El adolescente en la familia
«Un joven tiene necesidad de amar a las personas de su edad, y de formarse a través de los de su generación, y no de seguir dependiendo de alguien de una generación anterior que en un momento dado ha sido un modelo.»
E Doltó, La causa de los adolescentes
La crisis familiar en la adolescencia
En los artículos anteriores veíamos que todo aquello que acontece en la adolescencia tiene que ver con el hecho de ser una etapa tránsito. Tránsito entre la infancia y la madurez, entre el mundo imaginado y el mundo real, entre la vida dentro de la familia y la vida en el exterior.
El adolescente presenta una crisis de su identidad infantil; ésta ya no le sirve para enfrentarse a los nuevos retos, a las nuevas pulsiones que ha descubierto. Necesita consolidar una nueva identidad más acorde con la etapa adulta. La identidad infantil se desarrolló en el seno familiar, como resultado de las identificaciones e idealizaciones a los padres y a otros adultos significativos de su niñez. Ahora buscará fuera modelos a los que idealizar y con los que identificarse. Modelos que le den pistas acerca de cómo ser un hombre o una mujer.
Esta salida del hijo fuera de la familia generalmente crea ansiedades en todos:
— En el adolescente, porque es algo nuevo y desconocido y tiene miedo a fracasar, no encontrar referentes que le sirvan.
— En los padres, porque pierden a su pequeño y temen que se dañe sin su protección.
Muchos padres viven con gran sufrimiento esta transformación de su hijo, que pasa de ser el chico amable y cariñoso con los padres al joven protestón, crítico y desafiante.
Tiene que acomodar tensiones por partida doble:
— De carácter interno: referidas a sus cambios fisiológicos y emocionales.
— De carácter externo: lo que la familia, los amigos, la sociedad esperan de él.
La rebeldía propia de la adolescencia habla por tanto de esta necesidad de desapego familiar y es también la expresión de estas tensiones.
Se siente mal y saca este malestar transformado en enfado.
El lugar de los padres
Los padres sienten y padecen este cambio en la relación con sus hijos, pasan de haber sido idealizados con fervor a ser desvalorizados con el mismo fervor.
Para poder hacernos cargo de la forma más sosegada posible de esta crisis en nuestros hijos, sin que nos suponga a nosotros otra crisis peor, debemos tener en cuenta lo siguiente:
— El adolescente se rebela por lo que representamos: figura de autoridad, protección, etcétera.
— Su malestar no tiene por qué estar ligado directamente con nuestra forma de ser padres con él.
— Igual que no tenía base real la gran idealización que nos tenía, porque nadie somos perfectos, así tampoco la tiene la terrible desvalorización. Se va a los extremos.
— Sus enfados y displicencias no son la prueba de que ya no nos ame, sino de que se puede sentir mal, inseguro, etcétera.
— El que busque referentes fuera no significa que ya no le sirvamos, significa que necesita ver otros modelos distintos a los nuestros que le aporten cosas nuevas.
— El que un hijo quiera hacer su vida independiente de la nuestra no habla de nuestra equivocación como padres, muy al contrario, habla de nuestra buena labor. Le hemos posibilitado el camino a la madurez.
— Nuestro papel como padres sigue siendo importante, pero no podemos seguir tratándole como cuando era un niño, debemos ir adecuándonos a su edad.
— Nos ayudará en nuestra relación con ellos y en la comprensión de lo que les ocurre el que hagamos memoria de nuestra propia adolescencia y de las vicisitudes con las que nos encontramos entonces.
El papel como padres
El adolescente se muestra ambivalente en la relación con los padres: unas veces se quejará de que éstos intervienen continuamente en su vida (aconsejándole, dándole pautas) y otras, por el contrario, se quejará de que nadie se interesa por él.
En los padres también se genera ambivalencia en la relación con ellos: por una parte se desea que sean independientes y que adopten sus propias decisiones abandonando dependencias infantiles y, por otro lado, se teme esa independencia y las repercusiones de la misma, deseando que ese momento se retrase. Es importante ser conscientes de nuestras contradicciones para evitar que provoquen conflictos innecesarios con ellos.
Algunas de las funciones de nuestro papel como padres de adolescentes son:
— Acompañar al adolescente en su tránsito. Sin perder nuestro referente como figuras de autoridad pero con la flexibilidad necesaria para entender que nuestro hijo ya no es un niño y que está en un momento de revolución interna y externa.
— Favorecer el que vaya tomando responsabilidades que le permitan ser más autónomo.
— Ofrecerle nuestra cooperación para que, aunque no haga uso de ella, sepa que puede contar con nosotros.
— Transmitirle nuestra confianza en él y en su capacidad de ser autónomo.
— Servirle de modelos de resolución de los conflictos fuera del ámbito de la violencia.
— Tener muy en cuenta su opinión y valoración en asuntos relacionados con su educación y futuro profesional.
— Compartir sus inquietudes e ilusionarnos con él y/o por él con su proyecto de autonomía.
Evitar
1. Frenar su deseo de independencia:
— Independencia emocional: con chantajes emocionales del tipo «¡Qué va a ser de tu madre cuando tú te vayas!» o «¿Tan mal padre he sido que quieres irte de nuestro lado…?»
— Independencia económica: facilitándole todo aquello que pueda ir deseando para que no sienta la necesidad de buscarse la vida.
2. Invadir su intimidad:
— Bombardearle a preguntas sobre lo que hace y con quién lo hace, cuando nos da muestras de no querer hablar de ello.
— Registrarle sus cosas en busca de algun indicio de algo.
— Cuestionar sus amistades por el simple hecho de no conocerlas.
— Tomar decisiones que le competen a él sin tenerle en cuenta.
Generalmente estas invasiones son el resultado de la ansiedad que se genera en los padres por dejar de saber todo de sus hijos y en su intento de seguir manteniendo un control férreo sobre ellos. Lo que se les transmite con esta actitud es que no confiamos en ellos y/o que no consideramos que estén en condiciones de ir alcanzando su independencia. Los vivimos como niños inseguros. Quizá con esta actitud consigamos que lo sean.
Una de las mayores ansiedades que se presentan en los padres se genera por el despertar de los hijos a la sexualidad: por un lado, por las consecuencias concretas que pueda acarrear: por otro, porque el reconocimiento de sus inquietudes sexuales les presentan como más adultos y, por tanto, más separados de sus progenitores.
3. Hacerle sentir culpable de su malestar y de las repercusiones que éste tiene en el resto de la familia. El adolescente no está en disposición de resolver sus conflictos con buena voluntad; necesita pasar por distintos estados para ordenar su mundo interno. Lo cual no es sinónimo de que vayamos a admitir cualquier comportamiento por estar en la adolescencia.
4. Rivalizar ante él con otros adultos que puedan servirle de referente. Sintiéndonos celosos por la atención o confianza que puedan dedicar a otras personas.
Conclusiones
La tarea de ser padres de adolescentes no es fácil, pero muchas veces nos la complicamos más de lo necesario. Entender qué le ocurre a nuestro hijo en esta etapa, reconocer de qué ansiedades se suscitan en nosotros como padres y adultos, nos ayudará a situarnos en un buen lugar para poder acompañar a nuestros hijos en este periodo difícil y para poder disfrutar con ellos de sus ilusiones, sus ideas, su altruismo, etc. Tenemos que hacer el duelo por nuestro pequeño para poder reconocer al joven que se prepara para alejarse de nuestro lado. Tener un hijo adulto y capaz de hacer su vida es el mayor logro que puede desear alcanzar un padre.

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