La autoridad en la familia

La autoridad y la disciplina con los hijos es uno de los problemas que más preocupan hoy en día a los padres. Se procura evitar modelos de disciplina anteriores, el mando con el palo, y la visión de los padres como jefes. Por suerte, cada vez se oyen menos frases como: Aquí man­do yo o Esto es así porque lo digo yo, que soy tu padre. Este tipo de disci­plina producía en los hijos una ima­gen muy autoritaria de sus padres, ya que había que obedecerles por temor al castigo.

Muchos padres, por miedo a re­petir este modelo, se sienten impo­tentes frente a la educación de sus hijos, y esperan que sea la escuela la que se ocupe de este menester. Pero la escuela no es suficiente.

Autoridad versus autoritarismo

La palabra autoridad ha sido muy rechazada por asociarla men­talmente a la palabra autoritarismo.

Este error es comprensible si te­nemos en cuenta que en décadas anteriores era difícil encontrar una autoridad que no ejerciera autori­tarismo.

Por autoridad se entiende el po­der que tiene una persona sobre otra subordinada, y digamos la acepción peyorativa que popular­mente se da a la palabra subordina­do, que pasa a ser, erróneamente, sinónimo de sometido. Una persona subordinada es una persona depen­diente de otra, como los hijos son dependientes de los padres.

El autoritarismo es una forma de ejercer la autoridad, basada en la su­misión y en la imposición arbitraria, es decir, dependiente sólo de los de­seos y necesidades de la persona que impera.Un padre que haga callar a los ni­ños en la mesa porque sólo pueden hablar los mayores mientras se come, sería un ejemplo de autorita­rismo. Un padre que manda a su hija a la cama porque es su hora, está haciendo uso correcto de la au­toridad.

No pretendo impartir una clase de semántica, pero me parece im­portante aclarar estos términos que afectan de forma directa a nuestras actuaciones.

Pero, ¿es necesaria la autoridad con los niños?

El objetivo de ser padres es el de conseguir que el pequeño crez­ca física, psíquica y socialmente sano. Cuando un crío llega al mun­do, lo hace sin información ni expe­riencia alguna del lugar al que va. Sería comparable a un extranjero que aterriza en un país totalmente desconocido para él y del que tiene que aprender todo para poder so­brevivir. El bebé, como el extranje­ro, necesitará de un guía que le vaya enseñando las formas de comporta­miento de ese mundo, sus costum­bres, sus hábitos, etc. Si dejásemos a ambos a su libre albedrío, se sen­tirían inseguros, atemorizados y, por sí solos, difícilmente podrían sobre­vivir. Un niño no tiene capacidad para valorar si un comportamiento determinado está bien o mal, por­que no ha tenido una experiencia anterior, y tampoco sabe las reper­cusiones de sus actos. También ig­nora cuál es su lugar, cuál es su sitio dentro de la familia. El investigará, y serán los padres por medio del ejercicio de la autoridad y la puesta de límites quienes le irán precisan­do su lugar en cada momento.

Los límites y la autoridad no sólo no cohíben y reprimen el crecimien­to de un niño, sino que lo ayudan. Para que pueda conseguir la seguri­dad básica que necesita para alcan­zar su autonomía, precisa sentirse contenido y protegido. De esta for­ma irá aprendiendo todo aquello que necesita para manejarse cada vez más independientemente. Si tu­viesen que decidir ellos sobre lo que está bien o mal y sobre dónde estar en cada momento, adoptarían una actitud indolente sintiéndose inse­guros y desprotegidos.

En décadas pasadas se hablaba de la educación en libertad y se practi­caba como modelo el laisser faire (dejar hacer); como resultado: cria­turas tiránicas, problemas escolares, inadaptación social…

Cuando tienen esta clase de po­der, se asustan e intentan dominar todas las situaciones. El error está en entender libertad como falta de autoridad. Una persona se siente li­bre cuando es capaz de protegerse y de cuidarse por sí sola y, para ello, debe aprender cómo hacerlo; sólo podrá conseguirlo si reconoce la au­toridad en quien sabe y tiene expe­riencia.

Las normas y límites les ayudan a sentir el mundo como más seguro y predecible, sabiendo que hay al­guien que les va a proteger de los errores y peligros. No podemos preguntar a un niño de cinco años si hoy quiere comer o no, o si quiere ir a la cama o prefie­re quedarse viendo la tele. El no sabe todavía qué es lo que le con­viene y no podrá elegir sin miedo a hacerlo mal. Los niños nos piden lí­mites a gritos. Cuando se enrabietan porque no quieren ir a la cama es­tán probándonos, nos echan un pul­so, con el cual confirman quién tie­ne la autoridad y comprueban cuál es su lugar. Si dejamos que nos ga­nen la partida les llenaremos de so­breexigencias; les estamos pidiendo que actúen por encima de sus posi­bilidades —Si yo soy el jefe…  ¿quién me defenderá de los monstruos?—.

Los niños irán tomando responsabi­lidades a medida que vayan crecien­do, de forma gradual.

¿Por qué cuesta tanto ejercer la autoridad en casa?

De una de las causas ya ha­blé antes: la dificultad de encontrar un modelo actual al rechazar mode­los arcaicos. Por temor a fallar, no se actúa, no se ejerce la autoridad y se traspasa el control a los hijos, con el ya comentado perjuicio para el chaval.

Otra causa es el ritmo de vida ac­tual. Cada vez es más habitual que los padres trabajen fuera de casa. Son padres a los que se exige que sean buenos profesionales y buenos padres. Hombres y mujeres que al llegar a casa se sienten culpables por no pasar más tiempo con sus hijos y a partir de ese sentimiento de culpa reprimen toda autoridad: Para el tiempo que paso con él no voy a po­nerme a malas. Poner un límite a un niño no es ponerse a malas con él, si se hace adecuadamente. Es una for­ma de acercamiento y de estrecha­miento del vínculo y él lo vive como apoyo, cuidado y atención, aunque en un primer momento resulte mo­lesto.

¿Cómo poner un límite?

Hay una serie de criterios que conviene tener en cuenta a la hora de poner un límite

Firmeza y afecto

Un límite debe ponerse con fir­meza pero con afecto; una cosa no está reñida con la otra. Mostrarnos enfadados o serios no significa en modo alguno que haya­mos dejado de quererle, y esto hay que recordárselo.

No hay que repetirlo muchas veces

Cuando repetimos muchas veces una cosa, conseguimos:

— Que nuestra palabra pierda autoridad; la próxima vez sabrá que sólo a la trigésima vez debe obede­cer.

— Que nos dé tiempo a irnos cargando, con lo cual posiblemente termine obedeciendo después de un chillido nuestro o de un azote, lo que producirá malestar en ambas partes. Lo habremos hecho con de­masiada firmeza y poco afecto.

Al poner un límite a un niño, no se puede estar haciendo otra cosa al mismo tiempo, hay que dejar lo que tengamos entre manos para dedicar­le nuestra atención con los cinco sentidos.

Si le decimos iVete a la cama! des­de la cocina o mientras leemos el periódico, es muy posible que nos haga bastante menos caso que si nos dirigimos a él directamente. Se lo diremos una primera vez con firme­za. Se lo diremos una segunda vez por si la primera no lo oyó o pensó que iba en broma. Si tampoco esta vez nos hace caso, es el momento de actuar, llevándolo nosotros a la cama o reprendiéndole por su deso­bediencia. Con tres veces que se lo hemos dicho no nos ha dado tiem­po a encolerizarnos y podremos ser firmes sin agresión, pudiendo inclu­so aprovechar para recordarle que cada vez que se porte mal se le regañará, y esto es importante para nosotros. Una vez que aprende esta forma de actuar, en otras ocasiones no es­perará tan siquiera a la tercera vez.

Si estamos acostumbrados a que nuestros hijos nos obedezcan a la trigésima, es difícil pensar que se puede hacer con tres veces, pero es sólo cuestión de entrenamiento. Con el precedente de las mil repe­ticiones, costará más que cambie, pero es sólo cuestión de atención y tiempo; siempre hay tiempo para re­parar.

Paciencia

Nuestros hijos nos echarán pulsos continuos. Cuando parecía que ya tenía puesto un límite, intentará vol­ver a romperlo, y para aguantar necesitaremos paciencia y entender que en los niños el no (no quiero, no voy…), es un intento sano de auto­nomía. Luchan por su autonomía y tendremos que ir dándosela poco a poco. Si desde pequeño ha tenido bien puestos los límites, estos pulsos serán cada vez menos intensos.

A tiempo

Un límite hay que ponerlo a tiempo, en el momento en que ha cometido un error o se ha saltado una regla. Después es mejor ya no actuar ni decirle nada.

Prolongar su ansiedad con el con­sabido ya verás en casa…, o ya verás cuando venga tu padre, no le ayuda en nada; no por ello aprenderá me­jor.

Tampoco se debe reprender una conducta si no se ha estado presen­te y no se sabe con plena certeza qué ha ocurrido, porque el niño nos verá como injustos. En ocasiones no le ponemos un límite que está necesi­tando por estar en un sitio público y temer el ridículo y el escándalo. Con esto, lo que conseguimos es que repita las conductas desadapta­das en público donde sabe que no va a ser reprendido.

No ser arbitrario

Para que un límite no sea arbitra­rio, hay que valorar las necesidades del niño.

Él tiene que saber que hay un tipo de conductas que sus padres no aprueban. Si estos padres unas ve­ces le reprenden por sus travesuras y otras se las festejan, el niño no es­tará seguro sobre qué hacer en las situaciones tentadoras. El que sea un límite firme no sig­nifica que en un momento dado no pueda ser flexible, si vemos que la ocasión lo merece, pero dejando claro que se trata de una situación especial.

Se reprende la conducta, no al niño No se le debe tratar nunca de una forma negativa; reprendemos su comportamiento, no a él. Tu com­portamiento es malo, no tú. Si se le censura su carácter, su for­ma de ser, terminará sintiéndose así, y comportándose de la manera que le describimos.

Todos los adjetivos negativos ha­cia los niños deben ser desechados. Nunca debemos decir: eres malo, eres torpe, no vales para nada. Uti­lizando estas sentencias crueles, que tienen el fin de impactarles, como ya no te quiero, les angustia­remos, les confundiremos y además les estaremos mintiendo. Para al­gunos padres, la forma de castigar a los niños es humillándoles, po­niéndoles en ridículo delante de al­guien, los tíos o los abuelos…: mí­rale, qué cara pone…, qué tonto es…, esto les bajará la autoestima y ten­drán miedo, en futuras ocasiones, a hacer algo en público.

No entrar en paridad

Es frecuente oír en padres jóve­nes que ellos desean ser los amigos de sus hijos. No hay que engañarse, un padre nunca podrá ser amigo de su hijo como lo es del compañero del cole, no están a la par, no son colegas, aunque lleguen a tener mu­cha confianza.

El padre y el hijo no están en el mismo sitio; el padre tiene la auto­ridad y la responsabilidad de su edu­cación y el hijo debe sentirle como a alguien fuerte, protector, que le ayudará en los momentos difíciles. Si hay que tomar una decisión, la opinión de padres e hijos no tienen el mismo peso, aunque se tengan to­das en cuenta. Si nuestro hijo entiende que am­bos están en un mismo lugar, no ad­mitirá en otro momento nuestra au­toridad; al fin y al cabo, pensará: ¿quién eres tú para mandarme?

No dar dobles mensajes

Los niños no seguirán las reglas si sospechan ambivalencia en los pa­dres. Justo se refleja cuando les da­mos dobles mensajes. Por ejemplo:

Pedro tiene 14 años, le han pues­to hora de llegada a casa, pero a él le parece pronto y por ello suele re­trasarse. Cuando lo hace, su padre le reprende, aunque sin mucha con­vicción; de hecho, a veces bromea en la mesa sobre su juventud y cómo él se saltaba esa regla con el abue­lo. El padre de Pedro no tiene claro este límite; piensa que tiene que po­nerlo, pero no sabe si debe ser así, y lanza a sus hijos dobles mensajes. Tomemos la postura que tomemos, lo que hay que evitar es darles do­bles mensajes, porque esto nos de­sautoriza y nuestros hijos dejarán de creer en nuestra palabra.

Estar de acuerdo la pareja

En muchas parejas ocurre que uno desautoriza al otro. Antes de poner un límite, hay que ponerse de acuerdo la pareja, porque de esta forma, no crearemos un caos en el chico, el cual intentará aliarse con uno de los padres (el que se mues­tre más condescendiente), desacre­ditando al otro.

Nada de chantajes

El chantaje se utiliza continua­mente para conseguir que nos obe­dezcan: Venga, Carlos, si te portas bien mañana mamá te compra un donut.

Con el chantaje, una vez más nos desautorizamos, consiguiendo que el niño sólo cumpla con las reglas cuando se le dé algo a cambio. No lo hará porque crea que tenga que hacerlo, ya que mamá o papá se lo mandan, sino que lo hará por la re­compensa. A un niño se le puede obsequiar simplemente como mues­tra de afecto, pero no como pago por algo que se supone que puede y debe hacer.

Sin amenazas

Hay padres que, ante los malos comportamientos, utilizan las ame­nazas. Las amenazas aumentan el tiem­po de angustia del niño, quien nun­ca tendrá claro cuándo se cumplirá la amenaza y cuándo no. Se preten­de meterle miedo y no se le ofrece la posibilidad de encontrar una con­ducta alternativa. Como general­mente las amenazas no se cumplen, con el tiempo acaban careciendo de significado.

Los castigos

Los castigos son muy utilizados y muy poco eficaces.

Cuando un niño tiene un mal comportamiento, necesita una re­prensión, pero también necesita que se le enseñe cuál es la conducta apropiada. El castigo y la autoridad no van unidos. Si ha ido adquirien­do límites desde pequeño, no nece­sita el castigo como forma de con­trol de su comportamiento. Se le pueden comunicar nuestros senti­mientos, nuestra valoración de su conducta, mediante el tono de voz, la expresión facial, el lenguaje cor­poral y cuantas palabras adecuadas utilicemos. Si no está acostumbrado a que nuestra palabra tenga autori­dad y peso, es cuando se hará más uso de los castigos. Se trata, sin duda, de la forma más utilizada de control, y lo que antes se aprende con ellos es a realizar la conducta castigada cuando la autoridad está ausente.

Si se lleva a cabo un castigo, nun­ca debe ser ni duro ni físico. Cada vez se pega menos a los niños, por­que cada vez hay más gente concien­ciada de que la agresión sólo gene­ra agresión, y en los niños pequeños, ansiedad, temor, inhibición y resen­timiento, que irán perturbando la relación padre-hijo. Un castigo tampoco debe aplicar­se con la comida. Los padres que castigan negando el postre, utilizán­dolo como chantaje, pueden provo­carle problemas respecto a la ali­mentación.

Otro tipo de castigo que debe ser rechazado es el del aislamiento. El típico: Vete a tu habitación. El niño lo vive como abandono, piensa que sus padres no aguantan su presencia y se siente malo, provocando situa­ciones muy tensas.

El trabajo como castigo, provoca­rá el rechazo del niño a cualquier labor, no encontrando placer en la realización de algo.Cuando por la situación en sí o nuestro ánimo no hayamos encon­trado otra alternativa al castigo, al ponerlo hay que tener en cuenta que sea posible cumplirlo sin hacer res­tricciones extremas. Si nunca se van a cumplir, llevan a la desconfianza de nuestra palabra: un mes sin salir. sin paga cuatro meses; castigos que nunca pensamos llevar a cabo, me­jor no ponerlos.

Conclusiones

El tema de la autoridad es arduo y difícil, en el que impera. como primer condicionante, cómo hayamos vivido nosotros nuestra propia autoridad.

Hay que tener también claro la necesidad de los límites en nuestros hijos, y después ser coherentes con ellos. Cuanto antes empecemos a edu­carle con firmeza y afecto, más fácil nos resultará en el futuro que res­ponda a nuestros criterios de actua­ción, no teniendo que hacer de esta forma uso de tácticas represivas que provoquen malestar en ambos.

Nunca es tarde para reparar erro­res, y nuestros hijos están dispues­tos a ayudarnos.

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