El papel de los padres

«Los padres no deben ceder al deseo de «construir» el niño que a ellos les gustaría tener, sino que deben ayudarle para que se desarrolle plenamente y llegue a ser lo que él quiera y pueda.»

B. Bettelheim

El rey de la casa

La llegada de un hijo, princi­palmente el primogénito, supone un acontecimiento vital en la vida de una persona: nos coloca en una nueva ca­tegoría familiar, pasamos de hijos a padres. nos realiza personalmente, nos gratifica de forma narcisista, un nuevo ser «gracias a nosotros» que además se nos parece

Actualmente muchas parejas posponen tener hijos hasta alcanzar una seguridad profesional, lo que hace sean  hijos muy esperados sobre los que ya se han proyectado expectativas: vienen precedidos de un sin-fin de fantasías acerca de cómo nos gustaría que fueran. Desde el mo­mento en que nace. incluso antes, todo gira alrededor de él: horario, es­pacios. conversaciones, miradas, etc.

Por mucho que antes hubiésemos imaginado su llegada, no se asemejaba a la eclosión que se produce: no es sólo que seamos tres, es que prácticamente sólo hay uno que cuenta en la familia.

En principio no molesta esta sobe­ranía; muy al contrario, todo nos pa­recerá poco, pero a medida que el niño crece, esta monarquía se irá convirtiendo en tiranía, y lo que antes realizabas con agrado y de forma vo­luntaria ahora se nos pide como obli­gación y con inmediatez.

¿Por qué será tan cotidiano el vi­venciar la relación padres-hijos como tiranos-tiranizados, víctimas y verdugos? ¿Quiénes son los explota­dores y quiénes los explotados?

Padres actuales. Hijos actuales

Hoy, que es el momento social en el que hay más información sobre la crianza de los hijos (libros, charlas, programas de televisión, etc.), es cuando los padres se encuentran más desorientados que nunca.

Antes existía la transmisión oral de los abuelos, los vecinos, los ami­gos, se iban transmitiendo los pro­blemas y la forma particular de re­solverlos. Ahora la familia vive de forma más nuclear (padre-madre-hi­jos), los abuelos no siempre están cerca y no siempre los rescatamos como verdaderos expertos por temor a no adecuarse a las últimas teorías vigentes. Ya no conocemos a los ve­cinos, cada uno vive de puertas aden­tro y los amigos no siempre están disponibles para esos «apurillos co­tidianos» que sin embargo pueden amargarnos la existencia (el niño que no come, las rabietas, la llegada tarde del adolescente…).

Padres actuales en busca de mo­delo: el aprendido en sus casas ya no sirve, «los tiempos han cambiado» y la información satura nuestra capaci­dad de entendimiento.

Los niños no han cambiado, son como fueron siempre y necesitan lo mismo, un apoyo para desarrollarse física, psíquica y socialmente. Hay que ofrecerles la seguridad bási­ca que les permita crecer, cubrir sus necesidades físicas y afectivas. Deci­mos: «los niños de ahora…», como si fuera una mutación genética la que los hace más demandantes, con peor predisposición a aceptar límites. Lo que ha cambiado es el mundo que los envuelve, esa sociedad que dicta a sus padres la forma de actuar como tales para obtener hijos de provecho, y a los hijos el modo de relacionarse con sus padres.

Padres autoritarios

Son padres de «ordeno y mando» que entienden la educación de los hijos como la dirección de una empresa o un regimiento.

Son cada vez menos los padres que siguen este modelo que marca una jerarquía y mantienen una distancia que predica que las cosas hay que ha­cerlas porque sí, porque las manda el padre y/o la madre que piden el res­peto como una obligación y no se plantean el respeto mutuo; que no es­cuchan porque suponen que siempre saben lo que se va a decir.

Este tipo de padres potencian, sin buscarlo conscientemente, la distancia emocional y física de sus hijos, los cuales posiblemente busquen padres sustitutivos en la calle.

Laissez-faire

Desde el rechazo a un modelo de educación autoritario, se produjo como reactivo el modelo «laissez­faire» o dejar hacer, cuya ideología consistía en entender a los niños como adultos con capacidad de ele­gir sobre todo lo que les concierne y sin mediar ningún tipo de autoridad ni límites.

Presentaba un erróneo entendi­miento de la libertad: «ya que a mí no me dejaban hacer nada, que mi hijo haga lo que le plazca; ya tendrá tiempo de sufrir».

En este tipo de afirmaciones se ol­vida que autoridad no es sinónimo de autoritarismo, y que tan limitado es «no dejar hacer nada» como «de­jar hacer todo». Para crecer sano un niño necesita unos límites que le pro­tejan, una limitación de espacio y tiempo que le permita crecer seguro e ir adquiriendo una seguridad bá­sica en sí mismo.

Hasta que adquieren una madu­rez física y psíquica, nosotros so­mos los encargados de indicarles lo que les puede venir bien o mal. Los niños nos piden límites a voces, ne­cesitan saber cuál es su lugar, hasta dónde pueden llegar; necesitan aprender a controlar su propia im­pulsividad y su emocionalidad to­davía inmadura.

Cuando un pequeño empieza a an­dar necesita que le limitemos el es­pacio por donde hacerlo para que no se dañe inútilmente y no tenga miedo a avanzar; cuando un adolescente empieza a descubrir el mundo exte­rior a la familia, necesita también esa limitación de espacio y tiempo para que, de igual modo, no se dañe inú­tilmente y salga con seguridad. Por supuesto, cuanto mayor sea el hijo, más en cuenta tendremos su opinión y más fácil será realizar tratos.

Durante una época se habló mucho del temor a traumatizar a los hijos, intentando evitar cualquier malestar o frustración, llegando a pensar que los límites podían traumatizarlos.

No dejar a los niños que realicen lo que les venga en gana no es trau­matizarlos; el límite tiene una razón de ser, no es arbitrario. El trauma se adquiere por impactos internos (por ejemplo, maltrato físico o psíquico) muy superiores al hecho de llevarles la contraria cuando no tienen razón.

El resultado de este «laissez-faire» es catastrófico: niños sin adquisición de su propia seguridad, inmaduros y por tanto demandantes y dependien­tes. Se pueden mostrar rebeldes, e in­cluso agresivos, como resultado de su miedo interno; pueden experi­mentar un sentimiento de abandono por parte de sus padres, pues al de­jarles hacer lo que quieran, parece como si les diera igual.

Padres invisibles

Como resultado de una socie­dad que basa la realización personal en una realización profesional, so­cial y económica, se repite cada vez más este modelo que podríamos de­nominar de padres invisibles. Padres muy volcados (por deseo o nece­sidad) en el trabajo fuera de casa. Llegan tarde y generalmente cansa­dos; el no dedicar más tiempo a sus hijos puede producirles culpa o an­siedad, en un intento de compensar esta ausencia. Dicha compensación muchas veces se transforma en algo material: regalo, dinero…, y en au­sencia de autoridad: «estoy tan poco con él que no voy a emplear ese tiempo riñéndole». En una palabra, ausencia de paternidad.

Cantidad y calidad son términos muy distintos, y el hecho de no po­der dedicarles mucho tiempo a los hijos no significa que no se pueda ha­cer nada. La autoridad no nos aleja de los ni­ños, sino que nos sitúa en el papel de protector.

La compensación con objetos les hará más demandantes de esos obje­tos cuando en realidad lo que desean y necesitan de nosotros son unos mi­nutos de juego, el escuchar un cuento o una charla donde nos expliquen sus inquietudes. El «no tengo tiempo» puede estar ocultando un «no sé cómo actuar de padre».

Cuando los dos padres trabajan prácticamente toda la jornada, es im­portante la existencia de una persona (cuidadora, familiar…) o un lugar (guardería, colegio…) que pueda sus­tituir a estos «padres invisibles» de una forma efectiva. Y no sólo durante la edad temprana, ya que, aunque pensemos que a partir de cierta edad (siete u ocho años) un chico puede quedarse solo sin peligro, no se trata de suplir un simple papel funcional, sino un acompañamiento físico y psí­quico. No hay edad para sentirse solo y desamparado, y la compañía de sus iguales o menores no suple esa necesidad de protección y apoyo.

La forma de educar a los hijos es fundamental en el desarrollo de éstos, por lo que resulta comprensi­ble que los padres intenten hacerlo lo mejor posible».

Ahora más que nunca los padres se sienten muy obligados a educar a sus hijos de una forma correcta, en una sociedad mucho más complicada que antes. Resulta normal que intenten buscar una orientación experta al res­peto. Es habitual ver padres prime­rizos leyendo todo tratado que caiga en  sus manos sobre la crianza de los hijos y sus vicisitudes.

Lo que se pretende al ofrecer ma­yor información es ganar en seguri­dad pero lo que puede producir una sobreinformación es confusión, an­siedad e inseguridad, en detrimento del sentido común.

Los tratados hablan de normas, re­glas, etapas, etc., generalizables a di­versos grupos. Por tanto no se pue­den ni se deben aplicar directamente a los casos concretos sin tener en cuenta sus diferencias personales y las del mundo que les rodea.

El conocer lo general ayuda a com­prender lo que puede estar pasando, pero como punto de partida de lo que cada caso concreto supone.

Solemos caer en el error de pensar que hay un solo método, una sola ma­nera de hacer bien las cosas, y el no seguirlo al pie de la letra supondrá un fracaso rotundo, por lo que nos afanamos en encontrar ese método infalible con el que educar a los hijos sin tener en cuenta que en las rela­ciones personales entran muchos más factores que en la más compleja ingeniería, y que el trato humano no obedece a ecuaciones cuantificables ni a una única razón. Cuanto más agobiados estemos con un problema (desobediencia, engaños, etc.), más necesitaremos encontrar esa regla mágica que nos dé la solución. Aunque en realidad no es una regla lo que pondrá remedio, sino un crite­rio específico para ese caso en con­creto, previo análisis de la situación no sólo del niño, sino de la familia.

Cuando buscamos soluciones ex­ternas (tratados, profesionales, etc.) ante una conducta problemática, pre­tendemos que nos den una valoración sobre «la normalidad» de nuestro hijo; sin embargo, cuando estamos satisfechos de él nos parecerá un mu­chacho extraordinario, especial, nada corriente e imposible de comparar.

Inmersos en una sociedad compe­titiva, hacemos uso y abuso de cate­gorías, escalas, niveles, etc., que ca­lifican al individuo con los más diversos indicadores. Es la era de los test. Como es lógico, en esta diná­mica los padres que se afanan en ser expertos se convierten en exhausti­vos observadores y examinadores de sus hijos, intentando captar cualquier anomalía que separe a su hijo de la regla, angustiándose cuando esto ocurra. El primer año del niño pasa a ser un examen para padres e hijo: «tiene tres meses, debería agarrar y no lo hace…», y se afanan porque lo haga y/o por compararlo con niños de su edad, sin el alivio de la com­prensión de que cada niño es distinto y, salvo retrasos evidentes, hay que esperar al proceso de cada uno.

Cuando un chico va mal en el co­legio es frecuente que se visite a un profesional para que haga una valo­ración de su capacidad intelectual. Si no existe ningún impedimento inte­lectual (como en la mayoría de las ocasiones), se verá el fracaso escolar como una desgana del niño hacia el estudio o como una rebeldía hacia los padres, antes de preguntarse por los factores emocionales que pueden estar inhibiendo esa capacidad. Es una forma de evitar pensar que la causa puede estar en la dinámica familiar y, por tanto, también en los padres.

Existe también el extremo de pa­dres culposos que, cada vez que le ocurre algo a su hijo, aunque se trate de conductas reafirmantes en su edad, piensan «qué estarán haciendo mal», autoexigiéndose ser padres prácticamente perfectos y consi­guiendo que dicha ansiedad los blo­quee para actuar de forma concreta.

Otro de los resultados de esta época competitiva y llena de información es que los padres intenten diseñar desde que el niño es muy pequeño su proyecto de futuro dotándole de los medios necesarios para que desarro­lle todas sus potencialidades (e in­cluso, desde el deseo, las que no tiene). Queremos números uno, triun­fadores; hay tanto miedo al fracaso social que proyectamos nuestras in­quietudes en nuestros hijos, pasando a ser una especie de entrenadores que suponen saber el camino más acer­tado que los llevará al éxito. Clases particulares, colegios especializados, entrenamientos… Convertimos a los niños en pequeños ejecutivos con el dietario muy apretado. Olvidamos que jugar, o simplemente estar con ellos es tan imprescindible para su cre­cimiento como su preparación acadé­mica, y debería ser suficiente con la impartida en la escuela si no buscára­mos hacer «súper-hombres». No hace más eficaz a la persona el haber ad­quirido más conocimientos, sino la capacidad de desarrollar lo aprendido, y para ello se necesita el desarrollo de la autoestima, la capacidad de respon­sabilidad, de comunicación y com­prensión con los otros, de actuar sa­biendo sus posibilidades, de reflexión sobre sus actuaciones, de frustración y de superación de conflictos.

Potenciar estas capacidades no es una cuestión de asistencia a clases ex­traescolares; es el resultado de una educación basada en el entendi­miento del niño desde sus necesida­des y desde sus intereses, fomentando la seguridad en él mismo y ayudán­dole a crecer de forma autónoma.

No hay padres perfectos

Como dice B. Bettelheim, los padres perfectos sólo existen en nuestra fantasía. Como mucho, exis­ten padres más o menos aceptables. Este afán por conseguir la perfección nos lleva a la inseguridad, y si la base del crecimiento de un niño es la se­guridad en sí mismo, la base de una paternidad aceptable es sentirse se­guro como padre.

Además de tener en cuenta los cri­terios básicos para la educación de sus hijos, los padres deben tener la flexibilidad suficiente para ir adap­tando sus procedimientos a los cam­bios que se vayan produciendo.

No podrán aplicarse criterios como recetas; los criterios son ins­trumentos de análisis de los que se parte para después adaptarlos a cada situación e hijo concreto. Debemos ayudar a los hijos a aprender a pensar por sí mismos y a resolver sus propios conflictos, así como a elegir sus intereses. Para ello es fundamental saber escucharlos y estar dispuestos a comprenderlos, lo que no es sinónimo de aprobación. No todo lo que el hijo plantee o de­see tenemos que verlo como ade­cuado.

Lo más difícil para un padre es ejercer su autoridad sirviendo de guía al hijo en su camino, y no en el que el padre considere más apro­piado. Cuando el progenitor desea que su hijo siga sus mismos pasos no se trata de un afán de control o de sentirse siempre superior; se basa en el deseo de estar más unido a él, sir­viéndole de apoyo. Sin embargo, cada persona necesita buscar su pro­pio camino, lo cual no significa que en ocasiones coincida con el que hu­biese elegido el padre.

Un buen inicio para emprender el camino de la paternidad es el del co­nocimiento de nosotros mismos para de esta forma estar atentos a lo que puede ser un intento de proyectarnos en ellos.

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