Clave para una crisis: volver la mirada a nuestro yo, recuperar la confianza

Estamos en un momento social muy duro con una seria crisis económica que afecta a un gran número de familias que han visto diezmada su situación personal, teniendo que cambiar radicalmente sus estilos de vida y teniéndose que adaptar a situaciones que jamás pensaron que tendrían que hacerlo, llevándoles en muchos casos a padecimientos de ansiedad y depresión.

Pero antecediendo a esta crisis social se ha producido una crisis aún más relevante de valores que ha supuesto un descrédito en la persona y en su capacidad de generarse bienestar.
Una sociedad que ha valorado el tener al ser, las posibilidades del futuro hipotecando el presente, la mirada a lo externo en detrimento de la reflexión interna. El consumir antes que vivenciar el sentir.
Esta desinternalización de la persona, está pérdida de la mirada interior conlleva la construcción de un psiquismo frágil, inseguro y muy dependiente de la mirada externa, de la mirada de los demás.  Y dependiente de los avatares externos.

Se dejó de preguntar a los jóvenes “¿qué es lo que quieres estudiar, a que te quieres dedicar?”,  para afirmarles de forma rotunda, “tu lo que tienes que hacer es…” Haciéndoles creer que realmente hay un camino que les llevará a la adaptación deseada y salirse de él supondrá fracaso. Para ese camino hacia el triunfo nada mejor que adquirir una gran preparación en capacidades cognitivas: carrera, idiomas, máster, prácticas etc. Años de estudio y preparación posponiendo su autonomía a estar súper preparados.

Actualmente tenemos los jóvenes mejor preparados de nuestra historia reciente, que no han alcanzado ni por asomo el supuesto éxito que tenían prometido, y que en muchos casos se muestran inseguros a la hora de decidir qué hacer con sus vidas, admitiendo trabajos en los que no se sienten reconocidos ni realizados, simplemente por el temor de salirse de un camino marcado (no por ellos) en el que se sienten seguros de tener «algo», olvidando si es que algún día los pensaron sus más ansiados deseos.

La falta de deseos mata la esencia de la persona. El deseo hace que nuestra vida tenga sentido que nos anime a asumir retos a intentar nuevos caminos a arriesgar.
Los deseos más empobrecidos son los que se concretan en algo material, ejemplo tener una casa, porque una vez alcanzado nos deja vacíos ya que la posesión es una satisfacción muy efímera, siempre habrá casas mejores. Es distinto desear tener un hogar porque el hogar se puede tener en cualquier casa pero supone ir construyendo un estado de bienestar emocional, y ese estado siempre se puede ir superando sin tener que empezar de nuevo.

Muchas personas han dejado de creer en nuestro poder de transformación, se dice habitualmente, nadie cambia, y con esta premisa falsa uno se siente desdichado e impotente, no puedo hacer nada para que mi situación cambie.

Ha llegado el momento de volver la mirada hacia nosotros mismos, la mirada a nuestro interior a lo que somos a lo que sentimos y a lo que deseamos. Una de las cosas que más sorprende a mis pacientes en sus primeras consultas es que todo el interés de las mismas se basé no tanto en lo que le ocurre externamente sino en cómo lo vivencia internamente. Nunca había hablado tanto de mi, refieren, se me hace raro pensar en mí, no he sabido nunca lo que deseó….
Sólo pensando en lo que somos, lo que tememos, lo que ansiamos, podemos construir una seguridad básica y una confianza propia que nos brinde la posibilidad de realizar aquellos cambios en nuestra vida más acordes a buscar nuestro bienestar interno, adquiriendo una imagen positiva de nosotros mismos.

El ser humano ha demostrado mil veces su capacidad de regeneración, su fuerza ante las adversidades.
Desde una perspectiva positiva, segura y fuerte de nosotros mismos, somos capaces de construir un presente en el que podamos sentirnos felices. Supone la aceptación de mi realidad y la mirada amable hacia mí mismo. Supone la construcción de deseos y la renuncia a ideales ajenos que son pura imagen, lo que los demás piensen de mí. Supone construir mi autonomía y mi madurez. Y una persona es madura cuando hace lo que cree que tiene que hacer sin pensar que pensaran aquellas personas significativas en vida. Podemos amar profundamente sin renunciar a construir nuestro propio proyecto. Si queremos un futuro más halagüeño eduquemos a nuestros hijos potenciando la confianza en ellos mismos, ayudándoles a descubrir sus propios deseos, fomentando una buena imagen de sí mismos, escuchando sus proyectos sin proyectarles los nuestros.

Volvamos la mirada a nuestro interior, recuperemos la confianza

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