La autoridad y la disciplina con los hijos es uno de los problemas que más preocupan hoy en día a los padres. Se procura evitar modelos de disciplina anteriores, el mando con el palo, y la visión de los padres como jefes. Por suerte, cada vez se oyen menos frases como: Aquí mando yo o Esto es así porque lo digo yo, que soy tu padre. Este tipo de disciplina producía en los hijos una imagen muy autoritaria de sus padres, ya que había que obedecerles por temor al castigo.
Muchos padres, por miedo a repetir este modelo, se sienten impotentes frente a la educación de sus hijos, y esperan que sea la escuela la que se ocupe de este menester. Pero la escuela no es suficiente.
«El hombre necesita sentirse amado y apoyado por sus iguales para estar seguro en este mundo tan amenazante. Tener una relación positiva y cercana con nuestros hermanos garantiza esta seguridad.»
Se suele decir «quererle como a un hermano» para representar el gran amor que sentimos por alguien. Sin embargo, la relación con nuestros hermanos reales no siempre es fácil. Tan significativas han sido las proezas realizadas por amor fraterno como las eternas rivalidades. Como padres tendremos que plantearnos cuáles pueden ser las razones que llevan a que unos hermanos se apoyen de forma incondicional mientras otros viven como enemigos.
El concepto «familia» abarca mucho más que un conjunto de personas que viven juntas, se hace familia día a día fomentando el amor y apoyo entre todos sus miembros y es responsabilidad nuestra asentar las bases para que nuestros hijos sepan convivir y compartir con sus hermanos tanto las alegrías como los problemas.
Se habla de la adolescencia como de un «segundo nacimiento»; y como todo nacimiento, supone una ruptura con una situación anterior y la entrada en un mundo nuevo.
«Nacemos por así decirlo dos veces: una para existir y la otra para vivir.. El hombre no está hecho para quedarse en la infancia, sale de ella en la época prescrita por la naturaleza y este momento de crisis tiene importantes influencias».
J. J. Rousseau, Emilio, Tomo V
El adolescente se mueve en una encrucijada: por una parte, su alto concepto del amor, el ideal romántico, y por otra, su deseo de descubrirse en su identidad sexual. De esta combinación es el resultado de sus fugaces noviazgos en los que descubren acerca del amor y del sexo.
«No te des prisa por adquirir nuevos amigos, ni menos en dejar los que tienes.»
Solón de Atenas
El adolescente se prepara para ser adulto, para abandonar el refugio familiar. Para ello, como vimos, deberá desvincularse de dependencias infantiles y afrontar su nuevo proyecto de autonomía. Su mirada se sitúa ahora en el afuera y sus intereses se verán reflejados en los de sus iguales: amigos, compañeros, etc. Su desarrollo social empieza a ser floreciente.
Sus actividades preferidas se situarán fuera de casa: locales de moda, centros comerciales, conciertos, etc. Pasará más tiempo con la pandilla que con la familia.
«Un joven tiene necesidad de amar a las personas de su edad, y de formarse a través de los de su generación, y no de seguir dependiendo de alguien de una generación anterior que en un momento dado ha sido un modelo.»
E Doltó, La causa de los adolescentes
La adolescencia es una etapa de gran linerabilidad psíquica en la cual se puede considerar como normal el que se produzcan ciertas perturbaciones:
— Labilidad emocional.
— Tendencias regresivas.
— Irascibilidad.
— Tendencia a la tristeza.
— Negativismo.
— Ansiedad.
— Etcétera.
Vivimos una época de gran violencia. La noticia de una nueva guerra hace «olvidar» la anterior, todavía no resuelta. Las imágenes agresivas se suceden de forma vertiginosa en cualquier canal de televisión y a cualquier hora. Este fenómeno no es nuevo, pero está adquiriendo especial virulencia. No podemos quedarnos impasibles pensando que nada podemos hacer, que es responsabilidad de esta sociedad, de los políticos o incluso de la esencia del ser humano, el que vivamos en un ambiente cada vez más hostil.
«Todas las personas sueñan con su libertad, pero están enamoradas de sus cadenas.»
K. Gibrán
Recibimos desde lo social mensajes confusos acerca de lo que es la libertad, confundiéndola en muchas ocasiones como sus manifestaciones más superficiales y subjetivas: «Hacer lo que me da la gana», entendiendo con ello la ausencia de compromisos, de vínculos, de responsabilidades. Manifestaciones que responden a un dejarse llevar por los impulsos y las pasiones, por las tendencias imperantes, aunque éstas nos lleven a la pasividad y la dependencia, y/o formas de destrucción. Es libre quien opta, responde, realiza, se responsabiliza y actúa. No da libertad lo que nos tiraniza (drogas, alcohol, etc.), lo que nos cierra puertas para el futuro o lo que nos impide relacionarnos con los demás, aunque nos sintamos libres para elegirlo. La auténtica libertad surge de la convicción y elección interior de nuestra voluntad y conciencia.
Dentro de las familias en ocasiones se ha confundido el educar en libertad con el «dejar hacer»; estos niños sin autoridad verán reflejada esta ausencia de límites en problemas de maduración (inseguros, dependientes, demandantes, etc.). Los límites nos ayudan a crecer seguros, y crecer nos hace libres.
Educar en la tolerancia es poner las bases para construir una sociedad sin barreras.
La tolerancia es la admisión del otro con la aceptación de la diferencia. Aprender a ser tolerante es aprender a convivir: salir del etnocentrismo y conocer otras formas de hacer y de vivir; aprender el respeto por otras culturas, ambientes sociales, religiosos, étnicos, etc.
Cuando se habla de intolerancia se piensa generalmente en las distintas manifestaciones del racismo; sin embargo, la intolerancia no lo es sólo por razones étnicas: cualquier diferencia con el otro puede ser motivo de discriminación.

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