El miedo infantil

«Tengo miedo es una llamada a la madre, cuya ternura consoladora le permite luchar contra la ansiedad de separación.»

Serge Lebovici

Todos los niños pasan por situa­ciones que les producen miedo. El miedo es una sensación afectiva ine­vitable que en su origen tiene como función que el hombre sea capaz de protegerse de los peligros que pue­den atentar contra su vida.

La ansiedad «normal» nos permi­te adaptarnos a situaciones anorma­les, como un examen, un viaje, etc. Nos hace tomar precauciones ne­cesarias con el fin de llevarlo a cabo en las mejores condiciones y tener una reacción rápida mediante los reflejos.

El miedo aparece ya en los lactan­tes y tanto los desencadenantes como la forma de reaccionar ante ellos irán variando evolutivamente. Si bien existen muchos objetos, per­sonas y situaciones que son o pue­den ser potencialmente productoras de miedo. Existen tipos de miedos específicos de cada etapa de de­sarrollo que generalmente van desa­pareciendo en el proceso evolutivo.

Los primeros, miedos innatos o lo que Anna Freud llamó terrores ar­caicos, son:

— A los ruidos repentinos.

— A la aparición de alguna per­sona extraña o desconocida.

— A cambios en su entorno in­mediato.

— A la ausencia de la madre o persona que le cuida.

— A la oscuridad.

Los miedos arcaicos no son pato­lógicos, desaparecen a medida que el pensamiento del niño se desarro­lla. En un adulto, en principio no existen estos miedos pero sí son reemplazados por otros general­mente más objetivos. En etapas posteriores los miedos se refieren a situaciones más espe­cíficas y son acordes a los diferentes procesos del aprendizaje del mun­do: miedo al colegio, al médico, a los animales… peligros más eviden­tes. Es después que pueden basarse en situaciones más intangibles: muerte propia y ajena, espíritus, monstruos.

El miedo frente a otras emociones

La sensación experimentada puede describirse como un desa gradable estado de tensión interior que se produce generalmente al percibir una amenaza real o imagi­naria y que va acompañada en mu­chas ocasiones de reacciones cor­porales:

— Paralización motriz.

— Intento de huida.

— Aceleración cardiaca.

— Palidez o enrojecimiento.

— Etcétera.

 Si la aparición del miedo ha sido súbita y por tanto se puede conside­rar que va acompañada de «susto», la intensidad de la emoción se ma­nifiesta además por síntomas com­plementarios a los anteriores:

— Diarreas.

— Vómitos.

— Desmayos.

El miedo como otras muchas emociones, principalmente en los niños, suele ir acompañado de llan­to.

El miedo es uno de los grados de la «anguGi.ia»: en momentos en los que el niño no tiene posibilidad de hacerle frente al miedo, por intensi­dad, inseguridad, etcétera, éste pue­de dar origen a la angustia.

En el miedo existe siempre la noción consciente de peligro, de ame­naza a la vida o la persona.

La «fobia» es el temor angustio­so que se experimenta en presencia de un objeto o de una situación que no tiene un carácter objetivamente peligroso. Temor de una intensidad desmesurada que incapacita a la persona incluso a pensar en dicha si­tuación u objeto.

El miedo y los miedos

Miedo al abandono

El primer instinto, el de conser­vación, despierta miedos masivos por la supervivencia. Miedo existencial en el bebé que se traduce en el llanto o el grito y que sólo la presencia de la madre con sus caricias, brazos, dulces pala­bras o nanas, calmará.

Durante los 2 primeros meses de vida es importante no dejarle lloran­do, todavía no le «malacostumbra­mos» por cogerle en brazos cuando irrumpe el llanto.

Poco a poco irá adquiriendo se­guridad y no necesitará nuestra casi constante presencia. La sensación de abandono va estrechamente ligada a la angustia vital. La alimenta­ción y la protección del pequeño es­tán sólo garantizadas cuando se ha­lle presente su cuidador, necesita la confirmación de que se está con él y que responde a cada necesidad que tiene tanto física como psíqui­ca. «Las caricias, alimento del espí­ritu».

Miedo a la separación

El niño en un primer momento no distingue entre caras conocidas y desconocidas. Esta facultad se de­sarrolla entre los 7-9 meses. Por eso es la etapa en la que se habla de miedo a los desconocidos (8 meses­Spitz) por el que todo niño pasa en su normal desarrollo psíquico. Acepta las caras conocidas y recha­za las desconocidas.

Su necesidad de seguridad, que hasta entonces podía ser satisfecha por distintas personas, se dirige cada vez más a personas determina­das. A causa del mayor contacto con los padres, su imagen se graba en el niño y su sola presencia le propor­ciona sentimiento de seguridad y su ausencia, malestar. Durante este pe­riodo es importante que el pequeño se sienta cerca de los «conocidos» y vaya con los «desconocidos» sólo si se siente tranquilo (observando su reacción), y nunca de una forma obligatoria; a medida que crezca y gane confianza básica, podrá ir sin­tiéndose también seguro sin la pre­sencia de mamá o papá porque ten­drá la convicción de que no le van a abandonar.

En cualquier edad del niño, los padres deben tener claro que más esencial que la separación en sí mis­ma es sobre todo la percepción que tenga de la misma. Serán más leves las consecuencias en la medida en que el niño no perciba la separación como abandono:

— Por lo que se dice al separar­se.

— Cómo se le dice.

— A veces ayuda la inclusión de un objeto transaccional (objeto fa­miliar que le acompaña en la sepa­ración, puede ser un muñeco o cual­quier otro objeto que él elija como compañero).

Si la separación es definitiva (por muerte, por ejemplo) es preciso ex­plicarle la verdad de la forma que pueda entenderlo. No se trata de es­conder lo ocurrido o disimular, ya que entonces el niño puede angus­tiarse más e interpretar la desapari­ción como un abandono. «El silen­cio trauma por lo que no se dice» (F. Doltó).

Junto al miedo al abandono está el miedo a «la oscuridad». Al no ver y estar en la oscuridad se puede sen­tir abandonado; en las primeras eta­pas es la vista el sentido fundamen­tal. No por ello habría que prender­les la luz porque igual que necesita la ausencia de luz para relajarse al sueño, necesita aprender que, aun­que desaparezcamos de la vista, estamos con él y apareceremos cuando nos necesite. Se irá acos­tumbrando gradualmente.

A los 3-5 años puede que reapa­rezca este tipo de miedo. El niño llama nuestra atención por la noche con temores a la oscuridad, a dor­mir solo, a posibles monstruos o bichos, pudiendo llegar a tener pesadillas que le despierten sobresal­tado. En esta etapa evolutiva («pe­tit adolescence»), el niño está ad­quiriendo su identidad, hasta ahora no se había planteado cuestiones como ¿quién soy?, ¿a quién me pa­rezco?

Se da cuenta de la distinción va­rón-mujer, niño-adulto, ante la pa­reja de sus padres se siente tercero excluido, descubre que él no es el único que merece la atención de mamá… el momento más evidente es la noche, ellos van a otra habita­ción y él se queda «solito» en la suya. ¿Será esto bueno?, se pregun­ta. v prueba, teme estar abandona­do y chequea de mil formas a los papás.

El llevarle a la cama de los padres sería confirmarle que su habitación es un sitio a temer y que sólo los pa­pás le pueden dar la seguridad que necesita. Les recreamos la insegu­ridad y el miedo al abandono. El es­tar solo pertenece a la independen­cia de un niño y debería por tanto ser aprendido paulatinamente por él.

Ante una pesadilla es preferible calmarle en su cama, que él sienta que es un lugar seguro, y que los monstruos sólo están en su imagina­ción. Las pesadillas pueden ser tam­bién la consecuencia de haber visto u oído relatos terroríficos, en el de­sarrollo del niño ya existen sus mie­dos particulares, no es saludable au­mentárseles.

Miedo a la guardería

Se produce cuando el niño no ha elaborado el miedo a la separación. Se siente inseguro y por lo tanto muv apegado a los padres.

A veces es el reflejo del miedo de sus progenitores a que vaya a la es­cuela y no pueda o sepa adaptarse; los pequeños tienen extraordinarios radares para detectar una sombra de duda en su capacidad de autono­mía.

Un miedo fuerte a la separación puede incapacitarle el aprendizaje, la exploración de lo nuevo; la des­preocupación con lo que puede abandonarse a su curiosidad, de­pende sobre todo de su sensación de seguridad, de la tranquilidad in­terior de sentirse protegido sin ne­cesitar el apoyo continuo de sus pa­dres.

Tanto la sobreprotección (ino ha­gas, cuidado!…) como la rigidez educativa (ino puedes, no debes!) li­mitan al niño el desarrollo de su personalidad.

La sobreprotección intenta evitar peligros al niño (intento imposible), pero es también una forma de man­tenerlo dependiente y pequeño (de­seo inconsciente de que no crezca). Si el niño es educado en la rigi­dez, en las prohibiciones constantes, imponiendo normas y orden por la fuerza, coartaremos la manifesta­ción de sus necesidades, deseos, ilu­siones, interiorizando culpas antes de arriesgarse a actuar, por miedo a estar infringiendo una de las nume­rosas prohibiciones.

Miedo al fracaso

Miedo que bloquea el rendimien­to intelectual, puede que su poten­cial sea alto pero su capacidad real se ve inhibida, suele deberse a sen­timiento de presión por parte de los padres en materias escolares:

— Padres que infunden a sus hi­jos sus deseos no realizados.

— Se les presiona hacia la per­fección como firma de valoración.

— El miedo reprimido de los pa­dres hacia el fracaso se transmite a los hijos.

— Hipervaloración de los logros intelectuales en detrimento de otros tipos de logros.

Suele acompañar al miedo al fra­caso:

— Miedo al castigo o rechazo.

— Conciencia rígida (idebes!).

— Miedo a disgustar a los pa­dres.

— Baja autoestima.

Miedo al rechazo

Muy unido con el sentimiento de autoestima, en la medida en que ésta sea precaria será mayor el mie­do al fracaso.

Las críticas de los padres muy descalificadoras que les desaprue­ban en su totalidad (eres tonto, inútil, vago…) les proporciona in­seguridad en su personalidad, te­miendo exponerse ante otras perso­nas tal cual son («no valgo, no soy capaz»).

Cuanto más se­gura e indepen­diente sea una persona menos te­mores tendrá. Si un niño se siente que­rido y aceptado tal cual es por sus padres, puede construir un sano sentimiento de au­toestima a partir del cual puede de­sarrollar su propia conciencia y sus conductas serán más conscientes y seguras.

Para ayudar a un niño a crear su pro­pia personalidad es preciso:

— Ayudarle a ser independiente. Animarle a tomar sus propias decisio­nes.

— Valorarle por lo que es: escuchar­le, respetar sus opi­niones.

— Considerarle en la toma de decisiones familiares, desde su lugar (que nunca será igual que el de sus padres).

Raíces del miedo

Predisposición al miedo 

Se hereda cierta vulnerabilidad al miedo, hay recién nacidos con dife­rencias en su irritabilidad, en su perturbabilidad y disposición a generar miedo. Parece también probado que el niño puede nacer con más predis­posición al miedo si durante el em­barazo la madre ha vivido intensas experiencias de ansiedad o angustia. Aunque es la influencia educativa la más decisiva a la hora de predispo­ner al miedo a las personas.

Miedos inducidos o traumáticos

Tras una experiencia aversiva, el niño asocia un estímulo con la sen­sación de malestar (el ejemplo más claro es el de las batas blancas, que pueden asustar al niño sin llevarlas un médico o ATS).

Después la generalización de miedos lo que hace es transferir di­cho estímulo a otros objetos o situa­ciones con las que pueden mantener una analogía, pudiéndose convertir en una «espiral» en la que no sólo se tiende a generalizar sino que ade­más el miedo puede ser cuantitati­vamente progresivo: el miedo no sólo produce miedo sino que puede producir más miedo.

Ante el nuevo estímulo cada vez responderá con un miedo superior. La sensación de amenaza se impo­ne de forma creciente en su progre­siva generalización hasta que llega a tener «miedo a casi todo», en­trando en este círculo vicioso o es­piral.

Gracias al poder de imaginar y fantasear del hombre, puede inclu­so asociar el miedo a la anticipación en nuestra mente del estímulo desa­gradable; se condiciona el peligro real a un simple pensamiento y bas­taría con imaginárselo para movili­zar un miedo inmenso.

Miedo por modelo o imitación

El niño se identifica no sólo con nuestros gustos o hábitos, también con nuestros miedos.

Los adultos, al mostrar física o verbalmente que siente miedo por ellos mismos o por lo que al niño le pase, le enseña a tenerlo, más que a protegerse del propio miedo. Son frecuentes los miedos fami­liares como parte de la herencia.

Miedo por inseguridad

Debido a una baja autoestima que le imposibilita confianza en sí mismo.

Motivado también por una educa­ción muy estricta que se basa en el castigo indiscriminado que pueda traducirse en un miedo a la autori­dad, que si bien en un primer mo­mento puede estar centrado en los padres después lo extenderá a todas aquellas personas que ostentan la autoridad: profesores, jefes, etc.

— Explicándole y demostrándole cómo puede vencerlo. Existen en la literatura infantil cuentos que ayu­dan a los niños a entender la forma de superar los miedos.

— Ante un miedo desmesurado consultar «sin miedo» con un profe­sional.

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