Mi hijo está triste

«Siempre está aburrido»

«Se mete en su habitación y no sale bajo ningún concepto»

«No juega con otros niños» «Parece estar siempre triste»

¿Estamos ante un niño deprimi­do?

¿Existe la depresión en los niños?

Actualmente se admite el concep­to de depresión infantil, aunque de rara aparición clínica, al menos como la que se describe en el ser adulto. Lo más frecuente es que se pre­senten síntomas depresivos que no llegan a constituir síndromes o cua­dros generales. Desde este punto de vista cada vez son más numerosos los casos de­tectados: niños apáticos, faltos de interés, inapetentes, quejosos…

Sonrisas y lágrimas

El llanto de un niño es de lo más desconsolador para unos pa­dres, más aún cuando no sabemos su causa. Cuando es muy reiterativo, puede llegar a desesperarnos. Los bebés nos comunican lo que les pasa por medio del llanto, es prácticamente su única forma de ex­presarse. Después de unos meses sa­bemos distinguir sus llantos y qué hacer al respecto: hambre, dolor, cansancio, mimos

El llanto lo asociamos a la expre­sión más directa de la tristeza y, sin embargo, es expresión de otros sen­timientos. Hay tristeza sin llanto como hay alegría sin risas. Lo primero que expresamos al nacer es el llanto; las sonrisas tarda­rán algo más.

Al principio la sonri­sa se estimula y más parece una mueca que una expresión de alegría. Será pasado un tiempo que se con­vertirá en una respuesta de agrado hacia la otra persona, reconociéndo­la como a alguien gratificante.

El llanto y la risa surgen antes que los sentimientos de tristeza y ale­gría.

La tristeza es «normal» cuando es motivada por una situa­ción emocional dolorosa, general­mente relacionada con un senti­miento de pérdida de afecto, y tras un periodo de desánimo, abatimien­to, falta de vitalidad, etc.; se va res­tableciendo progresivamente el in­terés por uno mismo, por los otros, en una palabra, por la vida. El problema surge cuando nos desborda, nos invade la vida; perdu­ra en el tiempo y nos incapacita para seguir viviendo la cotidianidad. Esta tristeza sería la base de una depresión. En este caso uno no con­sigue controlarla, apaciguarla, nego­ciar con ella; tiraniza nuestras vidas y nos incapacita en el cuerpo como cualquier grave dolencia física.

El niño deprimido no nos lo cuen­ta igual que el adulto, no nos dice: «estoy mal, triste, no sé lo que me pasa»; pero lo notamos en su cara, sus formas, su estar: caras inexpre­sivas, gestos enlentecidos, ojos sin vida… Con la tristeza se siente malestar, falta de vitalidad; lo contrario ocurriría con la alegría. Sentimien­to intenso de bienestar que nos da vitalidad, nos sentimos más capaces, hasta nuestro cuerpo se encuentra y lo encontramos mejor.

Evolución de la tristeza

1.° Parece que la primera fuente de sufrimiento del niño de­viene del conocimiento de su indivi­dualización con respecto a su ma­dre. El bebé reconoce a su mamá como una persona total, la que le mima y le responde y también la que le hace esperar. No es él mismo, no depende sólo de su voluntad el te­nerla. Es lo que M. Klein llamó «posi­ción depresiva», corresponde con un doble movimiento de decepción y de mejor percepción hacia su in­dividualidad, su mundo interno y el mundo externo.

2.° Cuando el niño se hace cons­ciente del dolor (1-2 años), ya no es que llora, es que se hace observador de su propio malestar lo que añade al dolor la pena por sufrirlo. Es la consciencia de que existe el mal.

3.° La conciencia de que él pue­de hacer daño (2-4 años), supondría el inicio de la culpa y teme que por ello puedan abandonarle.

4.° A medida que el niño va ma­durando puede ir explicándose más cosas, y se da cuenta del paso del tiempo y siente la nostalgia; quiere crecer, quemar etapas, pero le da pena y siente dejar de ser pequeño, abandonar sus pequeños placeres: el chupete, la mantita…

Por ello, de forma natural puede tener pequeños regresos con los que nos sorprende: poner voces de más pequeñito, se chupa el dedo…

Este proceso de la tristeza es nor­mal y  sano, al niño le hace madurar y aproximarse a la realidad, constru­yendo su personalidad a partir de ir superando estos sufrimientos. La depresión es otra cosa.

triste en todos los momentos del día. Sentimiento de no ser querido. No necesariamente tiene que haber llanto.

Síntomas de la depresión infantil 

A)  Tristeza. Una tristeza que le invade; quizá no lo exprese verbalmente, pero se le capta. Está

B)  Apatía. Desánimo, falta de interés por las cosas, falta de ener­gía, falta de atención y concentra­ción, inhibición motora; como con­secuencia de esto le produce:

— Dificultades para jugar o cum­plir pequeñas tareas.

— Disminución del rendimiento escolar.

— Disminuye la relación con otros niños, se retrae.

— Se aburre de continuo, nada le satisface, da la impresión de que algo vital le falta y sólo eso le cal­maría. No hay que confundir este tipo de aburrimiento con el no ha­cer nada y poderse encontrar bien a pesar de ello.

— Tiende a permanecer muchas horas en la cama.

—    Abandono de su aspecto físi­co, dejadez, desgana en su higiene.

—    Tendencia a estar distraído, despistes continuos: pierde cosas, no se acuerda de las cosas, tiene rei­teradas caídas y accidentes.

C)  Autocrítica y desvalorización. «No puedo», «No valgo», «No sé».

Desde esa pérdida de fuerzas se desmotiva y esto le reafirma su sen­timiento de desvalorización. Pensamientos autocríticos negati­vos. Se siente feo, tonto, malo…

Puede también tener pensamien­tos de muerte, deseos de no seguir viviendo. No hay que confundir con fanta­sías de muerte, que puede tener un niño sano que se cuestiona ¿qué pa­saría si me muero o mueren mis pa­pás? Hay momentos evolutivos en que estos tipos de cuestionamientos son normales, sólo habría que to­marlos en serio cuando se produz­can de forma reiterada o en un con­texto claramente depresivo.

D)  Síntomas orgánicos.

Alteración del apetito: Gene­ralmente el trastorno es falta de apetito. Es menos frecuente en los niños que les produzca un aumento como puede ocurrir en los adultos deprimidos.

Alteración del sueño: dificul­tades para dormir, sueños que son pesadillas. El sueño deja de ser re­parador, no descansa, se levanta adormecido.

En los más pequeños suele ser fal­ta de sueño (insomnio) y en adoles­centes exceso de sueño (hipersom­nia).

Síntomas somáticos: los que se asocian con mayor frecuencia a la depresión infantil son: cefaleas, eneuresis, mareos, dolores de tri­pa…

— Síntomas hipocondriacos: se preocupa en exceso por pequeñas erosiones o heriditas que se hace.

Los otros síntomas de la depresión

Puede ocurrir que los niños deprimidos presenten síntomas que aparentemente se alejan de lo que sería el concepto que todos tenemos de depresión como algo que baja el tono vital.

Algunos de estos síntomas son:

— Inquietud y agitación conti­nuas sin finalidad alguna.

— Oposición y protesta conti­nuas, comportamientos de cólera y rabia.

— Manifestaciones agresivas.

— Irritabilidad continua.

— Robos, fugas…

Depresión según las edades

Hasta 2 años y medio

Spitz definió la «depresión anaclí­tica» observando bebés de 6 a 18 meses situados en un medio desfa­vorecido y después de una separa­ción materna repentina y brusca. Comprobó que esto les conducía a un estado de miseria próximo al ma­rasmo. Empezaban con lloriqueos, después retraimiento cayendo en la indiferencia, teniendo importantes dificultades para su desarrollo.

Bowlby a su vez estudió las con­secuencias de la separación mater­na entre 5 y 6 meses y los 2 años v medio a 3: protesta, desespero, y desvinculación; esto se producía en condiciones graves de carencias afectivas, cambios continuos de am­biente, no sustitución de la madre ausente, etcétera.

De 3 a 5-6 años

A esta edad las reacciones o sín­tomas depresivos serán:

— No incorpora hábitos de auto­nomía.

— Trastornos del sueño y ali­menticios.

— Demanda intensa de la aten­ción del adulto, aunque sea para el castigo.

— No juega con otros niños.

De 5-6 a 12-13 años

El niño ya dispone de medios más elaborados para expresar su males­tar:

— Manifiesta directamente el su- frimiento depresivo: autodesvalori­zación (no puedo, no soy capaz), sentimientos negativos hacia su fu­turo, pensamientos de soledad y muerte.

— Comportamientos vinculados a la protesta y a la lucha contra los sentimientos depresivos: cólera, im­pulsividad, mentiras, agresividad, etcétera.

— Fracaso escolar.

Adolescentes

Suele estar vinculada al senti­miento de pérdida de la seguridad y protección que el niño experimenta durante la infancia y que desapare­ce cuando entra en la adolescencia. Sus sínto­mas son:

— Tendencias hipo­condriacas.

— Impulsos autodes­tructivos.

— Aislamiento, re­traimiento; se separa bruscamente de la fami­lia y de los amigos.

— Conductas antiso­ciales: bebida, agresivi­dad…

Causas de la depresión

En la depresión influyen los tres aspectos: biológico, psicológico y social, estando interrelacionados los unos con los otros.

Biológicas.

Las predisposiciones genéticas, cierta vulnerabilidad ha­cia la depresión, no determinante pero que apoya los otros aspectos. Se habla de «familias tendentes» a la depresión; lo que queda por de­terminar es si se trata de la heren­cia o de la identificación familiar.

Psicológicas.

Elniño normal ne­cesita el apoyo de la madre para de­sarrollarse, apoyo del que de repen­te es desprovisto en la depresión anaclítica. Por tanto, parece claro que la ca­rencia afectiva, la carencia de la fun­ción materna es causa de depresión. La respuesta depresiva, por consi­guiente, es una reacción afectiva de base, una respuesta al sufrimiento, testimonio de un estado anterior de bienestar en el que existía la rela­ción con el objeto amado.

El sufrimiento acontecido por la falta de bienestar produce un senti­miento de ira y agresión que de no poderse descargar deviene en senti­mientos de impotencia, base de la reacción depresiva.

Por tanto, en el proceso depresi­vo es fundamental:

— La separación del objeto ama­do, la madre o quien realice la fun­ción materna.

— La imposibilidad de elaborar y/o expresar las pulsiones agresivas, motivadas por dicha pérdida.

También es importante el medio familiar:

— Frecuencia de antecedentes de depresión en los padres, princi­palmente de la madre: el niño pue­de identificarse con la madre depri­mida, y el niño encuentra difícil el acceso a su madre.

— Carencias afectivas por parte de los padres hacia los hijos y falta de expresión de afectos y de estimu­lación.

— Padres rechazantes que desva­lorizan y critican a sus hijos, hostili­dad o indiferencia total hacia el niño pudiendo llegar al rechazo ab­soluto.

Sociales.

Suele ser más frecuente la depresión en medios familiares en los que existe un bajo nivel cultural, asociado a una forma de relacionar­se más precaria.

— El mayor número de separa­ciones en la pareja, que implica cam­bios a veces bruscos de ambiente o de personas que están a cargo de los niños.

— Existe a nivel social una me­nor capacidad de frustración moti­vada por un estilo de vida que prio­riza el logro inmediato de satisfac­ciones, repercutiendo directamente en los niños.

Para que un niño se deprima es necesario que confluyan estos as­pectos. No es suficiente que acon­tezca una desgracia, hace falta tam­bién una disposición interior, una sensibilidad especial, una etapa vul­nerable de su desarrollo… para que el conjunto conforme una depre­sión.

¿Qué favorecela depresión?

Ciertos contextos y determi­nadas circunstancias traumáticas.

— Muerte de los padres o de los hermanos u otros adultos cercanos al niño.

— La hospitalización del niño.

— Padres alcohólicos: producen inseguridad, negligencia en los cui­dados…

— Malos tratos entre los padres y/o hacia el niño.

— Enfermedades crónicas de los padres o del niño.

— Ambiente amenazante: guerras, terrorismo o barrios con in­seguridad ciudadana.

— Separaciones de los padres con litigios, padres que utilizan al niño para sus peleas, el cual puede llegar a sentirse tiranizado por am­bos.

Ante la depresión

Prevención.

— Es importante evitar rupturas bruscas de la relación madre-hijo.

— Ante cualquier síntoma obser­var su evolución. Descartar causa orgánica para el decaimiento, la desgana o los trastornos del sueño y de la alimentación.

Si confluye más de un síntoma se­ría importante consultar a un espe­cialista.

Terapias relacionales.

La psicoterapia estará en fun­ción de su edad. Suele ser muy po­sitivo realizar un trabajo familiar.

Intervención sobre el medio.

Dependerá de la influencia que están teniendo los factores am­bientales. Estas intervenciones tie­nen como fin restablecer el vínculo padres-hijos de la forma más satis­factoria o la instauración de una nueva relación si no esposible in­tervenir en la primaria (por ejem­plo, por defunción). En la terapia con niños deprimi­dos se trata de ayudarles a construir un Yo fuerte que les permita:

— Evaluar el mundo de la grati­ficación y de la frustración.

— Valorarse por lo que es.

— La valoración de sus padres.

— La valoración de su medio fa­miliar.

— Saber aprovechar sus poten­cialidades. Contrastar actitudes de impotencia-omnipotencia para lle­gar a saber lo más aproximadamen­te posible lo que realmente puede ser y hacer.

— Saber estar solo, pudiendo disfrutar de ello, igual que en com­pañía, ayudándole a discernir cuán­do necesita una situación u otra.

BIBLIOGRAFÍA

Depresión en el niño y en el ado­lescente. G. Nissen. Edit. Triangle, 1983.

El niño feliz. D. Corkille. Edit. Gedisa, 1991.

Psicoanálisis de niños. M. Klein. Edit. Paidos

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