La afectividad en los adolescentes

El adolescente se mueve en una encruci­jada: por una parte, su alto concepto del amor, el ideal romántico, y por otra, su de­seo de descubrirse en su identidad sexual. De esta combinación es el resultado de sus fugaces noviazgos en los que descubren acerca del amor y del sexo.

La afectividad

Vimos en otros artículos cómo una carac­terística esencial de la adolescencia es el he­cho de que tiene que constituir una renova­da identidad, ahora ya incorporando un factor esencial que es su recién alcanzada madurez sexual. Se trata de saber cómo ser hombres y mujeres sexuados. Las identifi­caciones infantiles ya no le sirven por care­cer de este matiz. El desarrollo de su afecti­vidad, de su sexualidad y del amor serán por tanto temas de fundamental trascendencia en estos momentos.

El adolescente siente que debe comenzar a separarse de los padres; la dependencia que ha tenido hasta entonces de ellos ya no le sirve y desplaza el amor que les tenía ha­cia otras personas, en ocasiones diametral­mente opuestas a aquéllos, como una forma radical de solucionar la tensión de ir sepa­rándose de la familia.

En los desarrollos normales este despla­zamiento se realizará principalmente entre sus iguales:

Amistades íntimas: Vuelcan en una per­sona todo su afecto, habitualmente del mismo sexo, se sirven de espejo donde ir pro­bando relaciones más profundas e íntimas, generalmente no acompañadas de compo­nente sexual; sin embargo, es la relación más parecida a una pareja, se muestran celosos, se tienen en cuenta para cada movimiento, se piden cuentas, etcétera.

Novios/as: Primeras relaciones amoro­sas que suelen sucederse sin demasiada im­plicación.

Apartado especial merecen los ídolos, amores platónicos que comienzan en la pu­bertad pero que en ocasiones se mantienen durante la adolescencia, modelos de lo que supuestamente desearían como pareja y cuya característica fundamental es que sean total­mente inalcanzables. Suelen ser un consuelo en su temor de no ser capaces de tener una pa­reja real. Fantasean con ellos, les siguen en su carrera profesional y les son fieles durante su trayectoria. Según vayan madurando, así se irá diluyendo su fervor y en la edad adulta quizá los recuerden con ternura y nostalgia.

Las parejas

Las primeras relaciones son ensayos acer­ca del amor y el sexo. Son variables como ellos mismos. El tener pareja les ayuda, como el grupo, a desvincularse de lo fami­liar, a desear una vida fuera de su casa.

Las primeras experiencias son tan apasio­nadas como fugaces: hoy pueden sentirse profundamente enamorados de una perso­na y hablar de lo eterno de esa relación y mañana haberse olvidado de ese gran amor porque han conocido a otra. En ocasiones salen en pareja para dar una buena impresión al grupo más que por la re­lación interpersonal en sí. La forma de elec­ción viene dada más por:

— Aprovechar una oportunidad; es decir: «ya que parece que le gus­to aprovechemos la ocasión para aprender sobre esto del amor».

— Que el chico/a ele­gido sea popular entre el resto del grupo; de esta forma conseguir además la aprobación y envidia de los demás. A medida que vayan madurando, también lo harán en la forma de vincularse con la pa­reja. Pudiendo elegir a su futuro compañe­ro/a desde sus valores, intereses, proyectos, etcétera, y no tanto desde la accesibilidad o el grado de popularidad en el grupo de referencia.

La mayoría de las personas se enamoran por primera vez en la adolescencia; la idea del amor se asemeja a la del ideal romántico, es una especie de enamoramiento del amor.

Más importante que de quién se está ena­morado es el hecho de experimentar el amor y alcanzar el arte de amar; son im­portantes, por tanto, las manifestaciones de ese amor: lo que se dice, lo que se hace etcétera. Todo puede ser prueba de amor o por el contrario de desamor. Muchas ado­lescentes sienten que ya todo se ha roto después de una primera discusión con su enamorado: «Si hemos discutido, nuestro amor ya no es perfecto y entonces es mejor dejarlo.»

Las primeras relaciones permiten al joven superar su temor a no ser elegido, a no gus­tar y, como consecuencia, su temor a la so­ledad. Son un buen aprendizaje acerca del amor y las relaciones con el otro sexo.

La sexualidad

La principal inquietud de los padres ante las relaciones afectivas de sus hijos adolescen­tes, principalmente en las chicas, es que pue­dan desarrollar relaciones sexuales tempra­nas y que éstas puedan generar conflictos.

A pesar de tener más información sexual que en épocas pasadas, se dan un alto nú­mero de conductas sexuales de riesgo por parte de los jóvenes.

Motivaciones para desarrollar relaciones sexuales tempranas:

1. Necesidad de valoración: Desde enten­der que ser adulto es tener relaciones adul­tas, lo más importante reside en que es un paso de una clase a otra, lo que permite mi­rar a los que no tienen experiencia como pe­queños. La sexualidad vivida como un reto en el cual «si no me atrevo, si no me dejo lle­var, se supone que soy un niño». La necesi­dad de valoración es más fuerte cuanto ma­yor es la inseguridad del adolescente en sí mismo.

2. Miedo a no ser normal: El joven tiende a vivir conforme a las conductas esperadas y realizadas por el grupo. Unas veces, el te­mor a ser impotente o frígido, o a tener ten­dencias anormales; otras, por la convicción de que es preciso haber tenido experiencias sexuales en una edad determinada, precipi­tan a los jóvenes a las relaciones sexuales. La definición de la normalidad cambia si­guiendo los grupos y las épocas. Actual­mente, una chica, en ciertos grupos, puede sentirse anormal por no tener experiencia sexual, como antes, en otros grupos, cuan­do la había tenido.

3. Motivaciones de defensa: A veces se lan­zan a las relaciones sexuales porque les tie­nen miedo. Otras veces es la reacción con­traria a su temor:

— Ante el temor de la homosexualidad, relaciones heterosexuales tempranas.

— Ante el temor ante el otro sexo, puede ejercer una homosexualidad pasajera.

4. Oposición a los padres: Como forma de romper dependencias infantiles, provocan con la manifestación de sus conductas se­xuales y atacan lo que suponen son las nor­mas morales familiares sobre este tema.

5. Por curiosidad: Que empuja al adoles­cente a conocer eso de lo que se habla tanto y que para él es un gran misterio.

La sexualidad necesita, como otras cuestio­nes relevantes de la vida, de un proceso en el que ir aprendiendo y adquiriendo madurez. El miedo, el pudor, las inseguridades pueden llevar a actuar de una forma precipitada que provoque conflictos en su personalidad y ries­gos reales: embarazos, contagios, etcétera.

La forma habitual de comenzar la sexua­lidad en los jóvenes es con la práctica de la masturbación, utilizada muchas veces como vía de canalizar tensiones. Será con­flictiva o no lo será dependiendo de cómo lo viva en su subjetividad. Si al hecho de la masturbación une sentimientos negativos de enfermedad o anormalidad o debilidad, etcétera, será vivida con un sentido dra­mático. La información real que reciba le ayudará a situarse y a que no tenga porqué vivirlo ni como una obsesión ni como algo persecutorio.

El paso a la madurez es alcanzar un senti­do propio de uno mismo como alguien úni­co, buscando a un otro como compañero/a y con un deseo de relación sexual madura; relación sexual que irá evolucionando junto con la relación personal sin tener que preci­pitarse y pudiendo ir resolviendo temores e inseguridades de forma conjunta.

El papel de los padres

Nuestros hijos van siendo adultos y nues­tro papel con ellos debe evolucionar; ya no son los niños a los que llevar de la mano.

El tema afectivo y sexual suele crear an­siedad en los padres que constatan que sus hijos ya son adultos y su mirada está más en el exterior que en casa. Nuestro lugar es un lugar de apoyo y sos­tén. Ahora son ellos los que deben tomar sus propias decisiones.

Con respecto al tema sexual es importante tener en cuenta que no siempre es cierto que «ya lo saben todo» y que ofrecerles un espacio de confianza para ha­blar de ello sin tabúes les puede ayudar.

Aunque generalmen­te los chicos no quieren hablar de sexualidad con sus padres por pu­dor y los padres tam­bién se suelen sentir in­cómodos, lo importante es no hacer del tema algo innombrable y, a la vez, respetar la intimidad de cada uno, ofreciéndonos a ayudarlos y no imponiéndonos.

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