La comunicación en la familia

“Quien no comprenda una mirada tampoco comprende una larga explicación”

 Proverbio árabe

 En una época donde los medios de comunicación proliferan y supuestamente acortan la distancia entre las personas, nos encontramos con que la “incomunicación” es un  mal que aqueja cada vez a mas individuos, sintiéndose aislados e incomprendidos. En el seno de la familia, principalmente, donde buscamos el refugio de tanta soledad, intentando  intentando recuperar aquella época dorada y mágica de nuestra infancia mas temprana, en la que mamá nos entendía sin palabras y nos facilitaba todo aquello que necesitábamos.

La familia actual ha ganado la batalla de la distancia padres-hijos (época de nuestros abuelos). Ahora queda por librar una nueva batalla no menos implicada en la armonía familiar, la del entendimiento: “No entiendo a mis hijos”, “ No entiendo a mis padres”, son frases gastadas de tanto uso.

La mala comunicación es una de las causas principales de los conflictos familiares, entre padres e hijos, en la pareja y entre hermanos.  Es paradójico que, a medida que los chicos adquieren mayor dominio del lenguaje, nos resulte mas difícil comunicarnos con ellos, lo cual demuestra que en el resultado de la comunicación no sólo entra en juego la habilidad con la palabra.

 Qué es la incomunicación

Antes de ver los factores que intervienen en la comunicación familiar, tendremos que ponernos de acuerdo sobre que entendemos por el término “comunicación”.

Por comunicación se entiende, básicamente, la transmisión de un mensaje por parte de un “emisor” a un “receptor” a través de un “canal”. Para que el mensaje llegue a su destino es preciso que emisor y receptor entiendan el mismo código, por rudimentario que sea; de otra forma no existiría comunicación. Todo lo que perturbe la transmisión de la información constituye  los “ruidos” de la información, pudiendo causar la ausencia de ésta.

Los seres humanos tenemos un sistema de transmisión privilegiado: el lenguaje, de gran riqueza comunicativa, imprescindible para nuestro desarrollo psíquico y, por tanto, responsable de nuestra humanización.

 Sin embargo, no es único. Existen otra formas comunicativas de gran importancia, y obviarlas supone un empobrecimiento en nuestra capacidad de entendimiento: la mímica, las miradas, la modulación, la voz, la expresión corporal, etc. Son medios nos verbales de comunicación. Estos medios extralingüísticos, cuando los utilizamos conscientemente, acompañando a la palabra, redundan en ella para facilitar su entendimiento.

Ocurre cuando no tenemos claramente determinado lo que en realidad queremos transmitir, palabra y gesto toman parte por mensajes distintos , produciendo un “doble mensaje” (mensaje latente versus mensaje manifiesto), siendo el gesto el que se hace cargo de nuestra información mas secreta y, por tanto, mas sincera con nuestro sentir. Podríamos decir, entonces, que la comunicación se divide en dos partes: La que realizamos de forma intencionada y la que se produce de forma inconsciente. Cuanto menos disociadas tengamos estas dos portes, mas coherentemente nos comunicaremos y, por tanto, nos haremos entender.

 En el infante que todavía no ha adquirido el lenguaje, la comunicación no verbal es su vehículo de entendimiento; madre e hijo adquieren una gran destreza en codificar y descodificar balbuceos, risas, llantos etc. A pesar de no tener capacidad para hablar, el bebé es ya sensible a la voz humana, pudiendo reconocerla y sirviéndole para calmarse cuando se trata de un familiar, especialmente la materna.

Preparando el camino

Antes de que nazca el niño, ya hablamos de él, acerca de cómo será, a quién se parecerá, su futuro nombre etc.  El bebé necesita un espacio para crecer y desarrollarse, y no tanto un espacio físico como un espacio psíquico, un lugar entre esos padres que le coloque en el lugar de hijo, un lugar que le asegure la protección y la seguridad para crecer, que le hable del deseo  de sus padres hacia él. La forma que tienen los padres de construir este espacio es precisamente hablando de él, de los que esperamos de él, de nuestras fantasías, miedos etc.

 Muchas veces estos mensajes producto de nuestros deseos terminan haciendo huella en el futuro de este niño, que como si de una profecía se tratara, autocumple para la satisfacción o desesperación de sus padres, y no tanto como producto de la magia como de la  escucha reiterada de los mensajes latentes de los padres acerca del lugar que le habían otorgado.

 El primer lenguaje

Desde que el niño nace, necesita que le hablemos; nuestras palabras les calmarán, principalmente las de la madre. Estas primeras palabras deben ir acompañadas de apoyos no verbales; nuestro gesto, nuestra mirada, el tono, el cuerpo, le ayudarán a entendernos y serán su medio de comunicarse con nosotros. De nada serviría que le intentásemos calmar con palabras si tuviéramos el cuerpo tenso al cogerlo; él captaría el mensaje de nerviosismo y no el de tranquilidad del significado de las palabras.

 Hablar con el bebé significa saber traducir y utilizar los signos que nos dirige; suele ser una tarea que la madre desempeña después de la observación y paciencia. Aprenderá a entender sus distintos llantos, su sonrisa, sus sonidos etc. Igual que la placenta le permitió su desarrollo biológico, lo que permite su desarrollo psíquico es el lenguaje de quien le rodea. Si un niño creciera sin personas que le hablaran , a pesar de que genéticamente esté preparado para hablar, nunca desarrollaría esta capacidad, lo que le convertiría en un pequeño “salvaje”  o en un retrasado.

 En cada actividad con el infante debemos hablarle; si mientras le damos de comer, por ejemplo, momento especialmente reconfortante, le hablamos con dulzura, encontrará en estas palabras el medio de recordar ese momento cuando se encuentre solo. Hablar con los mas pequeños es darles el medios de interiorizar y revivir las experiencias que le agradan, la palabra que le tranquiliza y le calma de su malestar y cuyo recuerdo le acompañará cuando vuelva a sentirse mal.

 La palabra le va a permitir aceptar la ausencia, ya que es el medio de nombrar una realidad y es la forma de hacerla presente, recordar que existe y que puede volver a estar a nuestro lado. Por consiguiente, el niño dirá su primer vocablo cuando sea capaz de diferenciarse de lo que le rodea y, por tanto, sentir la ausencia.

La madre le irá presentando el mundo que le rodea y a él mismo, nombrándole, cantándole… cada una de sus partes. Le damos los medios psicológicos para interiorizar sus primeras percepciones a medida que sus sentidos despiertan y se desarrollan. Le ayudamos a reconocer las señales peligrosas. Al gesto de recogerlo para que no se dañe le sustituirá la palabra “no”, con lo que descubre una nueva  función de la palabra: la de protegerle.  De esta forma podrá ir organizando sin riesgo el espacio que le rodea.

 Las primeras palabras globales que aparecen en el bebé, como “mamá”, expresan una infinidad de deseos o necesidades: “Tengo hambre”, “estoy cansado”, etc.  Es posible que el primer concepto que el niño adquiere con mas certeza y antes utiliza verbal y gestualmente es el de “no”, tal vez desde el impacto que tuvo en su entendimiento cuando se lo decían a él.

 Por tanto vemos que el proceso de aprendizaje está determinado por el interés del niño en relacionarse con aquellos que le rodean. Los miembros de la familia alimentan dicho proceso, emprendiendo interacciones, respondiendo y dando significado a sus balbuceos. En este primera etapa existe una gran diferencia entre lo que el niño es capaz de entender y lo que es capaz de decir. El niño entiende mas de lo que transmite.

Cuando ya habla (3-7)

 Solemos tener la sensación de que el niño derrepente habla, de que de una forma sorprendente, de un día para otro, ya es capaz de hacer sus propias frases; a pesar de que todavía no pronuncia bien, ya hace uso propio de la palabra. Es como si de golpe hubiesen despertado todas las palabras que antes había escuchado e interiorizado listas para intercambiar su información.

Cuando empieza a hablar necesita más que nunca que se le hable, que se le responda, que se le escuche para que no bloquee lo que es su nuevo descubrimiento. Aprenderá de nosotros a estructurar adecuadamente sus relatos, y a ello ayudará el que acompañemos la charla con dibujos, cuentos, canciones etc.  Sin miedo a repetirnos, ya que el niño necesita repetir para crecer , y repetir no significa necesariamente utilizar las mismas palabras.

A partir de ahora se lanza a la investigación, todo le interesa y lo curiosea, está poniendo la base del aprendizaje. Hace preguntas por todo, no siempre esperando respuesta; a veces es sólo un juego de intercambio de palabras. El lenguaje le sirve para poder expresarnos mas claramente sus sentimientos: está enfadado, o triste, o se aburre.

Todavía tiene dificultades con la comprensión y la representación de lo que habla. Sigue necesitando la ayuda de los signos, y es por esto que no tendría sentido que desde nuestra compresión adulta intentáramos transmitir términos abstractos o con significados trascendentales. Generalmente los padres se preguntan acerca de las cosas sobre las que se puede hablar a los niños y sobre cuáles no es apropiado hablar delante de ellos. Hay opiniones muy encontradas al respecto, desde los padres que consideran que es bueno para el pequeño estar cuanto antes al corriente de todo, hasta los que piensan que cuanto mas tarden en aprender, mejor para alargar ficticiamente su infancia.

 El niño nos suele dar la pauta de cómo necesita ir aprendiendo y, por tanto, de lo que necesita que le vayamos contando. Tiene muchas formas de darnos a entender su interés por distintos temas: la muerte, el sexo, el amor etx. No podemos olvidar que su capacidad de compresión es limitada yq ue nuestras explicaciones tienen que adecuarse a su forma de pensar y a su lenguaje. Suele ser de gran ayuda el que le preguntemos cómo lo entiende él para después poder corregir desde su relato lo oportuno.

 Darle mas información de la que se pueda procesar es crearle ansiedad al respecto sin necesidad. El niño no debería intervenir en lo que sean problemas de los padres en la medida en que no le afecten directamente. Deberían evitarse las discusiones de la pareja delante de los niños, por intrascendentes que nos parezcan a nosotros; ellos no las entenderán así y les llenará de inseguridad. Los pequeños son sensibles a la violencia verbal aunque no entiendan el significado de las palabras, y pueden llenarles de temores además de poder incorporar dicha forma de ataque.

 Cuando existe algún acontecimiento familiar en el que él esté involucrado, debemos explicárselo con tiempo para que pueda también acoger y adaptarse a la nueva situación: cambio de domicilio, separación de los padres, muerte de un familiar etc.

Es una época privilegiada para asentar el vínculo con el niño: compartir sentimientos, deseos, fantasías o miedos. Si en ella hemos conseguido un alto grado de confianza mutua, nuestro trabajo se verá recompensado cuando al crecer nuestro hijo, y con él los problemas, pueda encontrar un comunicador en nosotros. Muchas padres sienten pudor de hablar con los pequeños, se sienten ridículos contando o escuchando cuentos, este distanciamento supuestamente temporal esperando a que crezcan, después será insalvable.

Etapa escolar (7-12)

 A partir de ahora, el niño adquiere una nueva dimensión en su capacidad de pensar y en su utilización del lenguaje. Su compresión aumenta y es capaz de utilizar cada palabra con conocimiento de causa, pudiendo jugar con sus sentidos (chistes); puede centrarse en su pensamiento y fascinarse con juegos de lógica.

 Ahora, además del lenguaje verbal se puede valer del lenguaje escrito. El hábito por la lectura le permitirá poder pensar acerca de la forma de expresarse consiguiendo emplear formas mas complejas de expresión y descubriendo el lenguaje como un sistema de símbolos en sí mismo.

Su vida social  se desarrolla: escuela, barrio etc. Sus interlocutores serán distintos a los familiares, descubriendo nuevos sistemas de compresión (gestos, tonos, acentos dichos…) que le estimularán en la evolución de su lenguaje, aprendiendo a utilizar otras firas de hablar, de comportarse y de relacionarse. Les encanta contarnos sus hazañas y empiezan a demandarnos relatos acerca de la familia: historias de abuelos, cómo se conocieron sus papás, cómo era él de pequeño, etc. Es una forma de transitar del cuento de su infancia a historias de adultos. Un niño  que como norma permanezca callado en el ámbito familiar puede estar expresándonos un malestar; por tanto, habrá que escucharle a través de sus juegos, sus dibujos, etc.

 Empiezan a interesarse por los términos abstractos: justicia, amor, etc.  Parecen pequeños filósofos.  Ávido por aprender, nos preguntará por todo, y ya no se trata de un simple intercambio, quiere respuestas.

Recién instaurado su sentido de la justicia y la sinceridad, las reclamará para él. Sin embargo, puede estar tentado ahora que domina la palabra, de manipularla o transgredirla, mintiendo para evitar un castigo o para fanfarronear ante sus amigos. Es época de competencias y el niño que se siente inseguro de sí mismo puede encontrar en la mentira una forma de aliviar su tensión a la hora de mostrarse.  Generalmente, si se trata de episodios esporádicos, en la medida en que el niño tome confianza decaerá la conducta. Si en el ambiente familiar ha detectado esta mala utilización de la palabra es mas fácil que el niño la instaure. El mensaje latente que recibe de esta forma en casa es que la palabra no tiene peso y no tiene por qué significar y designar lo que aparentemente significa y designa.

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