La adolescencia: búsqueda de una identidad

Se habla de la adolescencia como de un «segundo nacimiento»; y como todo nacimiento, supone una ruptura con una situación anterior y la entrada en un mundo nuevo.

«Nacemos por así decirlo dos veces: una para existir y la otra para vivir.. El hombre no está hecho para quedarse en la infancia, sale de ella en la época prescrita por la natu­raleza y este momento de crisis tiene importantes influencias».

J. J. Rousseau, Emilio, Tomo V

Segundo nacimiento

Los adolescentes se enfrentan a una serie de cambios fundamentales tanto en lo referen­te a su cuerpo como a sus capacidades cog­nitivas.

Estos cambios permiten ir realizando la transición entre su infancia y la vida adulta; pero no se realizan de una vez para siempre y de una manera sosegada y reconfortante, sino que suponen toda una revolución, que produce una alteración de su anterior equi­librio psíquico, ocasionando una conmoción emocional interna y dando lugar a una vul­nerabilidad de su personalidad.

Se habla de la adolescencia como un «se­gundo nacimiento» que surge de la muer­te de su vida infantil Es un periodo de due­los y de desprendimientos, tendrá que despedirse de su cuerpo infantil, de sus ju­guetes, del vínculo infantil que mantenía con sus padres, de su creencia infantil sobre el mundo.

Durante su infancia conocía el mundo y estaba en relación con su realidad a través de la mirada de sus padres: sus opiniones, sus creencias, su percepción de la vida, etc. Las opiniones del niño son enteramente las de los padres, y cuando éstos discrepan, el niño tiene dificultades para pensar por su cuenta. A partir de los 11-12 años los mo­delos exteriores empiezan a tener peso. Despertará a todo un mundo exterior a tra­vés de su propia mirada. Será en la adoles­cencia cuando se decida a pasar la frontera entre el mundo que ha imaginado y la rea­lidad.

Tiene y quiere salir al mundo exterior y no puede hacerlo amarrado a sus padres; tiene que volar solo.

Ya no le sirve su mundo infantil pero a pe­sar de su deseo por entrar en el espacio de los adultos, tiene miedo de no llegar a ha­cerlo, de no estar a la altura, y de no saber qué personajes albergar dentro de su nuevo cuerpo.

Es un periodo de crisis porque toda la se­guridad de etapas anteriores ha desapareci­do, todo se le mueve: sus ideas, sus sueños infantiles, sus afectos.

Nacen pulsiones nuevas, desconocidas, se le presentan formas nuevas de conocerse, de demostrar lo que es capaz de hacer. Se le presentan muchos y desconocidos retos. Una nueva forma de vida.

Segundo proceso de individuación

El psicoanalista P. Blos describe la adoles­cencia como el «segundo proceso de indivi­duación». El primer proceso de individua­ción se completa hacia el tercer año de vida. En esta etapa el niño se descubre a sí mis­mo como alguien con identidad propia y dis­tinta de la de sus padres. Se produce un sal­to cualitativo en relación con su maduración psíquica; ya no es el pequeño lactante de­pendiente, puede moverse por su cuenta y empieza a adquirir confianza en sí mismo; ya no necesita que estén presentes sus padres para sentirse seguro; ha aprendido a desvincularse de su presencia sin angustia.

Si pensamos en el adolescente vemos una serie de similitudes en estas dos etapas. El adolescente adquiere conciencia de su iden­tidad como adulto. Se desvincula de lo que supone la dependencia familiar para iniciar un proyecto propio. Se prepara para irse de la casa de los padres, para la búsqueda de un objeto de amor fuera de la familia; es la sepa­ración de las vinculaciones de la infancia que eran hasta entonces la fuente principal de es­tímulos emocionales. Para alcanzar la madu­rez que le permite el ser autónomo, necesita desvincularse de dependencias emocionales familiares. Según E Dolto, la adolescencia termi­na cuando el joven no se siente inhibido ni boicotea su autono­mía por la angustia de sus pa­dres de que se vaya. La familia seguirá siendo importante como lugar de refugio al que sabe que puede volver.

Ritos de iniciación

Como vemos, al adolescente se le plan­tean una serie de retos a los que debe adap­tarse:

  • Cambios físicos y cognitivos.
  • Aprender a separarse de los padres y llegar a ser independiente.
  • Formar nuevos patrones de relación con sus compañeros.
  • Acomodarse en su entorno sociocul­tural.
  • Encontrar formas de disfrutar de la vida amorosa y sexual.

Hasta que no haya encontrado algunas res­puestas respecto a estos aspectos de su vida, no se sentirá preparado para afrontar la vida adulta.

En este paso de la vida infantil a la adulta, de la dependencia emocional a los padres a la individuación, no siempre recibe el apoyo y la consideración necesarios por parte de los adultos.

En periodos arcaicos, y todavía en algu­nos lugares de África y Oceanía, la etnología nos muestra gran variedad de ritos de ini­ciación, los cuales tienden simbólicamente a facilitar al joven dicho tránsito.

En nuestra sociedad no existe ningún tipo de rito que simbolice y de esta forma apoye de forma conjunta a los jóvenes en este paso. Se tiende a definir a la adolescencia como una especie de enfermedad de la que deben salir cuanto antes, sin tener en considera­ción lo trascendental del paso.

Hay muchos jóvenes que realizan sus par­ticulares rituales de iniciación, asumiendo situaciones de riesgo para probarse como adultos, con graves consecuencias en mu­chas ocasiones: drogas, sexualidad sin nin­gún tipo de control, actos agresivos, prue­bas físicas de alto riesgo, etcétera.

Es necesario ofrecerles y facilitarles un tiempo y lugar en el que puedan ir probando los cambios y las vacilaciones que esto les suponga, dándoles el espacio para que des­cubran sobre ellos mismos sus capacidades, sus deseos, sus valores, etcétera.

La «normal anormalidad»

Es difícil hablar de normalidad o patología en la adolescencia: su vulnerabilidad, sus conductas desafiantes, la tendencia a la de­presión, etc. Lo normal en la adolescencia es la inestabilidad emocional, tan pronto eufóri­co como sumido en un estado depresivo, las contradicciones en cuanto a pensamientos y a sentimientos y los continuos cambios respecto al modo de reaccionar. Se mueve entre el deseo de independencia y el deseo de volver a la más absoluta de las depen­dencias. La actividad continua convive con la apatía. Tiene que acomodarse a un cuer­po nuevo, a nuevos deseos y vivencias y se siente confundido. Le espera un mundo que explorar y siente excitación por el deseo y también por el miedo. Reflejo de esta ines­tabilidad permanente son algunas actitudes regresivas.

Para alcanzar la desvinculación, en ocasio­nes mostrará comportamientos regresivos, patrones de comportamiento infantiles. Se trata de «retroceder para saltar mejor». Volver a entrar en contacto emocional con pasiones pasadas para poder separarse definitivamen­te de ellas. Por ejemplo, la idolatría por per­sonajes famosos: estrellas del pop, actores, deportistas. Su comportamiento al respecto es bastante parejo a la idealización infantil de los padres y a un deseo de fusión con ellos.

Otro ejemplo de regresión sería las actitu­des compulsivas ante la comida: atracones y conductas anoréxicas. Y no sólo con la comida; también con los sustitutos supues­tamente adultos: alcohol, drogas. Retroce­den a etapas primarias donde la principal fuente de satisfacción era la oral.

Las defensas

Ante las distintas ansiedades que se le pre­sentan, el adolescente busca mecanismos para defenderse y paliar el malestar. Estas defensas en ocasiones pueden llevarle a si­tuaciones de mayor conflicto que agravan su fragilidad, pero ante el temor de no ser capaz de resolverlas opta por la defensa. Veamos algunas de estas ansiedades y las defensas que pueden generar:

—Ante ansiedad de un cuerpo desconoci­do que además ha despertado a pulsiones sexuales:

  • Tenderá a ocultarlo o disimularlo, a ha­cerse invisible.
  • Pertenecer a una «tribu urbana» iguala las diferencias.
  • Seguir patrones rígidos, obsesiones, lo que puede llevar a alteraciones, como la anorexia.
  • Aislamiento social: se encierra en casa para no sentirse examinado.
  • Evitar cualquier relación con el otro sexo o, por el contrario, buscar la promis­cuidad sexual.

Conductas tan aparentemente contradic­torias pueden responder a un mismo temor: experimentar sentimientos amorosos hacia un otro real, dificultad para hacerse cargo de estímulos amorosos fuera de la familia.

— Ante la necesidad de separarse de sus padres:

  • Cuanto más distintos a él los vea, más fácil le resultará romper vínculos afectivos.
  • La brusquedad al hacerlo le permite no enterarse de lo que deja.
  • La identificación con figuras externas ayuda a ahuyentar la sensación de soledad.
  • Formalizar relaciones de pareja de for­ma temprana, sustituir la dependencia emo­cional de los padres por la de una persona de su edad y en sus mismas circunstancias. Constituir de una forma imaginaria su pro­pia familia evitando el paso de su independencia por temor a la soledad.— Ante la ansiedad de elegir su propio proyecto de autono­mía y el temor al fra­caso:
  • Seguir el proyecto que sus padres hayan diseñado; de este modo él no es el que se arriesga.
  • La apatía acompañada generalmente de un bloqueo intelectual, en un deseo de alar­gar el proceso.
  • Apoyarse en decisiones tomadas por su grupo de pertenencia o por el líder de dicho grupo; de esta forma comparte la responsa­bilidad.
  • Actuar sin pensar; poniéndose en situa­ciones de riesgo para probarse que puede ser valorado como un adulto.

Formación de la identidad

El principal desafío evolutivo de la adoles­cencia es prepararse para alcanzar la edad adulta con una serie coherente y suficiente de autopercepciones y aspiraciones, es decir, un sentido de identidad interior. Esta identidad es, pero no sólo, la suma de las iden­tificaciones sucesivas de los primeros años, cuando el niño quería ser como las personas de las que dependía, y a menudo se le obliga­ba a serlo (E. Erikson).

Características de la adquisición de la identidad

1. Se alcanza un sentido de identidad cuan­do la persona es capaz de implicarse en una serie de compromisos relativamente estables. Dichos compromisos de­ben referirse a:

  • Una actitud ideológi­ca: conjunto de valores y creencias que guíen sus acciones.
  • Actitud ocupacional: objetivos educativos y profesionales que le pro­porcionen un proyecto de autonomía.
  • Actitud interperso­nal: orientación de géne­ro que influye en la forma de amistad e intimidad del individuo.

2. La adquisición de la identidad recibe la in­fluencia de:

  •  Factores intraperso­nales: capacidades innatas y características adquiridas de la personalidad.
  • Factores interpersonales: identificacio­nes con otras personas de las que se sigue su ejemplo.
  • Factores culturales, valores sociales en los que crece el joven.

3. La identidad no se constituye de una vez, sino que es un proceso de años en los cuales la persona va probando distintos ro­les. El adolescente titubea durante un tiem­po respecto a lo que le gustaría hacer y con quién. Considera las posibilidades de distin­tas profesiones, sale con distintas personas y evalúa distintas actitudes sociales, políti­cas, religiosas, etc.

4. Cuanto más desarrollado esté su sen­tido de la identidad, más seguro se mos­trará ante su vida y sus elecciones sin sen­tirse amenazado por su individualidad y la diferenciación con los demás. Alcanza ma­yor nivel de independencia y autoestima, sintiéndose preparado para afrontar retos y responsabilidades tanto a nivel profesio­nal como personal o de relación con los demás.

Antes de poder lograr una identidad que le confiera continuidad y estabilidad, el joven pasa por distintas fases hasta ir definiéndo­se. Pruebas de sus ambivalencias son:

Afirmarse negando

Define lo que hace como aquello que sus padres no quieren que haga. La forma que encuentra para diferenciarse es hacer por oposición. Nada de lo que sus padres opi­nen o valoren le parecerá bien. Las decisio­nes que adopta el adolescente están basa­das en la negación de los anhelos de los padres más que en sus propios deseos posi­tivos. El joven pretende una total desvincu­lación de los padres, pero, paradójicamente, se trata de una dependencia negativa.

La fabulación

Para proteger lo que él cree su verdadera y vulnerable identidad, el adolescente mien­te e intenta engañar a los demás dando una imagen distorsionada de él mismo. No se siente seguro de lo que siente o piensa y se refugia en la fabulación de lo que desearía o cree que estaría bien ser.

Buscar ser original

En la formación de su identidad teme la banalidad y tiene una propensión a hacer de sí mismo alguien excepcional y único. Realiza actos inesperados e inhabituales des­de lo familiar; intenta encontrar creaciones propias y distintas a las conocidas por él. De lo visto hasta ahora podemos deducir la importancia del papel de los padres y edu­cadores en esta época, siendo necesario una responsable reflexión al respecto.

Reflexionando:

  1. ¿Cuáles creemos que son los cambios fundamentales a nivel psíquico que se producen en la adolescencia?
  2. ¿Qué dificultades creemos que se generan en los ado­lescentes a la hora de su individuación?
  3. ¿Qué conductas de nuestros hijos adolescentes nos re­sultan más difíciles de entender y por qué?
  4. ¿Qué conductas consideramos normales de la adoles­cencia y cuáles no?
  5. ¿Qué entendemos por adquisición de una identidad?

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