La relación entre hermanos
«El hombre necesita sentirse amado y apoyado por sus iguales para estar seguro en este mundo tan amenazante. Tener una relación positiva y cercana con nuestros hermanos garantiza esta seguridad.»
Se suele decir «quererle como a un hermano» para representar el gran amor que sentimos por alguien. Sin embargo, la relación con nuestros hermanos reales no siempre es fácil. Tan significativas han sido las proezas realizadas por amor fraterno como las eternas rivalidades. Como padres tendremos que plantearnos cuáles pueden ser las razones que llevan a que unos hermanos se apoyen de forma incondicional mientras otros viven como enemigos.
El concepto «familia» abarca mucho más que un conjunto de personas que viven juntas, se hace familia día a día fomentando el amor y apoyo entre todos sus miembros y es responsabilidad nuestra asentar las bases para que nuestros hijos sepan convivir y compartir con sus hermanos tanto las alegrías como los problemas.
La llegada de un hermano
La llegada de un nuevo hijo supone un reajuste familiar para todos sus miembros. El recién llegado va a necesitar en un primer momento de mayor atención por parte de los padres. Las reacciones de los mayores pueden ser variadas. Generalmente, junto con la muestra de interés por el bebé se producen indicios de inquietud y cambios emocionales, principalmente en el benjamín, como por ejemplo:
— Mostrarse más demandantes, incluso con travesuras o rabietas, para llamar la atención de los padres.
— Alteraciones del sueño y/o la alimentación.
— Regresiones a etapas más infantiles ya superadas.
— Pseudomadurez: mostrarse como más mayores y responsables de lo que les corresponde por edad.
El interés por el hermanito lo muestran de formas muy diversas:
— Se muestran muy cariñosos.
— Le observan con gran dedicación con el deseo de aprender sobre él y de poderse comunicar.
— Quieren sumarse a sus cuidados.
Esta ambivalencia en la relación con el recién llegado es normal. Tenemos que entender que en un mismo momento pueden convivir sentimientos opuestos. Por un lado, la llegada del bebé potencia la ternura, pero, a la vez, su presencia puede generar en sus hermanos, más habitualmente en el más pequeño, un sentimiento de malestar, por haberles desplazado de su sitio y/o acaparar la atención y los favores de sus padres y demás adultos.
Se alegran de tener un nuevo hermano y futuro compañero de juegos, pero a la vez temen que esto suponga perder ciertos privilegios.
Celos entre hermanos
Ante la llegada de un hermano, los celos, como dice el psicólogo infantil Dr. Winnicott, «son normales y sanos y derivan del hecho de que los niños aman; y los niños que han vivenciado los celos y han llegado a avenirse a éstos fueron enriquecidos por la experiencia».
El papel de los padres es fundamental en la superación de los celos y, por lo tanto, en la instauración de la relación entre hermanos. Veremos algunos criterios al respecto:
— Ante la llegada de un nuevo miembro, se va a producir un gran cambio en la familia. Es importante ayudarles a predecir lo que va a suceder, esto es, hablar de la ambivalencia y legitimarla como normal. Que sepan acerca de lo que ocurrirá no les evita malestar, pero se sentirán entendidos y no recriminados por llegar a tener sentimientos negativos hacia su hermano.
— Es fundamental que los padres se refieran al futuro bebé como un nuevo componente de la familia, apoyando el que se viva como una responsabilidad compartida, animando a que ayuden a su cuidado, así como potenciando los intereses que puedan llegar a compartir.
— Lo que la mamá dice del bebé influye en la naturaleza de la relación que se desarrolla entre los hermanos. Tratar al bebé como una persona con deseos, gustos e intenciones posibilita que el niño haga una construcción positiva de su hermano.
— Hemos de procurar minimizar los cambios en la atención de los hermanos, principalmente respetando que sigan teniendo un tiempo de exclusividad para ellos: juegos, paseos, etc.
No dramatizar y sí comprender las conductas desadaptadas que puedan desarrollar los niños en la primera etapa de encuentro.
Ante los celos:
— Hablar de ello sin culpabilizarlos y sin reprenderlos por el sentimiento.
— Facilitarles una forma de canalizar la tensión para que el malestar o el dolor no se convierta en agresión hacia el hermano, los padres y/o hacia ellos, practicando, por ejemplo, juegos de fuerte actividad motora.
El hecho de superar los celos es un doble logro:
— Al niño le ayuda en su desarrollo emocional.
— Apoya y fomenta una relación positiva entre hermanos
Todos iguales, todos distintos
Solemos preguntarnos cómo puede ser que los mismos padres, y educando de igual manera, consigan resultados tan diferentes en sus hijos.
Podemos pensar en la genética y su determinismo y/o también plantearnos que aunque queramos ser los mismos para cada hijo, posiblemente nuestra realidad no lo sea y, por tanto, tampoco nosotros. No es lo mismo ser padre primerizo y joven que cuando llega el tercero y te pilla a los cuarenta. Ni es lo mismo lo que inconscientemente podemos estar pidiendo a cada uno: al primogénito, al más pequeño, al niño o la niña Pueden ser diferenciaciones sutiles e incluso no voluntariamente planteadas, pero que unidas a sus propias vivencias psíquicas y su genética potencian el que cada hijo sea distinto, un ser autónomo, con su propio papel en la familia.
Una regla de oro en la educación consiste en descubrir para cada hijo concreto el rol o los roles cuya realización va a facilitar a su personalidad el mayor desarrollo posible y a procurarle las condiciones imprescindibles para esa realización.
Hay padres que se empeñan en negar la diferencia temiendo que los hijos vivencien en ésta un amor también distinto y que se vean como desfavorecidos. Un ejemplo de esto es cuando ante el cumpleaños de un hijo se regala algo al otro hermano o cuando se les compra siempre lo mismo; se dice: «para que no se peleen», «para que no haya diferencias», trasmitiendo de esta manera que tienen que andarse con cuidado con las diferencias porque denotan frustraciones y comparaciones en las que pueden verse perjudicados. La vida les dirá que las diferencias son inevitables; nosotros les podemos transmitir que además no son negativas, que si hoy saliste según parece, menos afortunado, en otro momento será al revés.
Transmitimos así que cada uno de nosotros somos distintos y tenemos necesidades, deseos, proyectos y capacidades distintas. Y que aprendiendo a compartir las diferencias podemos enriquecernos todos con todos, evitando las comparaciones, los celos y por tanto el malestar y el continuo sentimiento de frustración.
Peleas o cooperación
«Siempre se están peleando, pero no pueden estar el uno sin el otro.» La mayoría de los hermanos discuten y en ocasiones llegan a pelearse, a enfrentarse físicamente sin aparente inhibición. Esto suele constituir un problema para los padres, que se cuestionan cómo actuar en estos casos.
La convivencia produce tensiones y conflictos, pero éste no es el problema, sino la manera de resolverlos y de enseñar a nuestros hijos a hacerlo.
Los padres adoptan distintas posturas en relación con las disputas de los hijos:
— Los que opinan que deben aprender a enfrentarse y no recriminan las disputas.
— Los que se sitúan como jueces, buscando culpables y dictando sentencias.
— Los que reprimen la agresión con otra agresión.
Si hacemos un buen uso de la autoridad, las disputas deben ser limitadas, como cualquier otra conducta desadaptada de nuestros hijos, es decir, con firmeza y cariño.
Favorecen un ambiente sin peleas:
— La búsqueda del diálogo en la resolución de cualquier conflicto.
— Los ambientes familiares no agresivos.
— Evitar el uso continuado de castigos (crean mucha agresividad).
— Evitar las discusiones de pareja ante los hijos.
— Potenciar la cooperación entre los hermanos.
Los hermanos también influyen positivamente los unos sobre los otros, admirándose e identificándose entre ellos. Pasan muchas horas juntos y cuando una misma persona es objeto de amor y de disputa, se desarrolla una gran comprensión sobre el otro. Se unen ante los problemas y los enemigos con una gran capacidad de apoyo y empatía. Las satisfacciones compartidas en la infancia les unirán para siempre, sintiéndose cómplices de un mismo pasado.
Los hermanos adultos que han fomentado el seguir una estrecha relación tras irse de la casa paterna se sirven de apoyo ante las posibles dificultades, tanto familiares como personales, sintiendo que siempre pueden contar con el otro.
Construyendo familia
La familia, como hemos dicho, es mucho más que una serie de personas compartiendo un espacio y un tiempo. El hecho de llevar un parecido código genético tampoco es garantía de unidad. La familia la construimos día a día, primero la pareja, y posteriormente con la ayuda de los hijos.
Éstos suponen un esfuerzo que se ve recompensado con el logro de un espacio de amor, protección, apoyo y satisfacción.
En la manera en que nos preocupemos y ocupemos de conseguir una mayor y mejor unidad familiar, así se verá reflejada nuestra labor.
¡Merece la pena!

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