Infancia y consumo
—«Mamá cómprame…»
—«Papá, ¿qué me has traído?»
—«Carlitos, si te portas bien, te compraremos…»
Muchas de las relaciones con nuestros hijos están mediadas por un tercero que se puede consumir (juguete, golosina, película de vídeo…) o lo que permita conseguir consumir (dinero).
Se ha convertido en un hábito e incluso símbolo de afecto el llevar algo cuando se va a casa de amigos, más aún si tienen niños, por lo que no es de extrañar una rabieta o una más discreta cara de frustración en algún pequeño cuando descubre que la visita no trajo nada.
Como padres solemos alegar que ya que nosotros no pudimos tener de todo de pequeños, deseamos que a ellos no les falte de nada. Pero para nuestro desaliento y como paradoja, si le preguntásemos a cualquier niño, sean sus padres del nivel económico que sean: ¿Qué te gustaría tener y no tienes?, serán capaces de enumerar una interminable lista de juguetes, vestuario, etc., que tiraría por tierra nuestro sentimiento de que a ellos no les falta.
—¿Les hace más felices poseer más?
—¿Somos culpables de su insaciable voracidad?
Si la felicidad es un estado de bienestar, tendríamos que preguntarnos que entendemos por bienestar. No se puede ser culpable de algo que no se controla y de lo que somos a su vez víctimas.
Estado de bienestar
Nuestra sociedad está dentro de un sistema capitalista cuyo objetivo principal es el de generar capital y para ello necesita un mercado en el que colocar sus productos, necesita seguidores incondicionales y convencidos de que el único medio de alcanzar el bienestar es el de conseguir un éxito social que se traduce en nivel económico, el cual nos posibilita unas comodidades sin las cuales nos sentiríamos frustrados, desalentados y con una pobre imagen de nosotros reflejada en el malévolo espejo de la sociedad de consumo.
— ¿Cómo puedo ser feliz sin un potente coche, una casa en propiedad, unos hijos vestidos con marcas…? Para conseguir todo esto trabajamos, trabajamos, trabajamos, nos dedicamos de lleno, competimos, luchamos y «vivimos para trabajar y trabajamos para comprar».
— ¿De qué nos sirve el potente coche si no tenemos tiempo para conducirlo?, ¿adónde nos llevará? ¿Y la casa, si no tenemos tiempo para disfrutarla? ¿Los hijos enmarcados si no tenemos tiempo para hablar con ellos, ni compartir sus ilusiones, proyectos, inquietudes…?
Cuando reflexiono sobre este tema siempre me viene a la mente un capítulo de El principito, en el cual el protagonista se encontraba con un mercader. Su producto eran «píldoras perfeccionadas que aplacan la sed». Las maravillosas píldoras según el mercader conseguían economizar gran tiempo, 53 minutos por semana. Este tiempo «extra» al principito lo que le evocaba era un relajado paseo hacia una fuente.
Nos han engañado y nos hemos dejado engañar. El trabajo y con él, el dinero que debería ser el medio para alcanzar nuestras metas, nuestros proyectos de vida, en suma bienestar (tiempo para amar, compartir, crear, disfrutar, gozar…) se ha convertido en el fin y en el único proyecto en sí. «Tanto tienes tanto vales». No estoy planteando un estilo de vida paupérrimo pero sí más igualitario, menos material, más efectivo, más sensitivo, más crítico, más solidario… en una palabra más humano.
El valorar el nivel de vida según el nivel económico y de consumo nos ha llevado a una sociedad que malgasta, que individualiza (si no se comparte se tiene más), que no mira medios para conseguir fines… «Cuando nos reunimos un grupo de amigos y sale este tema siempre nos llenan de contradicciones y sinsabores las nuevas medidas adoptadas para un mercado europeo. Seguro que muchos economistas nos las argumentarían y se sorprenderían de nuestra ingenuidad, pero seguimos sin entender por qué en España, por ejemplo, tenemos que pagar multas por producir más leche de lo estipulado y en el llamado tercer mundo (mejor sería llamarlo mundo olvidado) siguen muriéndose miles de niños de hambre. Permítannos que no lo entendamos.
Podría pensarse que es una reflexión fácil y distante de la realidad porque estamos tan metidos dentro de esta sociedad de consumo, que no seguirla sería igual a estar desadaptado o ser un bicho raro —se imagina una familia sin TV o sin coche…? Serían estadísticamente tachados de marginados (hay encuestas en las que para saber el nivel económico de una población se pregunta por la existencia o no de televisor en su casa, coche, modelo, etc.?
Si el progreso nos ayuda a viajar más rápido, a que el trabajo de casa sea menos pesado, a que los trabajos duros o peligrosos los hagan máquinas y no personas…, bienvenido, pero eso no tiene por qué llegar a convertirse en un círculo vicioso que nos atrape y nos convierta en puros objetos de consumo.
En seres insatisfechos que no llegan nunca a conseguir llenar el vacío de la falta, ya que cada vez son más los objetos expuestos para ser poseídos.
La infancia y la TV
La razón de centrar la reflexión del consumo en la infancia es debido a la constatación de que son los niños y los jóvenes los más manipulables para el consumo, su capacidad es inagotable. No sólo son ellos objeto de consumo sino que animan e influyen a que toda la familia lo sea. Son los más susceptibles a seguir los mandatos del apuntador del sistema imperante, la publicidad, cuyo canal principal de acercamiento es la televisión.
Cuando empiezo una escuela de padres, suelo caldear el tema invitando a los participantes a idear una escena que bajo el título de «Vida cotidiana» no tenga más patrones que la improvisación de una corta secuencia de lo que podría verse en una casa normal un día de diario. Los personajes en todas las escenas suelen ser los mismos: madre, padre, 2-3 hijos, abuela/o (no siempre) y la TV, personaje que nunca falla y que en muchas ocasiones es el que más voz y protagonismo tiene en la obra.
Desde esta experiencia de años sería un querer negar la realidad el no darle un papel protagonista en la vida cotidiana.
Pero, ¿cuál es la función de la TV?
Parece obvio que debería ser un transmisor de información, de formación y de divertimento.
Lolo Rico, en su libro TV fábrica de mentiras, hace un interesante y preciso análisis de lo que la tele influye y afecta a la infancia. La TV no es buena ni mala depende del uso (abuso) que se haga de ella. Aunque cada vez es más difícil encontrar el buen uso de la misma, basta con echar una ojeada a las programaciones de las cadenas. La programación muchas veces, parece estar ideada para cubrir los espacios entre bloques de publicidad, principal objetivo de la misma.
Estamos en la era de la imagen y los jóvenes actuales han crecido con la televisión. «Una imagen vale más que mil palabras» y la TV lo sabe, los publicistas más.
Funciones de la TV
¿Qué funciones le otorgamos a la TV con relación a nuestros hijos?
— Que el niño no come…
— Que está aburrido…
— Para que no moleste a los mayores…
— Se ha portado bien…
— Etcétera.
En una palabra, es una especie de tata, amiguito o incluso de papá o mamá que le entretiene, le cuenta cosas y le quita de hacer travesuras. Nada comparable con jugar con ellos o contarles un antiguo cuento.
La TV no pone afecto, no toca, no abraza, no sabe lo que más le gusta a cada niño concreto, qué le pasa si está triste o contento… En una sociedad tan competitiva la jornada se hace pesada y llegamos a casa cansados, derrotados con un único deseo, descansar; y no es extraño que esto motive más «ve a ver la TV» de lo que desearíamos.
Pero ¿qué ven los niños? ¿Cómo les influye?
La TV no cuida demasiado este aspecto. Si lo importante es conseguir más audiencia al coste que sea, se primará lo espectacular, lo llamativo, lo impactante, divulgando el sistema imperante:
— Compre, compre, compre… O con formas más sutiles:
— «Si quiere ser un triunfador como el protagonista de la serie necesita tener…»
Los más manipulables como dije antes son los jóvenes y niños que ven a la TV una realidad falseada que ellos viven como la única.
En programas infantiles y adultos prima la violencia (de malos y buenos), la competencia, culto al dinero, poco amor y mucho sexo.
Transmite una cultura de la imagen en la cual lo que importa es tener una buena imagen para ser visto y de esta forma ser aceptado («Sensación de vivir»).
Qué se hacía sin TV?
— Cuando uno se aburría, encontrar algo con lo que divertirse, que es una forma de desarrollar la creatividad.
— Jugar más.
— Las comidas eran puntos de encuentro en los que se ponían al día las novedades; ahora, entre mirada y mirada al telediario, se hace un rápido repaso.
— Dormir cuando entraba sueño, no dormirse en el sillón hasta el cierre de emisión.
— Los niños, eso sí, hacían más ruido en las casas. Los ha sustituido el ruido de fondo continuo de la pequeña pantalla.
— Etcétera.
La TV tenía y mantiene, en ocasiones, funciones muy positivas:
— Traer la noticia con imágenes.
— Mostrarnos en nuestras casas lugares lejanos, costumbres de otros países.
— Divulgar cultura (a veces brilla por su ausencia).
— Divertir, entretener.
El problema es que es demasiado centro familiar (se suele situar en el centro de la sala y todo en función de su ubicación), que se recurre a ella en exceso.
«Hoy hemos modificado la pequeña pantalla escuchándola como un oráculo y adorándola como una religión.» *
La publicidad y la infancia
Está comprobado que a los niños les encantan los anuncios: colorido, efectos mágicos, músicas… Mensajes rápidos que les van impactando y que terminan por aprenderse de memoria. La publicidad les embauca, les confunde y, de últimas les coarta la libertad de elegir aquello que realmente quieren. «Quieren esto o aquello no tanto porque les guste sino porque lo anuncian en TV y si lo anuncian en TV tiene que ser bueno». La publicidad ya no está sólo en los spots, también está en sus programas infantiles y el mensaje es clarísimo: consume.
Juegos competitivos en los cuales pueden ganar hasta dinero, no es participar, no es ganar, es llevarte algo.
«Todos los deseos tienen forma de moto, equipo de música, bicicleta, calculadora u ordenador (lo que para los mayores es el apartamento, el coche o el televisor).
Con la cercanía de la Navidad y el bombardeo de anuncios se puede comprobar si cumplen o no sus propias normas. Cuando se compre un juguete a un niño es básico pensar antes que es aquello más adecuado para su edad que fomente su crecimiento físico y psicológico e intentar apartar aquellos tan manipulados, por meros intereses económicos.
Decir no a un niño no es quererle menos, es más difícil pero a la larga le ayuda más. Si la publicidad funciona es porque nosotros la seguimos.
Alternativas
No podemos permitir que la TV nos sustituya en nuestra función paterna:
— Intentar que no vean demasiada TV solos. Si estamos con ellos viéndola, darles nuestra opinión a lo que vemos.
— Acortar el tiempo.
— Seleccionar programas.
— No tomar posturas consumistas, ellos aprenden de vernos.
— Si no podemos, por tiempo o ganas, jugar con ellos, buscar alternativas: clubes de naturaleza, pandilla, actividades en el colegio, etc.
— Darles puntos de referencia para vivir sus vidas , que hablen más allá de los parámetros externos.
— No limitamos a comprar lo que se anuncia.

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