La mentira en los niños

Por mentira entendemos la falsi­ficación deliberada con intención de engañar, inducir a error.Es una falta reprochada, reprimi­da y en ocasiones puede constituir un delito.

Tanto padres como educadores ven primordial educar al niño en la franqueza y en la sinceridad. La mentira es una falta moral que re­percute en el intercambio armonio­so con los otros.

Sin embargo, lo que debiera ser un criterio claro (reprimir la false­dad en sus primeras manifestacio­nes) conlleva cierta ambigüedad desde el uso que hace de ella el adulto; por una parte la reprime y por otra la justifica e incluso la aprueba y alaba dependiendo de las justificaciones que dé para avalarla: «agradar a alguien», «evitar males mayores», etc. A los niños les transmitimos esta ambigüedad: «los niños siempre dicen la verdad», de­cimos muchas veces con tono que­joso tras habernos puesto en un apuro: «Ha dicho mi papá que le diga que no está.»

Los niños aprenden que la men­tira es una falta y a la vez descubren que hay mentiras permitidas e inclu­so elogiadas y descubren que pue­den ser armas: evita trabajos fasti­diosos, castigos, consigue agradar a otros, librarse de algunos, etcétera.

Existe en los niños un deseo im­perioso por la verdad, desde muy pequeños nos bombardean con pre­guntas de por qué con el afán de co­nocer con certeza la realidad de todo lo que les rodea. El adulto debe proporcionarle el concurso del pensamiento lógico y de la experiencia, para permitirle es­tablecer su conocimiento y asegu­rarle el poder de verificación de lo real.

En un primer momento la distin­ción entre lo verdadero y lo falso lo aprenderá a partir de las palabras de los adultos. La palabra de sus padres siempre es certeza.

¿Cuándo se  miente?

Para que exista una mentira tiene que haber:

— Conciencia de la verdad (ya que si no, sería una creencia equi­vocada y no una mentira).

— Capacidad de imaginación.

— Juicio moral.

— El lenguaje, su vehículo.

Estos elementos se van instauran­do en la infancia en distintas etapas.

Hay que añadir otro elemento im­portante, la intencionalidad. Todas las definiciones sobre la mentira coinciden en este punto, si no hu­biera intención, deseo de producir un efecto (beneficio o perjuicio) propio o ajeno, no se trataría de mentira sino de invención simple, ficción, fabulación. Cuando un niño creamos que miente es importante antes de repri­mir y reprender si se trata de una mentira realmente, la intencionali­dad, la causa, el porqué, etcétera.

«Es preferible que nos aliemos con la mentira como un síntoma de que algo pasa.»

Podemos decir que un niño tiene capacidad de mentir (cumplir estos requisitos) a partir de los 7 años, an­tes serán pseudomentiras.

El significado de la mentira

Se miente principalmente para solucionar un conflicto ocul­tando la propia personalidad. Se puede decir que es un intento de realizar un deseo sin tener en cuen­ta la realidad. Se tenderá por tanto más a la mentira cuanta más dificultad ten­gamos en admitir la realidad y sus circunstancias, y en admitirnos a no­sotros mismos tal como somos.

Lo que pareciera un acto reflejo, impulsivo, sin pensar, no deja de ser el resultado de un funcionamiento interno. No podemos atribuirlo a una sola causa, a una sola finalidad, en ocasiones éstas son tan extrañas que pueden llegar incluso a estar en contra de los intereses del autor.

La imaginación

Es la facultad de reproducir las imágenes de las cosas reales o ideales, no se trata de recordar re­produciendo imágenes ya conoci­das, sino que se pueden crear nue­vas situaciones.

En los primeros años del niño (antes de los 6 años) puede confun­dir la realidad con lo imaginario: el deseo tiene gran fuerza e imagina respuestas acordes a sus deseos. Si unimos la imaginación al lenguaje tenemos la fabulación o el arte de inventar y contar historias, tan re­queridas por los niños, con las cua­les les entretenemos, les enseñamos y les ayudamos a dormir. Ellos las utilizan en sus juegos en solitario, y con ellas ensayan en la imaginación situaciones difíciles, como la de ir al médico, por ejem­plo. No son propiamente mentiras, se trata de un producto espontáneo y original del pensamiento infantil de la función imaginativa con esca­sa intencionalidad de engañar.

Juicio de valor

Hasta que el niño no tiene 7 u 8 años no se dará cuenta de la ver­dadera naturaleza de la mentira ni del valor real que tiene engañar. No distinguirá entre una falta in­voluntaria y un acto intencional.

El pensamiento pasa por distintas etapas que va posibilitando al niño alcanzar su propio juicio de valor, mediatizado en un primer momen­to por el de sus padres.

Superado el estadio egocéntrico (en el cual el niño sólo tiene en cuenta sus deseos) admitirá a los otros y la mentira tomará un carác­ter antisocial.

Hacia los 10 o 12 años la concien­cia de la mentira se interioriza, ya no es bueno o malo lo que los pa­pás digan, sino que el niño aprende a hacer sus propios juicios, la regla se interioriza y es él el que hace su propia censura.

No hay ninguna sociedad, ningu­na moral que no esté de acuerdo con predicar la franqueza, la leal­tad… si no fuese así las relaciones entre las personas no serían posi­bles, existiría mucha inseguridad, dado que nada ni nadie merecería nuestra confianza. educarlos en la sinceridad desde lo verbal: dime la verdad, no hay que mentir; pero luego nuestras actitu­des no van acordes con estos dicta­dos y en una primera etapa los ni­ños aprenden mucho más de lo que ven que de lo que escuchan.

Si cuando «pillamos» al niño en falta le reímos la ocurrencia po­demos reforzar el que el niño mien­te para hacer más divertida una si­tuación. A diferencia de la mentira nor­mal, una vez descubierto en menti­ra es incapaz de desdecirse, seguirá con sus argumentos ficticios hasta el final.

Este tipo de mentira patológica no se da propiamente en los niños pero sí se gesta, por lo que es fun­damental estar atentos a este tipo de desequilibrios.

El adulto frente a la mentira infantil

Un niño normal, equilibrado, que viva también en un ambiente equilibrado y sano, no tiene razones para mentir y cuando lo hace es de forma pasajera en periodos general­mente de crisis.

Si la mentira es un continuo en el niño, se ha constituido en hábito, debemos planteárnoslo como algo más serio, como una llamada de atención de que algo más ocurre. La relación con él en la familia o en el exterior está perturbada y habrá que analizar dicha situación:

— Analizar el ambiente familiar, no sea la mentira de nuestro hijo, eco de la mezquindad que ve alre­dedor.

— Analizar la posible causa de la mentira y hacer hincapié en ella: ¿Qué ha pretendido con la mentira? ¿Será cierto que no le prestamos atención? ¿Ha sido una simple fa­bulación? ¿Se muestra agresivo?…

— Ante la mentira, reprender la conducta. No debemos hacerle ver que nos pareció gracioso o tratarlo con indiferencia; si queremos ser coherentes con una educación en valores, debemos darle mensajes claros y la mentira no puede ser aprobada en ningún caso (aunque haya mentiras más censurables que otras). Teniendo en cuenta además que no se reprende al niño sino a la conducta. Es fácil caer en dejar en ridículo al niño o en catalogarlo con etiquetas como «eres un mentiro­so»; el niño debe encontrar alterna­tivas a su actuación negativa y si nuestro mensaje es «tú eres un men­tiroso», difícilmente podrá salir de esta conducta: «miento porque soy así, nací mentiroso».

— Podemos llamar a algunas mentiras de defensa porque lo que pretenden con ellas es defenderse de alguna situación conflictiva, pueden mentir por el temor de ser castiga­dos (habría que valorar si en este caso el niño no está rodeado de ex­cesivas prohibiciones y restriccio­nes), pueden mentir para defender­se de su timidez o inseguridad ante un grupo nuevo.

— Mentiras nobles o altruistas cuya causa es la de defender a un amigo, evitar un sufrimiento, etcé­tera.

— Mentir para llamar la aten­ción: cuando los niños sienten que no se les presta toda la atención que desean pueden adoptar conductas negativas como una forma de con­seguir que los adultos los tengan en cuenta, aunque sea para reprender­les.

— Mentir con intenciones agresi­vas, como la calumnia o por vengan­za. por el gusto de engañar y dejar en falta al otro (este tipo de menti­ras es más preocupante, habla de un desajuste afectivo, por lo que habrá fue estar más atentos a ellas).

—  Mentira útil: para la propia utilidad, para obtener una ventaja o evitar una molestia. Este tipo de mentiras las ha podido ver frecuen­temente en los adultos («si llaman dí que no estoy») y hablan de una falta de compromiso con los otros y con lapropia realidad.

— Mentiras compensatorias: cuando los niños mienten en ocasio­nes para ganar la admiración de los adultos o de sus compañeros. Pueden deberse a sentimientos de superioridad, de subvaloración, encontrando la única vía de com­pensación de sus deficiencias en la mentira. Puede darse cuando se les educa con mucha sobreexigencia, valorando en exceso el éxito escolar, social, lo cual hace que el niño se mienta muy demandado al éxito para conseguir la aprobación familiar.

— Mentira patológica: es una mentira deliberada, sin ventaja apa­rente, suele ir acompañada de otras conductas desadaptadas como la de robar o huir.

Las causas son variadas depen­diendo del desequilibrio intelectual, físico o psíquico:

— Retraso intelectual.

— Psicosis-delirios imaginativos.

— Inmadurez afectiva.

—Mitomanía.

—Etcétera.

Podemos resumir que las razones principales por las que los niños mienten son: evitar un sufrimiento propio o ajeno, por timidez o inse­guridad, hacerse querer, parecer in­genioso, por agresividad, por culpa­bilidad —el niño tiene que mentir para defenderse de algún hecho del que se siente culpable—, por senti­miento de inferioridad, por imita­ción, por un deseo de poder de con­trol ficticio hacia los adultos o sus iguales. En casos más graves por al­gún tipo de patología.

Mitomania

Es el tipo de mentira patoló­gica más conocido. Se trata de una alteración de la personalidad en re­lación con los otros, que induce a la persona a la mentira, a inventar a cada instante. No pone distancia en­tre la fábula y él mismo. Se entrega por completo a la in­vención y en sus fábulas mezcla lo real y lo ficticio.

No puede vivir su vida real sin más, se ve abocado a inventar situa­ciones y a adquirir distintos papeles en cada momento. El objeto es cap­tar la atención de las personas de su alrededor, sin las cuales no tendría sentido su trabajo. Crea la fábula para los otros.

Animarle a decir la verdad, elogiarle el esfuerzo de confesar la mentira… en ocasiones los niños se meten en círculos viciosos que les impiden salir por ellos mismos: se les pilla en falta, se les reprende enérgicamente y se les quita la con­fianza «ya nunca más creeré en ti» y esta culpa hace que el niño para paliar nuestro enfado siga defen­diendo como verdad su mentira, por miedo a la pérdida de nuestro amor.

Esto último va unido a la im­portancia de no ser duro con la re­prensión; la mentira en los niños suele ser muy criticada por los adul­tos, como si se tratase de un agra­vio personal: «me toma por tonto», «cree que no me doy cuenta»… de una pérdida de nuestra autoestima «nosotros que los educamos y nos engañan»; lo que puede llevarnos a reprenderlos más por nuestro ma­lestar, que por la falta en sí. Utili­zando el manejo de la culpa y el chantaje emocional como forma de castigo: «yo que confiaba en ti…»; esto puede producir una distorsión en la relación con ellos.

Si no estamos convencidos de que nos miente será preferible no reprenderle, ya que si nos equivocamos es una falta a su confianza y en futuras ocasiones ante nuestra des­confianza, mentirá, que es lo espe­rado.

Educar en la sinceridad

Para ello es fundamental crear un ambiente donde la mentira no tenga cabida. En un ambiente donde las prohibiciones son excesi­vas, donde los errores «se pagan caro» incitaremos indirectamente a la mentira como forma de huir de los castigos.

Educar en la confianza, en la ad­misión de uno tal cual es, donde se pueda hablar de los errores, de las dificultades, contando con lo que se tiene realmente, admitiendo lo que falta aunque frustre, el niño apren­de a ser honesto primero con él mis­mo y después con los demás.

— Educarles en la verdad porque supone la postura más inteligente. Es adaptarse a la realidad con los recursos propios y sacar provecho de ellos, es educarles en el esfuerzo. Es el reconocimiento del error, que es la única vía de aprendizaje. Es educar en el espíritu crítico que les llevará a la veracidad de las cosas.

— Un ambiente donde el otro y la relación con él sea importante, donde se busque el afecto como ma­yor logro. Un afecto sin mentiras, un afecto maduro que favorece al compromiso.

— Aprender en la verdad y tam­bién saber reconocer el engaño en los otros, lo cual sirve de defensa de las manipulaciones.

— El mejor método educativo reside en nuestra propia conducta: si esperamos la verdad en él, debe ver que nosotros también somos sin­cero.

La verdad del adulto ante el niño

¿Debemos decirle todo?, ¿hay que revelar todas las verda­des?, (ser hijo adoptivo, problemas en la pareja, sexualidad, etc.).

No hay una respuesta absoluta, habría que valorar cada caso. Un criterio general sería el que no hay que ade­lantarse a la curiosidad del niño, sino ir detrás, ya que, si no, pode­mos bombardearle con información que no necesite, que no sea capaz de asimilar y que lo único que con­seguirá será llenarle de ansiedad.

Cuando nos pregunta, darle la información adecuada, clara, sin en­gaños (es preferible omitir que men­tir), acorde a su capacidad de pen­samiento, a su lenguaje.

El adulto ante las fabulaciones del niño

No son mentiras en sí en el niño pequeño, lo utiliza como jue­go, es el resultado de su pensamien­to egocéntrico y animista que fun­ciona por el principio del placer. No se trata de reprimirle la imagina­ción, ese sentimiento mágico, pero habrá que ir enseñándole a reservar dicha fantasía para el campo de los juegos.

A veces somos nosotros los que le llenamos de estas fábulas: «Si no co­mes viene el hombre del saco», «duérmete, que si no viene el mons­truo». El niño desde pequeño debe de aprender en sinceridad como única forma de relación social. Apren­diendo y preparándose para los pe­ligros reales, no para los imaginarios o fantasmagóricos.

La mentira en el adolescente

La adolescencia es etapa de grandes cambios, ya no es un niño, empieza a ser un adulto y busca de­sesperadamente su identidad.

Los padres y profesores que antes eran poseedores de la verdad pasan a ser objeto de crítica, se caen los ideales y necesitan competir con ellos, saber su sitio entre ellos.

Discuten valores, ideologías en una búsqueda de la suya, la verda­dera, predican la sinceridad, «decir las cosas claras», sin embargo, en esa lucha con lo establecido, con las normas de los padres, en ese deseo de proteger esa personalidad nueva, frágil e insegura, muchas veces se de­fenderá con la mentira. Critica la mentira aunque él la practique.

Necesita afirmarse, saber su fuer­za, romper con su identidad infantil, lo cual le lleva en ocasiones a trans­gredir la norma a desafiar. Se sien­ten incomprendidos y se miden con sus iguales en su lucha por los ami­gos, por la pandilla mentirán, en ellos lo más importante es ser leales con sus iguales.

Existe mucho temor al ridículo, no se sienten todavía dueños del nuevo cuerpo que ocupan, y como es muy importante la valoración ex­terna puede llevarles a la mentira y a la fabulación de historias intere­santes o provocativas, que cautiven la admiración de los otros.

Ocultan su ingenuidad y su inex­periencia y la mentira es su defensa.

Este periodo de ambivalencia, de confusión de crisis terminará cuan­do el joven consiga su propia iden­tidad, se produzca el duelo por su etapa infantil y adquieran la autono­mía suficiente para hacer su propio proyecto de vida, lo cual no signifi­ca que los padres y educadores no deban de estar alerta y reprendan la mentira en ellos.

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