competitividad entre los hermanos y las reiteradas comparaciones. Todos so­mos iguales y distintos a la vez. Enseñarles a respetar las diferencias de cada uno evita­rá el que midan su poder porque ninguno tendrá que ostentarlo.
  • Ayudarles a superar las frustracio­nes. Como algo normal de la vida, sin necesi­dad de negarlas y afrontándolas sin violencia.
  • Enseñarles a perder. Crecer es ir de­jando y perdiendo cosas y adquiriendo otras. No podemos quedarnos siempre en el dolor de la pérdida, nos impedirá disfrutar lo que tenemos.
  • Dedicarles tiempo. Las conductas agre­sivas de los niños (pegarse, romper cosas, etc.), muchas veces son llamadas de atención hacia los adultos para que les dediquen tiem­po. El juego con los niños y los mayores resul­ta un momento privilegiado para enseñarles valores y reforzar nuestro vínculo con ellos.
  • Límites sin autoritarismo. Cuanto más rígidos y estrictos seamos con nuestros hijos, más hostil será el ambiente. Debemos ser firmes pero afectivos. Los castigos físi­cos deterioran el vínculo con nuestro hijo y fomentan su violencia.
  • Desarrollar su autoestima. Está com­probado que la baja autoestima y los senti­mientos de inseguridad pueden llevar a la per­sona a mostrarse agresiva con los demás, como forma de defenderse ante el temor de relacio­narse. Agreden por temor a que les agredan.
  • Enseñarles a ver televisión. Es alar­mante la violencia que ven de forma continua los niños en televisión. La televisión no pue­de ser un sustituto de nuestra atención. Todo lo que supuestamente es para pequeños no significa que sea positivo. Ver los programas con ellos puede ser una forma positiva de ayu­darles a que tengan un sentido critico.
  • Aceptar sus elecciones. Si queremos educarles en la tolerancia debemos ser con­secuentes con ello y aceptar, en aquellas deci­siones que no repercutan directamente en sus necesidades, que puedan hacer sus propias elecciones: tipo de ropa, música, etcétera.
  • Potenciar actividades grupales. Ya no sólo potenciar que jueguen y cooperen junto con sus hermanos, sino también con otros grupos: equipos de deporte, grupos de naturaleza, etc.
  • Tener una actitud pacifista. De nada sirve intentar tener un clima de paz familiar si nuestras actitudes, opiniones y valoracio­nes sociales son contradictorias. Lo que es bueno para nuestra fa­milia tiene que serlo para nuestro entorno. La participación de los padres en acciones so­ciales en apoyo a la lu­cha contra el racismo, contra el terrorismo o contra cualquier injus­ticia social, hacen que el niño entienda que el mundo está también fuera de su casa y que debemos cuidarlo.

Claves para educar para la paz

— Demostrarles nuestro amor.

— Dedicarles tiempo.

— Aceptarles por lo qué son.

— Ayudarles a superar las frustraciones.

— Fomentar actividades grupales.

— Darles ejemplo de tolerancia y solidari­dad.

Deja un comentario