El rendimiento escolar y la familia

El rendimiento escolar es el resul­tado de la capacidad intelectual, la motivación hacia el estudio, el es­fuerzo y los medios adecuados para el aprendizaje.

A veces esperamos altos resulta­dos en los chicos sin valorar que no es sólo una cuestión de voluntad o no voluntad en alcanzarlos; y defini­mos como «vagos» a aquellos mu­chachos que no alcanzan la nota por nosotros esperada.

El niño que saca buenas puntua­ciones en el colegio recibe muchas gratificaciones: los padres se ale­gran y le refuerzan, los profesores le valoran su trabajo; por tanto, el fra­caso escolar en un chico capacitado debe de tener razones de peso que hacen que renuncie a lo gratificante de obtener un buen rendimiento, para pasar a ser motivo de disgusto general:

Habrá que ir más allá de lo con­creto de una puntuación para enten­der qué le puede estar pasando, por qué no está motivado a aprender o por qué le está costando tanto. Actualmente existe una hipervalo­ración del rendimiento escolar pro­movida por el temor a que no alcan­cen un «buen porvenir», entendido como grandes logros sociales, lo que supone competencia desde la más tierna infancia.

El aprendizaje pierde el sentido originario de aprender conocimien­tos, ideas, valores, que ayuden a la persona a crecer y madurar, y la ca­pacite en su adaptación a la sociedad, enriqueciendo su espíritu y facilitán­dole los medios para alcanzar una au­tonomía que le haga más libre y le aporte un bienestar que pueda a su vez repercutir en los otros.

Hay que aprender para obtener tí­tulos que nos posibiliten acceder a más títulos que a su vez nos faciliten una vida profesional que sólo teóri­camente hemos elegido y que nos fa­cilitará el ansiado porvenir basado en la capacidad de competir y de po­seer (dinero, poder, etc.). Se intenta transmitir a los niños una visión de futuro, de porvenir, sin tener en cuenta que para ellos el fu­turo no tiene demasiado sentido, no lo comprenden y no alcanzan a en­tender la preocupación desmesurada de sus padres, porque para ellos lo importante es el presente y lo que les acontece en ese momento.

Por otro lado, el niño no es sólo estudiante, y en ocasiones parece que esto se olvida y se les obliga a ser pe­queños ejecutivos de la enseñanza. Cumplen su horario escolar, y des­pués horas extraescolares de prepa­raciones específicas que considera­mos serán de gran interés para su futuro. Y cuando llegan a casa quizá tengan que realizar tareas para el día siguiente, lo cual apenas les deja tiempo para cenar y acostarse con el fin de estar descansados al día si­guiente, que será como el anterior.

Olvidamos que existen otras acti­vidades a través de las cuales los ni­ños se identifican, que les completan y pueden ser motivo de gratificación y autoestima para ellos. La actividad lúdica es de un valor inestimable para su crecimiento, le permite ma­nifestar sus temores, ilusiones, in­quietudes, etc., y le posibilita un ejercitamiento social y un progreso en la incorporación del funciona­miento autónomo, así como una forma de alcanzar placer y de liberar tensiones.

El rendimiento escolar puede ser motivo de grandes desavenencias entre padres e hijos, convirtiéndose en un muro entre ambos.

Es importante que los padres muestren interés por el aprendizaje de sus hijos, ya que esto repercutirá en el éxito escolar. Este interés no debe centrarse exclusivamente en sus calificaciones, convirtiéndose en un segundo examinador de su rendi­miento. Este papel es asumido gene­ralmente por el padre, que, sin tener en la mayoría de los casos toda la in­formación acerca del proceso de su hijo, valora su trabajo escolar basán­dose esencialmente en las notas de su boletín.

¿Cómo pueden apoyar los padres el éxito escolar? La base es una buena relación con los hijos y participar con ellos en cuestiones intelectuales:

Modelos de identificación

No olvidamos que, sobre todo en su pri­mera infancia, nosotros somos sus modelos, desea parecerse e imitar nuestros movimientos y actuación; lo que sienten es motivo de satisfac­ción para nosotros. Por tanto, la mejor forma de incul­car el deseo por el aprendizaje y los estudios será con nuestro ejemplo. No se trata de que, específica­mente, les tengan que ver estudiar, pero sí de mantener algún interés por la vida intelectual y un deseo de aprender.

Tampoco es necesario tener una preparación académica, porque no se trata de continuar la escuela en casa. Padres sin estudios, pero con una va­loración positiva hacia éstos, podrán transmitir de una forma muy sólida y vivencial lo beneficioso del aprendi­zaje y la preparación académica.

Motivarles en el placer de aprender y no tanto en la necesidad de sacar buenas notas

Hay niños que experimentan de forma muy negativa esta preocupa­ción de sus padres por el éxito esco­lar. En ocasiones pueden sentir que lo único que les interesa a sus proge­nitores es el rendimiento que son ca­paces de dar.

Esto puede hacer que odien los es­tudios porque parecen más importan­tes que ellos mismos como personas. Es un sentimiento parecido al que, como adultos, podemos experimen­tar cuando se nos valora por el tipo de trabajo que realizamos y no por lo que somos, cómo desarrollamos nuestra profesión, por el placer que nos proporciona, el esfuerzo que nos cuesta, etc.

De igual manera, el niño puede pensar que lo único importante es que se aplique en los estudios, pudiendo utilizar el fracaso escolar como indi­cador de que no está conforme en la forma de relación con sus padres.

Habrá que valorar el proceso: de dónde partió (capacidad, aprendi­zaje previo…), el momento concreto del niño (etapa evolutiva, posibles enfermedades…), las circunstancias familiares (nacimiento de un her­mano, tensiones en la pareja, etc.) y el esfuerzo que realizó para conse­guir lo que obtenga. De esta forma podremos hacer nuestra valoración personal más acorde con la realidad del niño.

— Hacer más hincapié en los pro­gresos que en los déficits

Evitaremos sentimientos de fra­caso e impotencia. La crítica constante puede llevar­los al convencimiento de que son in­capaces de alcanzar aquello que para sus padres es importante.

Tratar al niño desde lo que es, un ser individual y especial

Evitar las comparaciones con compañeros, y más aún con herma­nos, que puedan hacerles sentirse in­feriores y a la vez menos queridos. Hay que aprobar al niño por lo que es.

Escuchar las motivaciones, in­tereses e ilusiones del niño que pue­den reafirmarle y apoyar su identi­dad

Con frecuencia ideamos para nuestros hijos metas que hubiésemos deseado para nosotros o que consi­deramos que, dados nuestros conoci­mientos, son más beneficiosas para «su» porvenir.

Muchas veces por ser amados o deseados, los hijos responden a estas expectativas haciéndolas suyas a pe­sar de que no tengan un sincero de­seo ni quizá potencialidades adecua­das para llevarlo a cabo, sintiendo el fracaso no sólo por ellos mismos, sino por lo que suponga en la rela­ción con sus progenitores.

Muchos de estos movimientos son inconscientes, pero no por ello me­nos efectivos.

Es fundamental que los padres mantengan una buena relación con la escuela y sus profesores.

No sólo deben participar en lo que se les solicite, sino estar más o me­nos de acuerdo con su línea de ac­tuación. La crítica por parte de los padres hacia el colegio al que asisten sus hi­jos produce en ellos generalmente el mismo rechazo, lo cual puede, como confirmación de lo negativo del mis­mo, repercutir en sus estudios.

No hay que utilizar el trabajo escolar como motivo de castigo. 

(«vete a estudiar a tu habitación, cas­tigado»). Entenderá el estudio como algo penoso y perderá el placer por aprender.

Fracaso escolar

Clásicamente se distingue en­tre retraso y fracaso escolar. El fra­caso se entiende cuando el retraso perdura más de dos años, y para que esto no ocurra habrá que emprender, en cuanto se atisbe un retraso, alguna acción preventiva.

Puede ocurrir que tras un periodo de escolaridad satisfactorio se obser­ven conductas de fracaso. Esta infle­xión escolar suele ser reactiva, bien por dificultades familiares (padres enfermos, nacimiento de un her­mano, separación de los padres, etc.), bien por conflictos actuales del niño. Si podemos ayudarle a superar estas situaciones concretas, el rendimiento escolar mejorará porque está aso­ciado a su problemática reciente.

¿Pero qué ocurre cuando el fracaso es «permanente» y no parece haber «causa aparente»?

Por fracaso escolar entendemos la dificultad grave que experimenta un niño con un potencial intelectual nor­mal o alto para seguir un proceso es­colar de acuerdo con su edad.

Los niños nos pueden decir «que no quieren estudiar» por sentir que son incapaces de hacerlo, aunque esa incapacidad no constituya un impe­dimento real y sea consecuencia de otros motivos inconscientes como:

— Necesidad de desafiar a los pa­dres que parecen sólo interesados por su éxito escolar.

— Tras haber sufrido retraso y no haber conseguido superarlo por falta de acciones precisas, el niño teme la sensación de fracaso, y ello le pro­duce una inhibición: «ya no es que no llegue, es que no quiere».

— Problemas afectivos que le pro­duzcan una inhibición afectiva de la inteligencia.

Gasta tanta energía en otros pro­blemas que es incapaz de centrarse para aprender.

— Baja autoestima, lo cual le im­posibilita tener la seguridad en sí mismo, que le proporcionaría tran­quilidad para enfrentarse al colegio.

— Alto grado de exigencia, gene­ralmente interiorizado a partir de pa­dres muy autoritarios que obligan al niño a sentir que nunca es suficiente. La ansiedad de la sobreexigencia les bloquea. La mejor forma de ayudar­los es confiar en ellos, en que serán capaces de hacer un buen papel en la vida, y de esta forma conseguir que ganen confianza en sí mismos y en sus capacidades.

Se procurará que alcancen una alta autoestima y una seguridad básica que les anime a enfrentarse al proceso de crecer.

Fobia escolar

A. Johnson la definió como «niños que, por motivos irraciona­les, rehúsan ir al colegio y se resisten con reacciones muy vivas de ansie­dad o de pánico cuando se intenta obligarles a ello».

Es la negativa de ir a la escuela, porque la idea de tener que hacerlo produce una gran angustia al niño. Llora, suplica a los padres, se disculpa prometiendo ir otro día, etc. Si se les obliga a ir, en muchos niños produ­cirá dolencias somáticas: vómitos, dolores de cabeza (cefaleas, migra­ñas…), en un intento de decimos: «me pongo malo sólo por tener que ir». Cuando ya no se le enfrenta a ir al colegio, el niño se puede calmar lle­gando a buscar excusas razonables para su negativa: el profesor me tiene manía, los compañeros se meten con­migo, etc. Después, al faltar por ello, siente que va retrasado, dice tener miedo a no enterarse… En algunos casos, aunque no habi­tualmente, se pueden mostrar agresi­vos como respuesta al sentimiento de malestar.

No hay que confundir la fobia con lo que puede ser el primer encuentro del niño con la guardería, que puede mostrarse en un principio negativo ó reticente pero que es muy transitorio y generalmente dentro de la guarde­ría se ha olvidado de su malestar.

Los motivos suelen ser incons­cientes: uno muy habitual en el niño pequeño es perder el estrecho con­tacto con su madre. Esta circunstancia se agrava cuando sus hermanos menores aún permanecen en casa. La causa más frecuente es el de­seo de no crecer, de seguir siendo el pequeño de los padres, el no renun­ciar a su vida infantil y a sus satis­facciones.

Ir a la escuela supone aprender, y ello ayuda a crecer, posibilita la au­tonomía y el poder separarse de sus padres.

El niño que sufre fobia escolar suele ser muy dependiente. La ma­dre tiende a ejercer un papel muy so­breprotector, impidiendo involunta­riamente que el niño realice acciones autónomas. Tratada de modo adecuado, la fo­bia escolar tiene buen pronóstico. La imposición, lo único que hace es re­forzar el síntoma.

Es importante el trabajo del con­flicto en la familia. Es esencial que los padres con su conducta conven­zan al niño de que no necesita recu­rrir a métodos tan extremos para ase­gurarse su amor.

Deben entender nuestro deseo de que crezcan. Hay que empatizar con el niño y entender su sufrimiento. Cuando la angustia es alta, es con­veniente buscar el apoyo de un tra­bajo psicoterapéutico, no por lo con­creto del conflicto, sino abordando la dinámica familiar.

Fracaso escolar y adolescencia

Se da el hecho reiterado de que chicos que no han presentado mayores conflictos escolares, al lle­gar a la adolescencia, más concreta­mente al final de la enseñanza me­dia, sufren fracaso escolar, teniendo en muchos de los casos que repetir cursos y, en otros más graves, aban­donar la enseñanza académica.

Esto se suele achacar al hecho de que «está cambiando», sale mucho, muestra interés por otras cosas aparte del estudio…

Es cierto que la adolescencia en sí es una época de muchos cambios y dispersión de intereses. Pero ello no es motivo suficiente para que no pueda mantener un ritmo adecuado en sus estudios. Por tanto, cuando se produce el fracaso reiterado habrá que pensar en otras causas.

Un motivo importante es el hecho de que se aproximan a la elección profesional y a la sobreexigencia que se les infunde para obtener una buena puntuación que les permita elegir lo que será su carrera.

La vocación profesional ha per­dido su sentido; lo que antes podía ser una motivación para el esfuerzo que suponen unos estudios, un ilu­sionarse en lo que será después ejer­cer una profesión, ahora se ve me­diatizado por una nota de ingreso, precedida de un examen que en los últimos años está siendo un fantasma terrible: la selectividad, sin una justi­ficación aceptable y, sin embargo, de una gran trascendencia.

Todo ello, unido al monstruo del paro, hace difícil que los jóvenes eli­jan la carrera de una forma libre ba­sándose en sus intereses, aficiones o aptitudes.

Como consecuencia, muchos jó­venes sufren fracasos reiterados en los estudios universitarios, y cuando acaban son incapaces de adaptarse a la profesión, lo que convierte su tra­bajo en un mero mediador econó­mico y no en una vía de desarrollo personal y social.

Adquirir su propia Identidad

El aprendizaje es una de las formas de adquirir la propia identi­dad. Los padres tenemos un impor­tante papel en la configuración de la personalidad del niño, afirmando su independencia, empatizando con sus conflictos y desligando nuestras me­tas para que creen las suyas propias, ofreciéndoles nuestro apoyo para que las desarrollen con seguridad y con­fianza.

Tales metas no tienen por qué di­ferir tanto de las nuestras, ya que la finalidad esencial debe ser que con­sigan su propio bienestar.

«No busques maestros: no hay más que uno. Lo tienes dentro de ti y está en tu alma, o sea, en lo que con más exactitud te define. Es cuanto de  verdad has aprendido, tus recuerdos, tus lecturas; tu intensidad, lo que te forja y te acompaña, lo que aceptas o repudias, lo que te gusta y lo que rechazas. Tú eres tu perfeccionamiento y tu utopía. No intentes que alguien te marque el camino para llegar allí: será el resultado de tus propios tanteos, de tus errores, de tu tino y de tus tropiezos. No creas que por saber más eres más sabio, ni que el conocimiento verdadero se transmite como una donación, porque es producto de un esfuerzo en que no puedes ser sustituido…»

Antonio Gala

 

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