Su mundo social

«No te des prisa por adquirir nuevos ami­gos, ni menos en dejar los que tienes.»

Solón de Atenas

El adolescente se prepara para ser adulto, para abandonar el refugio familiar. Para ello, como vimos, deberá desvincularse de de­pendencias infantiles y afrontar su nuevo proyecto de autonomía. Su mirada se sitúa ahora en el afuera y sus intereses se verán reflejados en los de sus iguales: amigos, com­pañeros, etc. Su desarrollo social empieza a ser floreciente.

Sus actividades preferidas se situarán fue­ra de casa: locales de moda, centros comer­ciales, conciertos, etc. Pasará más tiempo con la pandilla que con la familia.

La amistad

En la adolescencia el joven fragua el senti­do más profundo de la amistad. Tiene un alto sentido de la fidelidad y sus mayores desen­gaños surgen por la traición de un amigo.

Busca en los amigos confidentes con los que poder compartir sus confusiones y an­siedades, sus ilusiones y sus sueños. El con­cepto que tiene sobre la amistad va evolu­cionando con la edad:

1. En la primera etapa de la adolescencia (12-14 años) el grupo de amigos, la pandi­lla, tiene gran importancia; el objetivo prin­cipal es desarrollar actividades juntos, tener experiencias nuevas, se unen para compar­tir los planes y llevarlos a cabo. Para poder compensar los temores, los miedos de cada uno a la hora de emprender nuevos retos. No es imprescindible mostrar gran afecto pero sí estar juntos, ir a los mismos sitios, hacer las mismas cosas, etcétera.

2. A medida que crecen (14-16 años), van a pedir a la amistad un mayor grado de com­promiso: lo que se espera de un amigo es que sea leal y digno de confianza. El grupo de ami­gos proporciona seguridad, sienten que pue­den contar con ellos para apoyarse y sentir lealtad. El grado de confidencialidad es ma­yor. Son más afectuosos entre ellos, se im­plican sinceramente en la relación y se pre­ocupan más del bienestar del otro.

Pertenecer a un grupo

El adolescente necesita desvincularse de las dependencias infantiles y poder separar­se de la familia para lle­var a cabo su proyecto de autonomía; el per­tenecer a un grupo le facilita el poder salir de lo familiar, sintién­dose amparado por sus amigos, compren­dido por chicos que piensan como él. En la familia empieza las frases por «No me entiendes»; con los amigos, por «Tú ya sabes».

Al separarse de los vínculos familiares siente un vacío emocional que llenará con nuevos vínculos afectivos. Nuevas formas de amar, de comprometerse, de comunicar. Necesita sentirse querido y aceptado, y el grupo, la pandilla, es un espacio ideal para fomentar estas nuevas relaciones.

Como ya vimos, el joven en la adolescen­cia muda de identidad, las identificaciones infantiles ya no le sirven, necesita adquirir nuevas identificaciones más acordes con sus nuevas necesidades e intereses; pero mien­tras adquiere el nuevo ropaje, se resuelve con identificaciones prestadas, transitorias, imitadas y compartidas con su grupo de ami­gos y/o compañeros.

El hecho de reconocerse semejante a to­dos los miembros del grupo le permite sen­tirse seguro. El joven siente que todo en él cambia: su cuerpo, sus emociones, sus in­quietudes, sus deseos, etc. Necesita com­probar que no es el único, que no es un ser extraño, que lo que en él acontece es com­partido por otros jóvenes como él. Mientras adquiere una identidad propia, subjetiva, se maneja con una identidad colectiva. Se ayu­dan por ósmosis, necesitan ser espejos, com­parten ropa, gustos, opiniones, ídolos, etc.

Ante el sentimiento de imprevisibilidad que tiene el adolescente de su vida, su pan­dilla es prácticamente lo único que no cam­bia, que le da continuidad en su vida: los mismos amigos, ir siempre a los mismos si­tios, hacer las mismas cosas, etc. Le da tran­quilidad comprobar que hay algo que no se mueve.

En el grupo se prueba a tener nuevas ex­periencias, nuevos retos; solos podrían sen­tirse incapaces, pero juntos se apoyan en las inseguridades.

Resumiendo, las funciones principales que desempeña el grupo en el adolescente son:

  1. Apoyar la salida de la familia.
  2. Constituir una identidad colectiva ver­sus una identidad subjetiva: reconocerse semejante a los otros le permite sentirse se­guro.
  3. Compartir: experiencias nuevas, inse­guridades, miedos, etcétera.
  4. Llenar el vacío emocional. Nuevos vínculos emocionales: «Puedo ser aceptado y amado en un grupo.»
  5. Dar un sentido de continuidad y previ­sibilidad. Los mismos amigos, las mismas actividades: «Hay algo que no cambia.»
  6. Combatir el sentimiento de soledad.
  7. Atreverse a actuar. Siendo uno entre muchos.
  8. Alimentar su autoestima al sentirse aceptado.

Los riesgos

La necesidad de pertenecer a un grupo será motivo de perjuicio para el joven cuan­do esta necesidad esté por encima de su ca­pacidad para protegerse y cuidarse. Cuanto más dependiente e inseguro sea el adoles­cente, más posibilidades tendrá de alienarse al grupo; el riesgo vendrá dado por el tipo de chicos que lideren dicho grupo.

La alienación produce que el límite no sea posible porque se sienten incapaces de  decir «no». Se ven supeditados, pero no quie­ren sentirse excluidos porque sienten que tienen otra muleta donde sostener su debilidad.

El compartir lo nuevo, que para ciertas _conductas puede ser muy positivo: conocer _genté, hacer viajes, practicar deportes, etc., puede tornarse en todo lo contrario, cuando lo que se pretende es demostrar la madurez asumiendo riesgos innecesarios y/o provo­. cando situaciones antisociales como forma de expresar su malestar: violencia, conduc­tas delictivas, abuso de alcohol, drogas, etc. Y la adquisición de este tipo de conductas pueden realizarla de una forma inmediata y desmesurada, basta con que alguno lo pro­ponga. Por ejemplo, de no beber, a hacerlo hasta perder la conciencia.

Resumiendo los riesgos:

  1. La dependencia extrema: alienación, -dejarse llevar».
  2. Precipitarse a riesgos que antes le daban miedo.
  3. Seguir a líderes negativos.
  4. Someterse a normas grupales que van en contra de las familiares y/o educativas.

Prevenir dichos riesgos en la adolescen­cia supone tener claros criterios educativos que fomenten la seguridad en sí mismos des­de su primera infancia, haciendo especial hincapié en la etapa de latencia (6-11 años). Algunos de esos criterios son:

— Fomentar desde pequeños la adqui­sición de autonomía basada en la seguridad básica y en la asunción de responsabili­dades

— Evitar sobreprotecciones que les ha­gan dependientes.

— Apoyar su participación en grupos que fomenten su desarrollo integral en valores, como los scouts.

— Potenciar el que puedan realizar algún tipo de actividad extraescolar elegida por ellos y que les produzca satisfacciones per­sonales: un deporte, música, teatro, etc. Dicha actividad les servirá cuando lleguen a la adolescencia para identificarse con algo propio que les hace sentirse bien y que está fuera del dominio familiar. Será algo que no cambia, que les acompaña en el tránsito.

El objetivo prioritario es que nuestros hi­jos, a pesar de que estén pasando una etapa difícil, tengan la capacidad de protegerse, de poder decir «no» a aquello que consideren negativo para ellos y que no tengan que verse abocados a realizar algo que no de­sean por el hecho de hacerlo su grupo de amigos.

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